Historias de la Costa

Los Rolling y el satánico enredo de la Costa

La modelo Anita Pallenberg convirtió los viajes de sus majestades a la Costa en una especie de telenovela con fondo de guitarras y de fiestas

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De las juergas de los sesenta al recibimiento del puerto. La historia de sus majestades en la Costa del Sol tuvo su epílogo en el concierto ofrecido en el puerto de Málaga, en 1998. En aquella ocasión, no hubo registro de la Guardia Civil; las autoridades se volcaron con la banda. Algunas, incluso, demasiado. Brian Jones, por su parte, murió en 1969, apenas dos años después de su visita a Málaga con Suki Potier. Los veranos de los miembros de la banda en la Costa del Sol forman parte de la leyenda del grupo, que acostumbraba a veranear en Tánger.
De las juergas de los sesenta al recibimiento del puerto. La historia de sus majestades en la Costa del Sol tuvo su epílogo en el concierto ofrecido en el puerto de Málaga, en 1998. En aquella ocasión, no hubo registro de la Guardia Civil; las autoridades se volcaron con la banda. Algunas, incluso, demasiado. Brian Jones, por su parte, murió en 1969, apenas dos años después de su visita a Málaga con Suki Potier. Los veranos de los miembros de la banda en la Costa del Sol forman parte de la leyenda del grupo, que acostumbraba a veranear en Tánger.  

La chica dejó a Brian Jones para mezclarse con Keith Richards. En 1967, ambos sufrieron el celo de la Guardia Civil, que no entendía el por qué de tanta y tanta melena.

Lucas Martín No tenían nombres de cadencia dominicana. Tampoco pinta de patricios ni de galanes. En lugar de doseles usaban cigarrillos y cerveza, pero, al menos ese año, mientras la Costa del Sol se santiguaba, vivieron un verano tórrido, culebreante. Sus endemoniadas majestades entregadas a los suspiros y a las cucamonas, fieles a su estética de botellas vacías y porfiando, al mismo tiempo, como mosqueteros, con Anita Pallenberg en el centro de la escena. Los Rolling, al igual que los Beatles, también tienen su pasado en Málaga y no precisamente decoroso, con duelos pasionales cerca de la orilla como si fueran Julio Iglesias y El Puma, aunque mucho más tercos y salvajes.

En esa temporada, la de 1967, la provincia, todavía triste y enlutada, se poblaba de heterodoxia. Torremolinos, pese al empeño del general, era el rincón más moderno de Europa. Las calles olían a sándalo y a melena despeluchada. El hippismo había llegado a la provincia con el único viático, el de las divisas, que entendían las autoridades. La banda, ajena al ritmo de los tiempos, cumplía con su ritual de descanso en Tánger, que preveía una estancia en Málaga. Los Rolling hablaban de la Costa del Sol como si fuera un bocado de California; en aquellos tiempos no se oían los zumbidos de los paparazzis. La provincia encallaba en el azul y en el verde, un paraíso casi natural al que se acercaba Keith Richards, acaso con la mirada puesta simultáneamente en el perfil del Anita y en el paisaje. Ella, la modelo, chica Stones, tenía seguramente la cabeza en otra cosa, quizá por la reiteración; el año anterior había cruzado esa misma zona rumbo a Marbella, pero justamente con otro miembro de la banda, el desaparecido Brian Jones.

EL SEGUNDO VIAJE DE PALLENBERG La coincidencia, dicha así, casi lleva incorporado el brillo rosa del chisme y el escándalo. A uno le gustaría pensar en el camarero de un bar de carretera, en una lugareña recogiendo higos en la cuneta, dándole al cuchicheo al paso de la rubia y del descapotable. Pero no. Para Málaga, entonces, todos los pelanas, salvo Nino Bravo, eran iguales. Faltaban aún treinta años para que los Rolling se acercaran al puerto y fueran recibidos, incluso, por los gobernantes.

EL VODEVIL A CUATRO VOCES Una pena. Porque lo de aquel verano de los Stones le habría dado a los cuchipacos y las cosmogertrudis para cotorrear durante todo el año. El enredo de los músicos era casi de opereta; Anita Pallenberg cambiando de mozo y de guitarra y Brian Jones casi siguiéndole los pasos. El malogrado músico, enfermo de melancolía, no tuvo ningún reparo en volver a la Costa del Sol ese mismo año, acompañado, eso sí, de otra novia, Suki Potier, la heredera de la casa Guinness. En apenas cuatro meses, la provincia fue visitada por dos de los miembros históricos de la banda. Incluso, hubo más: según la literatura Stones el romance de Richards y Pallenberg se había forjado un tiempo antes en Málaga, en presencia, incluso, de Jones.

EL REGISTRO A LA ESPAÑOLA En sus merodeos por la provincia, los Rolling se zambullieron en el almíbar casi orgiástico de los amoríos y de la cizaña, pero también se lo pasaron a lo grande. A Richards, por supuesto, no se le recuerda con un clavel entre los labios ni dando saltitos de rama en rama. El tipo, al igual que Jones, ahogaba sus desazones en alcohol y en hoteles de lujo; en cualquier caso, sus penas, al menos en Málaga, nunca fueron muchas. Al fin y al cabo, él se llevó a la chica. Lo que sí sufrió fue una molestia capital, fruto de la mezcla de mundos que se daba en ese momento en la provincia; por más que soplaran vientos de cambio la melena no se ajustaba cómodamente al tricornio. O, más bien, a la inversa: la Guardia Civil, acostumbrada a abrir la mano para que descarrilaran las actrices y las princesas, no estaba todavía familiarizada con un modelo de millonario que creía más en el cuero y en la felpa que en los finos satenes; cuentan las crónicas que, camino al hotel Pez Espada, Keith Richards fue sometido a una investigación minuciosa. Los agentes examinaron hasta las arrugas de los trastes de la guitarra. Mientras Jones, a cientos de kilómetros, preparaba su regreso a la Costa, quizá nostálgico de Anita, pensando en el agua de la piscina con aire lúgubre, extrañamente sofocado.

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La modelo Anita Pallenberg convirtió los viajes de sus majestades a la Costa en una especie de telenovela con fondo de guitarras y de fiestas.| Lucas Martín



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