Blanca Astorga
Cuando la situación económica se complica cada vez más y el desempleo no para de crecer, hay quienes buscan una manera de sobrevivir a la crisis económica y consienten trabajar sin contrato. Esto conlleva también renunciar a estar asegurado, a cotizar y a optar a la prestación de desempleo, pero cuando no salen las cuentas, vale casi todo para llegar a fin de mes, incluso el estar al margen de la ley.
El año pasado, la provincia lideró el ránking de actuaciones de la Inspección de Trabajo a nivel andaluz, con 54.886; así como el número de infracciones, con 3.368, y sanciones, impuestas por un montante de 10.601.429 euros.
Pero detrás de los números siempre está la historia de personas que recurren a estos trabajos «en negro» porque no encuentran otra forma de conseguir un sueldo. A continuación les ofrecemos cinco testimonios de personas que se ven obligadas a trabajar en estas circunstancias.
Paula
Polonia, 25 años
Limpiadora
1. Vino a España con la ilusión de poder emprender una nueva vida junto a su marido, y de aprovechar el desarrollo de la industria del turismo para poder trabajar en el ramo para el que se había preparado, la hostelería. Su primer año trabajó en Huelva en una fábrica de frutas, pero según cuenta Paula (nombre ficticio porque no quiere revelar su identidad), lo dejó para venirse a Málaga buscando de nuevo adentrarse en el sector hostelero. Han pasado dos años y, después de repartir cientos de currículos aún no ha obtenido resultado, ya que ningún establecimiento le ha dado una oportunidad. Paula, que vive en una habitación alquilada de un piso compartido, manifiesta que para poder seguir viviendo ha tenido que buscar trabajo como limpiadora, y trabaja por horas en seis casas, lo que le ocupa «toda la semana, de lunes a sábados, mañana y tarde». «Soy joven y me gustaría tener algo mejor», asegura. En cuanto al dinero que reúne al mes cuenta que le llega muy justo porque su marido, que trabaja en el campo temporalmente sólo lo hace entre seis y ocho meses al año. Además, pasa la mitad del tiempo en Huelva y la otra mitad en Lérida. Así las cosas, y ante la situación económica por la que atraviesa el país, «queremos salir de España e irnos a otro lugar», posiblemente Noruega, donde empezarán de cero.
Antonio
Málaga, 27 años
Camarero
2. La hostelería es otro de los sectores en los que muchos empresarios evitan hacer contratos a los trabajadores. En esta situación se encuentra Antonio, nombre simulado porque no quiere decir desvelar su identidad por miedo a perder su puesto. Empezó a trabajar en el bar donde sigue actualmente hace poco más de un año, cinco días a la semana. Explica que cobra por días, y que la cantidad diaria, que oscila entre los 35 y 45 euros, depende cómo vaya la jornada. Según Antonio, «se supone que cobramos a diez euros la hora y que si echas dos horas más es porque has querido» ya que no se las pagan aunque a veces se haga necesario que las trabaje. «He pedido un contrato hasta la saciedad», afirma, al tiempo que explica que si bien en más de una ocasión le han dado esperanzas y sus superiores le habían comunicado la intención de hacérselo, aún no ha llegado. De hecho, le han propuesto que se saque el seguro autónomo de hostelería, que no cubre accidentes ni le da derecho al desempleo, pero sí podría cotizar pagando 170 euros al mes, lo que actualmente no le compensa.
Otra de las propuestas formuladas por la dirección del local ha sido que paguen a medias el seguro, pero «también se quedó en el aire». Para Antonio, el problema es que «si te quejas hay 10.000 personas dispuestas a trabajar por menos dinero que tú», y no le queda otro remedio que «tragar con lo que me digan». Pero la cosa se complica si la persona que trabaja sin contrato y cobra por días tiene un accidente, como le ocurrió a Antonio hace tres meses, porque «día que no trabajo, día que no cobro», y así ha estado, sin cobrar nada, durante su recuperación.
Por este motivo, al no estar de baja legal y al no poder ingresar nada por no poder trabajar, ha tenido que deshacerse de su coche para subsistir. «Lo he medio regalado», asegura, y añade que de haber estado de baja podría haberlo mantenido. Incluso, según cuenta, sin estar recuperado del todo volvió a trabajar. Su sorpresa fue que, tras su vuelta, como había otra persona en su sitio, se la ha mantenido, lo que a él le ha supuesto un día menos de trabajo a la semana y ver reducidos sus ingresos, por lo que tendrá que apretarse el cinturón.
