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Historias de la Costa

Marbella y la musa negra de Capote y de Dalí

Ann Woodward, viuda fatal de la aristocracia neoyorkina e inspiración de Salvador Dalí, buscó refugio durante décadas en la Costa del Sol

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La muerte de Ann Woodward, que había trabajado, además, en su juventud, como locutora de radio y actriz, aparece mencionada en Plegarias atendidas, una de las novelas más celebradas de Capote. La desaparición de su marido, el playboy y ricachón William Billy Woodward, nunca fue muy bien recibida por el entorno, acostumbrado a las sonoras peleas de la pareja, en las que había abundancia de ceniceros lanzados al aire y hematomas. En la imagen, Ann, acompañada de su abogado, abandona Nueva York para comparecer en el juzgado tras la desaparición de su esposo.
La muerte de Ann Woodward, que había trabajado, además, en su juventud, como locutora de radio y actriz, aparece mencionada en Plegarias atendidas, una de las novelas más celebradas de Capote. La desaparición de su marido, el playboy y ricachón William Billy Woodward, nunca fue muy bien recibida por el entorno, acostumbrado a las sonoras peleas de la pareja, en las que había abundancia de ceniceros lanzados al aire y hematomas. En la imagen, Ann, acompañada de su abogado, abandona Nueva York para comparecer en el juzgado tras la desaparición de su esposo. FOTO: A.P.

En su mansión de la provincia recibió la famosa llamada de alerta sobre las intenciones de Capote, que quería contar su historia. Días después se suicidó

Lucas Martín Fue uno de los momentos más extraños y enciclopédicos de la historia de la Costa del Sol, aunque quizá se produjo sin testigos, con la única mirada de un técnico vestido acaso con un mono verde, entre árboles recién plantados, en Marbella. Ann Woodward atendiendo el teléfono mientras una voz al otro lado, procedente de Nueva York, le habla de Truman Capote. Ese día la diva cambió la cerradura de su mansión de la milla de oro, a la que jamás regresaría, por una voluntad súbita y definitiva, acorralada por el teatro de sombras de la alta sociedad. Sobre los prados del Marbella Club se mantuvo su figura alargada, agarrada del brazo del barón Thyssen, severa y dulce al mismo tiempo, como en el retrato que pintó Dalí.

Horas después de su último viaje a la Costa del Sol, Ann fue encontrada muerta en su casa de la Quinta Avenida. Había preparado cuidadosamente el ritual. La muerte convertida en un soplo de porcelana, ella con sus mejores gasas y sus mejoras joyas, maquillada como para asistir a una cena, esperando ceremoniosamente la desaparición. «Ann mató a mi hijo y Capote le ha vengado. Ahora ya no hay más preocupaciones», declararía su suegra. El suicidio de Woodward, que conmocionó a la aristocracia americana, fue la sutura de una leyenda macabra en la que todavía resuena la Costa, las balas y las lámparas de araña; un drama convertido en literatura por Truman, pero perfectamente emparentado, por cada extremo, con el universo de Wilde y de Doctorow.

Mucho antes de que oyera hablar de Marbella, Ann bailaba como una amazona en las radios y en las salas lóbregas de Estados Unidos; el padre de su futuro marido, multimillonario y banquero, la encontró en una de estas fiestas, puede que, incluso, con tacones de aguja, amarrada como una serpiente a una barra de neón. Las malas lenguas dicen que era la amante del viejo Woodward, pero lo único cierto es que fue su hijo, el heredero, el que acabaría casándose con la chica. Ann, como en un cuento, cambió entonces los sujetadores con lentejuelas por las telas más distinguidas, la compañía de camioneros sureños por la de marqueses e iconos de la pintura. Había nacido lady Ann, aunque bajo la mirada recelosa de buena parte de las señores encopetadas, que la tildaban, no sin razón, de arribista. Especialmente después de los sucesos de 1955, en los que adquiriría fama de viuda truculenta, oscura e, incluso, sanguinaria.

En Nueva York, en esos días, no se creía en los cuentos de hadas. El matrimonio Woodward tenía fama de atropello y de conflicto. Una noche Ann se levantó de la cama con una pistola en la mano. Según contaría más tarde a la policía, había oído un ruido en mitad de la oscuridad. Disparó hacia las sombras y más tarde encendió a la luz. El cuerpo de su marido estaba en el suelo, agujereado, ensangrentado. No se sabe por qué milagro de la fabulación, la diva, a pesar de la aparatosidad de la historia, quedó absuelta. La nobleza americana no la perdonó. Con una fortuna inagotable, Ann se dedicó a huir de las miradas torvas de sus compañeras de francachelas y multiplicó sus viajes a la Costa del Sol. En los rincones más exclusivos de la provincia, encontró la paz que necesitaba para dedicarse al despilfarro. Hasta que llegó 1975.

La secuencia, en este caso, también arranca en Marbella. Alguien había robado en su mansión. La diva se precipitó hacia la casa para cambiar la cerradura y, de paso, contratar a un exterminador. Málaga le dio la bienvenida con el trasiego del robo, pero también con una plaga de polillas. Fue justo en ese momento, en pleno desasosiego doméstico, cuando recibió la llamada de una amiga alertando de las intenciones de Capote, que, por entonces, se pasaba la vida como una bendita mosca puñetera, pegada a las colillas acanaladas de la jet-set. El escritor tenía previsto publicar un artículo en Esquire sobre el matrimonio Woodward, con todas las maledicencias. Sería un anticipo de lo que más tarde se convertiría en Plegarias atendidas (Anagrama), un libro que Ann, enterrada en la crisálida del sueño, nunca llegaría a leer.

La viuda decidió suicidarse recién aterrizada de la Costa del Sol. Truman, fiel a su estilo, inquirió a todas sus amigas y confidentes; no por mala conciencia, sino porque quería conocer, con todo tipo de detalles, las últimas horas de la antigua bailarina, de la cenicienta de la Costa del Sol. El escritor supo entonces de los preparativos de Ann; el libro le costó la expulsión de los círculos aristocráticos. Más tarde, los dos hijos del matrimonio Woodward se suicidarían. Sangre y oro en los fantasmas de Marbella.

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