Entrevista a Pablo Fernández Berrocal

´España no supo reflexionar a tiempo, fuimos nuevos ricos´

El investigador de la UMA se queja de la escasa importancia que confiere el país a la formación emocional.

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El catedrático de Psicología en un momento de la entrevista.
El catedrático de Psicología en un momento de la entrevista. Arciniega
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LUCAS MARTÍN Justamente ahora, cuando todo se desmorona, la provincia no sólo se mira a sí misma en la cima del paro. A las energías tradicionales, el sol, la playa, se suma la frivolidad de un equipo Champions League, pero también, quién lo diría, el liderazgo en algunas áreas del conocimiento. El catedrático Pablo Fernández Berrocal es ya una referencia en la investigación de la inteligencia emocional, una disciplina con mucho que decir en la regeneración del hombre, pero también de la economía. «Debemos aprender a adaptar emociones como la agresividad a las necesidades de este siglo», señala.

La inteligencia emocional defiende la importancia de saber manejar las emociones. ¿Es eso posible en un contexto tan retorcido y depresivo como el actual?
Es una paradoja, pero precisamente es el momento de hacerlo. En este caso lo individual podría valer como lectura de la sociedad; igual que las personas no reparamos en este tipo de reflexiones cuando estamos bien, la sociedad debería emplear este bache para razonar y pensar en qué cosas tiene que cambiar. Una de ellas es sin duda en la forma en la que manejamos nuestras emociones. Es el momento de que nuestras emociones sean nuestros aliados y no nuestros enemigos, pero para eso tenemos que usar toda nuestra inteligencia, poner toda nuestra capacidad analítica al servicio de nuestras emociones y éstas, a su vez, al de la inteligencia.

El control de las emociones a veces engendra monstruos. Pienso, por ejemplo, en Nietzsche y el superhombre...
Es algo relativamente común, cuando no se está educado al respecto, lo primero que se intenta es suprimir las emociones y eso comporta efectos muy negativos. Las personas que reprimen emociones tienen pocas relaciones y escasa conexión con los demás. También menos conflictos, lógicamente, porque los rehuyen, pero al final son personas que se quedan aisladas, solas. Hay que buscar un equilibrio. No es bueno ser superexpresivo, pero se debe aprender a decir las cosas cuando no te gustan, a manifestar enfado.

¿En qué nos equivocamos? ¿España es un país sentimentalmente inmaduro?
Hay que tener en cuenta que las emociones son muy importantes para un ser humano, pero que están diseñadas desde hace miles de años. Sin duda, nos han servido para sobrevivir, sin ellas habríamos fracasado como especie. Se trata de respuestas inmediatas, mucho más rápidas que el pensamiento. El problema es que esas emociones que fueron tan útiles en el pasado son las mismas que generan guerras, adicciones, obesidad. Por ejemplo, la comida es una necesidad y un placer, pero ahora se consigue sin necesidad de gastar tantas calorías como en el pasado. Eso, mal gestionado, puede ser peligroso.

¿El problema del aumento de la violencia se debe también a la torpeza emocional?
La agresividad ha sido básica para la supervivencia. Cuando nos preguntamos el porqué de tantos conflictos tenemos que considerar que la agresividad forma parte de nuestra naturaleza. Por eso precisamente es tan importante que aprendamos a educarla, al igual que el resto de emociones, a adaptarla a las necesidades del hombre de este siglo. Tenemos que aprender a coordinar las emociones desde el principio. En Nueva Zelanda, por ejemplo, se están haciendo estudios longitudinales, mirando la respuesta emocional de personas desde los 3 a los 33 años y en ellos se ha demostrado que los niños que de pequeños mostraban más inteligencia en este aspecto tienen de adultos una mayor salud física y mental. Incluso, mejor estatus socioeconómico.

