Crónica de la ciudad

El espejo cóncavo de nuestra mediocridad

Si no fuera por las ONG hace tiempo que Málaga habría ardido en el infierno de la más absoluta desidia

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José Antonio Sau Cuando paso junto al puesto que Los Ángeles de la Noche tiene junto a la iglesia de Santo Domingo suelo hacerlo a paso rápido, con la vergüenza propia de quien comprueba que la cola formada por los que acuden cada día a pedir su ración de comida se va alargando de forma paulatina. A veces los puedes ver arracimados junto al río, acompañados de un viejo carrito y una sonrisa de circunstancia. Muchos ni siquiera duermen en la calle, sino que hace unos meses pertenecían a esa clase media que en poco tiempo será un recuerdo efímero de la abundancia que nunca tuvimos.

Cerca de allí está el comedor de Santo Domingo, donde además de llenar estómagos, un trabajador social indaga en las circunstancias de los comensales para ayudarles a salir de la situación en la que se encuentren.

Bancosol lleva años recogiendo y repartiendo comida a quien más lo necesita, y Cáritas se ha convertido en la viga maestra que sujeta a muchas personas a una vida digna, pobre pero digna. Incluso, en El Teléfono de la Esperanza pueden contar con que alguien les escucha y, si es el caso, recibir ayuda para apaciguar esa soledad que carcome almas.

A todo esto, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y Stop Desahucios han sacado la cara por quienes pierden su casa cada día por deudas con la banca depredadora, en la que una empleada cualquiera, llamémosle Lucrecia, es capaz de tratarte a la patada si vas a pedir un préstamo o a hacer cualquier reclamación.

Los abogados se han echado a la calle para pedir tasas judiciales más dignas, los jueces reclaman una nueva Ley Hipotecaria, un texto que les permita valorar las circunstancias personales del futuro desahuciado, y algunos de éstos, agobiados por las deudas y asediados por la depresión, mortal pájaro de mal agüero, deciden poner punto final a sus vidas con la esperanza de que en otro sitio ya no habrán de sufrir.

Maestros y médicos protestan por los recortes en educación y sanidad, a la que, por cierto, los inmigrantes ilegales ya no tienen acceso, y asociaciones como Arrabal se fajan por integrar sociolaboralmente a los más desfavorecidos, como bien suele explicar su incansable portavoz, Paco Palma. A veces, es necesario recordar el currículum solidario de una ciudad asolada por el paro, más preocupada por salvar el proyecto de un jeque, que porque sus paisanos no pasen hambre o encuentren un trabajo digno. Una cosa es el malaguismo y otra el filibusterismo financiero que ha practicado el invisible príncipe catarí.

Cuando paso por Santo Domingo agacho la cabeza para no mirarme en el espejo cóncavo de nuestra mediocridad como ciudad. Como deberían hacer los políticos que ayer, en un pleno de varias horas, ni siquiera pronunciaron las palabras empleo, desahucio o hambre. Un simple análisis semántico basta para identificar sus preocupaciones. Que el metro pase, o no, por la Alameda, es algo secundario.

Agosto en diciembre Las calles del Centro Histórico se siguen llenando de vida en Navidad. Y los negocios hacen su agosto en pleno diciembre.


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