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Historias de la Costa

Dudú el Grande y los días negros de la Costa

En 1987 la trama de los GAL puso un pie en la Costa del Sol con la publicación de las conexiones de Eduardo Mari Chica, apodado Dudú el Grande, supuesto enlace del grupo terrorista

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La historia de los GAL en Málaga pierde su rastro con los movimientos de Mari Chica, que se escabulló justo después de que la investigación la señalara. A la llamada mafia marsellesa, la gente de los pied-noirs, se le atribuye un papel cardinal en las maniobras más sanguinarias del grupo. La función de muchos de ellos era de enlace con los mercenarios. En la Costa del Sol, además de Dudú, estaban radicados Charles Gaston, Karl, y Guy Cantavenera, condenado por el asesinato de Javier Galdeano, periodista del diario Egin.
La historia de los GAL en Málaga pierde su rastro con los movimientos de Mari Chica, que se escabulló justo después de que la investigación la señalara. A la llamada mafia marsellesa, la gente de los pied-noirs, se le atribuye un papel cardinal en las maniobras más sanguinarias del grupo. La función de muchos de ellos era de enlace con los mercenarios. En la Costa del Sol, además de Dudú, estaban radicados Charles Gaston, Karl, y Guy Cantavenera, condenado por el asesinato de Javier Galdeano, periodista del diario Egin.  La Opinión

La red llegó, incluso, a regentar negocios en Torremolinos; una historia siniestra, de pillos y salvajes, en la capital del turismo

Lucas Martín En camisa de verano, pegado en la pared del teléfono, ajeno a los vapores. La mirada que recorre la cueva de las toallas y regresa ágilmente al bolígrafo y las páginas, la libreta negra y el corazón negro; Dudú el Grande recibiendo una llamada desde las alcantarillas del Estado, en su sauna, mientras el calor desolla la piel de Europa en las playas de Torremolinos. Parece el guion de una película de espionaje, una de esas fábulas de Godard en la que siempre había tiros y piscinas y mujeres hermosas y mafiosos norteafricanos; la Costa del Sol concentrada en sus dos caras, la principal, tumultuosa y a cielo abierto, y una capa oculta, desvencijada, hecha de carreras y de secretos.

Las sombras amarradas en las farolas, surgidas sobre la última huella de los turistas, las reuniones privadas, la metralla, los mensajes escondidos en los sanitarios. Un submundo que empezó a gestarse en los ochenta en las tuberías de la industria turística; con juegos de apariencias y complicidades. Dudú, en trazos de verano, paseando por Playamar, almorzando entre risotadas con sus amigos franceses mientras se armaba la plana más oscura del GAL, una historia boscosa, siniestra, urdida en los pasillos ministeriales, pero también conectada con Málaga.

La vertiente africana. En las playas, en la sauna, Eduardo Mari Chica, el mismísimo Dudú, recibía encargos de estadistas metidos en la guerra sucia y atendía a sus negocios. Su papel, según la investigación, era el de contratar sicarios para cumplir con los propósitos del grupo, tarea a la que se encomendaba, con la connivencia de los vigilantes y la ayuda de otros amigos, la mayoría de ellos, expulsados de Argelia, los famosos pied noirs, sin escrúpulos, sin patria.

La Costa del Sol, y especialmente Torremolinos, convertida en la cocina del terrorismo de Estado, en un enredo policial, con Chica, pero también con Gaston, el famoso Karl, otro de los supuestos reclutadores. Dudú había salido de África en los sesenta, acogido a la oferta del Gobierno, que se ocupó de los descendientes de españoles marginados por la independencia de las antiguas colonias. En su país natal, Marruecos, trabajaba de jefe de cocina; su destino fue Torremolinos, donde hizo de todo, salvo regentar un puesto de pescado.

El oscuro cicerone. En 1987, cuando la olla de los GAL le reventó en las manos al Gobierno, Mari Chica se había consolidado en la costa; un malagueño con acento extraño, rondado por magrebíes y franceses, con conexiones inmobiliarias. Las crónicas cuentan que más de una vez la policía estuvo a punto de echarle el guante, pero siempre ocurría la misma maniobra. Una llamada de Madrid que obligaba a suspender el operativo; con Dudú, al igual que con el resto de la pandilla radicada en la provincia, había manga ancha. A Mari Chica se le permitía dedicarse a su negociado, mucho antes de las turbulencias de la caza de brujas; el Gobierno veía en muchos de los repatriados una oportunidad para conocer los bajos fondos, en los que Dudú se sumergía con auténtica ligereza, como un halcón en un ristre, acechante y poderoso.

De la sauna a la evaporación. Con la vitola de colaborador del Gobierno, Mari Chica se manejaba con disimulo por la Costa del Sol, adonde había llegado casi desahuciado, sin un peseta, pero curtido como un pícaro. En la época del GAL, se hablaba de su gestión en una sauna que compartía con Gaston, quien también era su cuñado. Un negocio familiar, muy en la línea de la Costa del Sol, en el que se colaba el aire fétido de los tejemanejes del Estado. La cabeza de Dudú quizá hirviendo de enlaces macabros, de nombres y de disparos al mismo tiempo que pedía una granizada en un puesto de Torremolinos.

La banda de los africanos al lado de la familia media, que ya desembarcaba en masa en las playas de la provincia, donde todavía perduraba el eco de las estrellas y de los millonarios. A Mari Chica, sin embargo, se le derrumbó el palacio justo en el momento en el que arreciaron las preguntas en la mesa del Congreso; su nombre apareció ligado a la truculencia de los GAL, su historia rodó por la prensa con todo tipo de detalles, aunque, una vez más, Dudú estuvo más rápido. Simplemente desapareció. Devorado por la tierra. Por un capítulo amargo. Sin que los bañistas oyeran lo más mínimo.

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