Cosas del rebalaje

Blas Infante, descubridor de la tumba del última rey de Al Andalus

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Vista de la alcazaba de Málaga, seña de los restos de otras civilizaciones.
Vista de la alcazaba de Málaga, seña de los restos de otras civilizaciones. La Opinión

Rafael Aldehuela os musulmanes, al menos una vez en su vida, si sus condiciones económicas y su salud se lo permiten, deben realizar el Hajj o peregrinación a La Meca, uno de los cinco pilares del Islam. Hay otras peregrinaciones a ciudades santas y ziyarat a tumbas en recuerdo a grandes hombres, héroes y santos.

En el año 1090 de nuestra era, el rey de Al-Andalus de nombre Al Mutamid fue expulsado de su tierra por los bárbaros almorávides, en un hecho que la Historia ha dado en llamar «el error» y que le costó el destierro y la vida. Este suceso tuvo lugar cuando Al Mutamid solicitó ayuda al caudillo bereber Yusuf ibn Tasufin, emir de lo que se ha dado en llamar como Reino de Marrakech y que se encontraba en aquel entonces sitiando la ciudad de Ceuta.

Al Mutamid tenía la corte en la Taifa de Sevilla que venía pagando parias; es decir, vasallaje a los reyes castellanos desde los tiempos de Fernando I, que trasmitió sus derechos de cobro a favor de su hijo García, soberano de Galizia y que tras su muerte heredó como derecho el rey Alfonso VI de León. Quiso el rey hacer valer su derecho y requirió el pago del tributo a Al Mutamid, enviando para ello al judío Ben Salid; sin embargo, la respuesta del andalusí, harto de vasallajes, fue muy contraria a los deseos del rey castellano, pues apresando a todos los emisarios enviados y dando muerte al judío, se negó a pagar.

Ante el inconformismo del leonés, que se dispuso raudo a enviar tropas de castigo a Sevilla, Al Mutamid pidió ayuda al caudillo almorávide. Yusuf llegó a Al Andalus para enfrentarse con Alfonso VI a quien derrotó el 23 de octubre de 1086 en la batalla de Sagrajas. La muerte de su hijo le obligó a abandonar sus planes de conquista y regresar a Marrakech, ciudad que había fundado en 1062 y de la que proviene el nombre de Marruecos, para regresar con más fuerzas y deseos de conquista cuatro años después.

Traicionó la confianza de Al Mutamid a quien derrocó y condenó al exilio y se quedó con sus almorávides en una de las etapas más tristes de la historia de Al Andalus.

Yusuf era un fanático que no supo asumir la tolerancia de los musulmanes andalusíes con los judíos y con los cristianos. De espíritu austero, pues se vestía con una piel de oveja y solo se alimentaba con escasos dátiles y algo de leche de cabra, después de haber conseguido un imperio de «seis meses andando de largo y cuatro de ancho» en tierras del Sahara, la tierra fértil de Al Andalus, resultó un dulce demasiado apetecible para sus ansias de poder.

Por eso, cuando le llegó la misiva de Al Mutamid solicitando su ayuda en los términos: «Él rey Alfonso VI, ha venido pidiéndonos púlpitos, minaretes, mihrabs y mezquitas para levantar en ellas cruces y que sean regidos por sus monjes [...] Dios os ha concedido un reino en premio a vuestra Guerra Santa y a la defensa de Sus derechos, por vuestra labor [...] y ahora contáis con muchos soldados de Dios que, luchando, ganarán en vida el paraíso», no dudó en prestársela y se quedó, derrocando al último y verdadero rey de Al Andalus.

Al Mutamid era rey, pero sobre todo era poeta. Nacido en El Algarve Portugués, que en aquel entonces también era Al Andalus. Un día mientras paseaba con su mentor Abu Bakr ibn Ammar, a quien los cristianos llamaban Abenamar, a orillas del río Silves, comenzó entre ambos una disputa poética: Al Mutamid dijo un verso, «La brisa ha hecho del agua una cota de mallas», Abenamar debía replicarle con otro de igual métrica y misma rima, pero no encontraba las justas palabras, entonces una mujer que lavaba ropa en el río contestó: «¡Qué loriga para el combate si se solidificase!» Sorprendido Al Mutamid la llevó a su palacio y poco después desposó a Rumayklyya, pues así se llamaba. Desde entonces la producción poética, especialmente de contenido amoroso, se multiplicó, dejándonos una de las más bellas manifestaciones literarias de la cultura andalusí que ha perdurado en el tiempo. De ella, tan solo nos ha quedado el recuerdo de su nombre en los poemas de su esposo y en una lápida que ella misma costeó y que fue puesta en conmemoración de un alminar de una mezquita de Sevilla.

Muchos años después, el malagueño Blas Infante ferviente seguidor del sentimiento de una patria andaluza, realizó una peregrinación, un ziyarat andalusí que ya venían realizando muchos otros, también de sentimiento y por amor a Al Andalus, muchos años antes.

El padre de la patria andaluza escribe entonces: «El año 1924 me determiné a reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron durante algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos del espíritu de nuestra tierra, Abu-l-Qasim ibn Abbad, rey verdadero de Sevilla, Córdoba, Málaga y el Algarbe. El último peregrino había sido un hijo de mi serranía de Ronda, Aljatib, ministro del sultán de Granada, en el siglo XIV. Seis siglos sin que Andalucía enviase ya su saudad por uno de sus hijos al sepulcro del Rey poeta que murió en el destierro lejano invocándola en sus versos dolorosos. Merced a una serie de coincidencias afortunadas (€) pude llegar a encontrar la tumba del Rey en el derruido cementerio de Agmhat, al sur de Marraquech, en la vertiente sobre Marruecos del Alto Atlas. En mi viaje, me acompañaba un intrépido muchacho catalán, gran espíritu, hoy residente en Oporto. Llegamos a Agmhat el día 15 de septiembre. Allí no había europeos, civiles o militares cuyas líneas francesas habíamos dejado atrás».

«Solos, con un guía que nos prestó una kabila próxima y un intérprete oraní, sin cartas de presentación ni de referencia, no llevábamos más armas ni más guardas ni más brújula que nuestro entusiasmo y el nombre de Al-Andalus que desvanecía recelos, apaciguaba las irritaciones que nuestra audacia despertó alguna vez y nos abría las puertas de aquellos campesinos montañeses que tan pródigos fueron en su hospitalidad».

Aquellos que llevamos en nuestra sangre y cosido a nuestra alma el inmenso amor de lo que un día fue la nación más noble y más sabia, deberíamos tener siempre presente, no dejarnos morir sin realizar un ziyarat a la tumba de nuestro último rey, el rey poeta Al Mutamid, aquel que perdonara al bandido El Halcón Gris, esposo de Rumayklyya y a cuya tumba siempre deberíamos llevar, por amor y pleitesía, una ramita de olivo y algo de yerbabuena€

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