Historias de la costa

El escándalo del viaje a la luna de Torremolinos

El escultor Pablo Serrano se rebeló contra la destrucción de su obra, adquirida y desarmada en un hotel de la Costa del Sol

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El escándalo del viaje a la luna de Torremolinos
El escándalo del viaje a la luna de Torremolinos La Opinión

LUCAS MARTÍN Fue como una evaporación. En el suelo aparecería un charco de sarro y de manteca. El viaje a la luna de la Costa del Sol acabó en el basurero, justamente cuando la provincia aspiraba a confundirse con los satélites de la modernidad, a competir con los centros de producción europeos. En un solo gesto se sustituyeron los cartílagos de la vanguardia por la camisa empapada del subdesarrollo, la prensa internacional lo comparó con una astracanada de proporciones bíblicas; un ejército de pedradas contra los vitrales, un tractor en el ábside de la iglesia.

En un hotel de Torremolinos se arrumbaba el cadáver de una escultura de Pablo Serrano. Una máquina monumental, despedazada justo en el momento más inoportuno, cuando el artista, fundador del grupo El Paso, confirmaba su fama internacional, con exposiciones individuales en los museos de Nueva York, Venecia y Rusia. Una obra suya en propiedad era sinónimo de inversión, de prestigio; Torremolinos, en plena escalada, lo había conseguido pero decidió sacar a pasear el lado más flamígero y salvaje de la biografía de la provincia; Viaje a la luna en el fondo del mar, la pieza de Serrano, duró poco más que un plato de boquerones y no precisamente por el entusiasmo de un grupo de hinchas.

Destrucción de guante blanco
El destructor de la obra, una mole de dos toneladas y diez metros de altura, no se tiznó las manos. Ni siquiera encendió la pira. Siguió con su corbata, persuadido de que había obrado con una intuición fuera de lo común, probablemente complacido con la imponencia de su astucia. En 1962, cuando Serrano preparaba la Bienal de Venecia, con un pabellón de España dedicado casi íntegramente a sus creaciones, una llamada desde España le avisó del estropicio. Seguramente pensó en un altercado, en la ciencia inexacta del fatalismo y la relajación de costumbres, pero no, esta vez, hubo un envoltorio muchísimo más civilizado, el del responsable del hotel Tres Carabelas, de Torremolinos, que decidió deshacerse de la pieza al considerar que no daba la talla estética para el vestíbulo. ¡Una escultura de Serrano! ¡Y no servía para adornar un salón de la provincia! Quién sabe lo que hubiera pasado con Picasso y su obra en las manos de otro decorador sin escrúpulos.

Pérdida y reputación
Al hotel, situado en la zona de Montemar, propiedad de Meliá en su día, la escultura, según la prensa, le resultaba «desagradable». La empresa había pagado 75.000 pesetas al artista en una jugada que sonaba inusualmente atrevida, una apuesta, que, rápidamente, le hubiera dado reputación a Torremolinos, pero que significó, a la postre, un escándalo internacional, agigantado por la dimensión creciente del artista. La prensa se sorprendió por la resolución del director, que días antes de la inauguración del hotel, ordenó desmontar la escultura para hacer sitio a un ornamento más convencional, quizá un centro de tomillo y rosas, como en los salones de boda de provincias. «Siento la muerte de la obra, como creador suyo. Al desmontarla la han destruido. Era una pieza concebida para ese espacio», declaró el artista.

El reverso del paraíso
El escándalo del viaje a la luna abatió a Pablo Serrano, que litigó durante veinte años contra el hotel, convencido de la magnitud de la barbarie. Para el artista, que acumulaba premios, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias, era una cuestión de dignidad. Resulta difícil no entenderle. Horas después de percatarse del desastre confesaba en una entrevista: «¿Quién puede atropellar así mi profesión? ¿Por qué ese señor, para mí desconocido, se constituye en juez en vez de dejarse aconsejar por personas competentes».

El proceso, sin embargo, no supuso la recuperación de la escultura, en la que Serrano invirtió varios meses y a la que consideraba casi un teorema, un cohete en ascensión. La figura fue armada por dos equipos de albañiles y soldadores, durante veinte días. Uno de ellos creía que estaba trabajando en un aparato moderno de calefacción. De la mole de Serrano, con avatares dadá, mástiles de barcos y láminas de hierro, únicamente queda la ignominia. Del esplendor a la avería, el lado cabezón de la luna de Torremolinos.

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Pablo Serrano se rebeló contra la destrucción de su obra, adquirida y desarmada en un hotel de la Costa.| L. Martín

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