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José Antonio Sau Para andar sólo hay que avanzar, un pie detrás de otro. La claustrofobia desaparece en cuanto se abren las puertas. Fuera, la luz baña los rostros ajados por el largo encierro. La ansiada libertad acelera los corazones, el reencuentro de reo, o exreo, y familia es feliz. Abrazos, besos. Risas. Tirones de orejas. Pellizcos en los carrillos. Eso para la mayoría. Pero algunos internos de la cárcel de tercer grado de Málaga prefieren no salir de su cómoda celda, más bien habitación, para disfrutar de sus permisos de fin de semana o de periodos más largo de hasta seis días. O no salen. O se quedan. O se vuelven antes. Son una carga para sus familias, asaeteadas por la carestía de alimentos básicos, maltratadas por la crisis, maldita carcelera.
Varias fuentes penitenciarias confirmaron a La Opinión de Málaga lo que ya es una realidad que nos escupe, una vez más, a la cara: una media mensual de treinta internos del Centro de Inserción Social (CIS) Evaristo Martín Nieto se vuelven antes de sus permisos de fines de semana o de otro tipo de salidas; o directamente prefieren no salir, por la crisis económica. «Hay internos que no quieren salir, tienen a lo mejor cinco o seis días de permiso; o un fin de semana entero, y no quieren irse», dice una de las fuentes consultadas.
El CIS posee casi 500 plazas, y más de 160 personas duermen cada día en sus instalaciones, según UGT, aunque del centro dependen muchos más internos (pulseras, libertad condicional, etcétera...).
Familias al límite. Y prosigue: «Viven con sus padres o hermanos, sus progenitores son pensionistas, y sus allegados están todos en paro; si ellos van a su casa familiar son una boca más que mantener». En invierno se ha notado eso: tanto en la comida, ha habido que comprar más; como en las camas. Dormir caliente y tener el estómago lleno son hoy en día dos poderosas razones para renunciar a la libertad.
«Hay gente con seis días de permiso que vuelve al tercero. Son familias con pocos recursos, y eso es ya un problema real. Han cambiado los hábitos», precisa esta fuente. En Navidad, eso se notó menos, porque estar en el CIS en esas fechas es más traumático y hasta en los hogares más humildes se hace un hueco al querido familiar.
Antonio González, de UGT, sube la cifra dada por la primera fuente hasta los cuarenta internos al mes. Por cierto, que estos presos ya están al final de su camino penitenciario: han pasado por Alhaurín de la Torre y ahora disfrutan del tercer grado o de diversas modalidades más laxas que la disciplina de la cárcel. «En las últimas semanas los compañeros me han informado de hasta cinco casos de internos que no quisieron salir el fin de semana para volver a sus casas, porque algunos no tienen ni donde quedarse o donde comer», aclara.
Ni para el autobús. González, que insiste en la necesidad de aumentar la plantilla del CIS para hacer frente a ésta y a otras contingencias coyunturales, apunta otro dato que adereza aún más la ensalada de la indignidad económica: «Hay internos de Nerja o de Marbella que ni siquiera pueden pagarse el billete de autobús». Muchos para salir necesitan de una institución benéfica que les apoye o de una casa de acogida, pero hay pocas.
Isabel Anaya, trabajadora social de la casa de acogida de La Merced, de Cáritas, afirma: «Hemos notado que hay poca movilidad de camas. Antes se iban de aquí con empleo, pero hoy casi no hay trabajo: ahora no se marchan hasta cobrar un subsidio o el desempleo; o bien se van cuando tienen que desalojar las camas». Es decir, ocupan las plazas hasta que pueden. Y, si se van, es cuando reciben un subsidio estatal.
El responsable de una organización que trabaja con presos en todas las fases de su reclusión, incluido el tramo del tercer grado, asegura que en el CIS se ha aumentado la provisión de comida precisamente por esta realidad, la peor carcelera.
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Alfonso García-Rabadán Gascón, abogado multidisciplinar y procesalista en Roji Abogados, ha respondido las preguntas de los lectores
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