Supongo que también disminuyen las agresiones en los colegios...
Precisamente ahora tenemos un proyecto para aplicar la educación de la inteligencia emocional con el objetivo de superar los conflictos en las aulas de Andalucía. En Estados Unidos se ha comprobado que la mayoría de los problemas que tienen los adolescentes tiene que ver con la gestión de las emociones. De ahí que sea tan importante actuar en este campo. En España todo el mundo reconoce la relevancia de las emociones, pero, sin embargo, se las excluye de la enseñanza de los colegios. Es como si se dijera que las matemáticas son muy importantes y a la vez se confiara su aprendizaje a la casa o la calle, cuando no al azar.

¿En la inteligencia emocional es todo enseñanza, socialización o influyen las capacidades innatas?
Como en todas las inteligencias, hay personas que tienen con mayor capacidad verbal, espacial y también emocional, que saben relacionarse correctamente. El problema está cuando no se corrigen las actitudes inadecuadas. Con los niños, el aprendizaje es más rápido. Los estudios señalan que los alumnos con mayor inteligencia emocional también obtienen mejores resultados en áreas como lengua o matemáticas. Los investigadores de Singapur, Estados Unidos y Finlandia nos dicen algo que al principio molesta, pero que no deja de ser cierto. Aseguran que no entienden por qué en España no se destina más espacio a la inteligencia emocional. Al fin y al cabo, argumento, los resultados del informe Pisa son tan malos que no hay nada que perder.

¿Qué me dice del malditismo, de los genios desequilibrados?
La mente es muy compleja y en ese caso hablamos de personas que han hiperdesarrollado un aspecto de la inteligencia y descuidado los demás. Pienso, por ejemplo, en grandes matemáticos con una personalidad cercana a la inhibición total. Para ser artista no hay que ser necesariamente alcohólico y drogadicto. Es más, se dan muchos casos de escritores que no lo son, que, como mucho, les gustaba el vino y las mujeres. Sin duda, con biografías mucho más aburridas que la de Van Gogh. Este tipo de artistas son personas que han crecido a lo salvaje, con un talento exagerado y el resto sin educar, auténticos Frankenstein, geniales para los que disfrutamos de su obra, pero seguramente insufribles para la gente que les rodeaba.

Foster Wallace se preguntaba por el tipo de inteligencia que emplean los deportistas de élite. Messi, por ejemplo, es muy listo en el campo, pero no parece igualmente dotado en otros aspectos....
En el caso de Messi se nota que el Barcelona dispone de preparadores psicológicos, que es lo habitual en estos casos. Un deportista que me sorprende mucho es Cristiano Ronaldo. En su comportamiento se echa en falta la presencia de un especialista, de un coaching emocional, porque en muchos partidos la gestión de la ira le disminuye mucho el rendimiento. Se le ve, en ocasiones, en medio de bajones emocionales increíbles, se enfada, se dice mensajes negativos, insulta a sus compañeros. Está claro que si tuviera algo de entrenamiento emocional mejoraría su juego. El miedo, el enfado, la ansiedad, como decía Aristóteles, no es buena ni mala. El problema es cuándo, cómo y dónde. Hay que enfadarse de la manera más inteligente posible, pero eso no significa reprimir las emociones. Si no mostramos enfado como ciudadanos es muy difícil que haya un cambio. Todos los cambios a lo largo de la historia han sido a través de las emociones.

¿Se ha sabido sacar provecho a la ira en todo este periodo de crisis?
Ni los partidos ni los sindicatos han logrado canalizar todo ese malestar; ahora se está intentando, pero quizá sea tarde. La respuesta a lo que está ocurriendo está justificada emocionalmente, pero no se está llevando a cabo de un modo inteligente. El Gobierno debería fijarse más en el asunto de las emociones. Estamos invirtiendo enormemente en las escuelas en nuevas tecnologías cuando ése no es, sin duda, el problema de los alumnos. Cualquiera de ellos sabe manejarse en un soporte más avanzado del que la administración puede ofrecerle. En cambio, estamos creando ciudadanos adolescentes, a los que a menudo se les oculta la verdad, los problemas. Se dulcifican los mensajes y eso sólo genera incomprensión. A la postre, miedo.