Su ventaja es que aunque está independizado, vive en casa de un familiar al que sólo paga 200 euros al mes. De no ser así, «tendría que haber vuelto a casa de mis padres», considera. Se ha propuesto dejar el bar, porque es un trabajo «que quema mucho», pero «tengo que tener otra cosa antes, si no estaré en la ruina total», precisa. «Yo soy de los que dicen que quien quiere trabajar, trabaja», dice, y recuerda que en años anteriores sí que estuvo contratado en empleos acordes a su profesión, técnico de actividades fisicodeportivas, y también como azafato o repartidor de pizzas, pero eran otros tiempos. Ahora, aunque ha intentado buscar un empleo donde le contraten «de manera incansable» no lo ha conseguido. «Con este empleo me aseguro un poquito», pero «estoy agarrado a un clavo ardiendo», concluye.
Inma
Málaga, 21 años
Animadora infantil
3. Lleva tres años intentando que la admitan en un módulo de Atención Sociosanitaria para enfocar su futuro y pelear por un buen puesto, pero mientras que lo consigue ha tenido que buscar trabajo para poder mantenerse y sufragar sus gastos, entre ellos los que le genera su coche. Durante dos años trabajó como limpiadora, pero no la dieron de alta porque era en casa de un familiar. Ese empleo concluyó y, como llevaba desempleada siete meses, sin ninguna prestación, aprovechó su formación como animadora infantil, y ofrece sus servicios para bautizos, comuniones y fiestas de cumpleaños. A sus clientes les cobra «muy barato», a diez euros la hora y a cinco euros el desplazamiento, «lo que me cuesta la gasolina». Además, normalmente no acuerda las horas que trabajará por adelantado, sino que depende de cómo se desarrolle la fiesta. En este sentido, expone que prefiere los cumpleaños, porque en las bodas y comuniones los niños se dispersan muy rápido, y trabaja muy pocas horas. Continúa viviendo con sus padres y, a corto plazo, seguirá haciéndolo porque «está la cosa como para independizarse», pero es una meta que espera alcanzar.
Juan Antonio
Málaga, 39 años
Electricista
4. Trabajaba en el sector de la construcción, uno de los más afectados por la crisis, que acabó con su puesto de trabajo. «Empecé a trabajar cada vez menos tiempo», explica, añadiendo que sus contratos «cada vez eran más eventuales». El año pasado sólo trabajó dos meses y en lo que va de éste aún no ha estado contratado. Con estas circunstancias, optó por trabajar por cuenta propia como electricista, haciendo reformas y chapuzas. A sus clientes los recluta entre conocidos y vecinos, y también los consigue a través de carteles que cuelga por las calles de Málaga. Cuenta que tiene pareja, pero que por las circunstancias por las que atraviesa no pueden irse a vivir juntos. «Ella también tiene trabajos esporádicos y sería posible llevar la casa entre los dos», apunta. Al menos, tiene una casa propia en la que vive solo y ya la tiene pagada. Pero a pesar de todo, los trabajos que le salen no son los suficientes y no llega a fin de mes. «Si no fuera por la ayuda de mi familia, no sé lo que haría», finaliza.
Mariví
Málaga, 36 años
Niñera y dependienta
5. Es Licenciada en Historia y se preparaba las oposiciones para Secundaria, hasta que fueron suspendidas por el recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional. Cuenta que durante ocho años trabajó en un centro comercial como dependienta, pero pidió una excedencia para irse al extranjero y cuando ha vuelto su empresa no ha tenido sitio para ella. Al verse sin empleo, empezó a buscar un nuevo puesto. «Tengo experiencia como dependienta, limpiadora, cajera...» Pero la búsqueda no ha dado su fruto. Aunque tiene una casa en propiedad ha tenido que alquilarla para poder pagar la hipoteca, y ha vuelto a casa de sus padres.
Con este panorama, y cuando la prestación de desempleo se le está agotando, ha decidido ofrecerse para cuidar niños, cobrando a diez euros la hora, para intentar así pasar el bache por el que atraviesa. Además, está solicitando la ayuda de 400 euros mensuales para parados que hayan agotado la prestación por desempleo, pero no sabe si lo concederán. Mientras tanto, está dispuesta a trabajar «en cualquier cosa que me salga», aunque se queja de las ofertas que cuelgan en Internet con las que, en muchos casos, «se aprovechan de la gente».