Agencias de calificación, análisis prospectivos. La economía parece depender cada vez más de la proyección de confianza. ¿Hasta qué punto son relevantes las emociones en este campo?
Ciertamente la economía también funciona a golpes emocionales. Fíjese en la bolsa, que opera con rumores, con imágenes, con una serie de factores que son muy psicológicos. España es un país, como decía antes, extraordinariamente emocional, nos admiran por eso. Tenemos un gran capital, una energía positiva que debemos reeducar para transformar el ruido en música. Y aquí, en Andalucía, en Málaga, hay mucho ruido. Necesitamos toda esa riqueza, esa gracia natural, para profesionalizarla. Es una materia prima buenísima, pero se debe saber utilizar y eso pasa por recibir una formación adecuada desde la niñez.

Entiendo que este es el momento en que afloran las debilidades...
Sin duda. Regularse cuando no hay estímulos es muy fácil. Con esto ocurre igual que cuando se va a aparcar el coche. Si se dispone de muchas plazas, no se distingue la habilidad del conductor. Es en la estrechez cuando se mide la capacidad de respuesta. Piense, por ejemplo, en los viajes, que son indicativos del equilibrio emocional de las personas. Principalmente porque, por su propia naturaleza, están sometidos a imprevistos. Fuera del entorno natural, de seguridad, ocurren cosas y ahí es donde se ve la calidad de un país, de las personas, en asumir la responsabilidad, y no lo que a menudo hacemos los españoles y los malagueños, constantemente culpando al resto. Parece que Málaga no tiene culpa de nada, si la responsabilidad no es de Sevilla recae en Madrid, pronto acabaremos por señalar también a los alemanes. Algo habremos hecho nosotros también mal. Incluso, políticamente. En suma, somos nosotros los que elegimos a los que nos gobiernan.

¿La sociedad es culpable?
Como le decía, esto no es una dictadura, también influyen mucho los que eligen. Es obvio que tenemos que cambiar la cultura, la sociedad y eso empieza en cada persona. Somos un país que cuando nos ha ido bien no hemos asumido la reflexión que estamos haciendo ahora; preguntarnos por la educación, por la salud, por el uso del dinero público. Cuando teníamos presupuesto no lo hicimos. Los españoles somos como nuevos ricos, como adolescentes a los que le llega la fama súbitamente, como jóvenes futbolistas que no saben qué hacer con el dinero y lo emplean en cochazos y en fiestas. Parecía que íbamos a hacer de nuevo la conquista, estábamos imparables y prescindimos del análisis pertinente; observar qué había que cambiar y hacerlo. Ahora nos hacemos las preguntas en el peor momento; no hay dinero y esa es la justificación perfecta para no hacer nada.

¿Confía en la reacción de las nuevas generaciones? Hay quien dice que están peor preparadas para soportar este tipo de desastres...
Espero que haya una reacción, porque si no estaríamos hablando de una nueva generación perdida, excepcionalmente formada. España no se lo puede permitir. Ya ocurrió con el exilio de científicos e intelectuales después de la Guerra Civil. Eso es descapitalizar a un país, en este caso, casi totalmente, porque España carece de industria. Es cierto que la universidad debe mejorar, pero no podemos reducirla, ni quitarle presupuesto. Y mucho menos ahora, cuando se empiezan a obtener resultados.

¿Dispone la sociedad de los mecanismos suficientes para sobreponerse a esta situación?
Tolerar la frustración resulta esencial, pero para eso, insisto, hay que tratar a los ciudadanos como adultos, no ocultar los problemas. En un momento de su carrera, Bill Gates empezó a contratar a ejecutivos que habían fracasado en otras empresas. Cuando le preguntaron por qué dijo que había que tener en cuenta que su equipo sólo había conocido el éxito y necesitaba gente que supiera reaccionar frente a los cataclismos. Eso es básico. Debemos educar a los jóvenes a tolerar el dolor, como ocurre con los virus.

Finlandia, Singapur. Existen países teóricamente más equilibrados y con altas cifras de suicidio...
Se trata de países con mucho éxito, el problema es que el sistema educativo es demasiado exigente y hay personas que no se adaptan bien. Ése es un error. La escuela debe adaptarse a las personas y la sociedad tiene que generar espacios suficientes para personas diferentes, no todos podemos ser iguales.

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