Sentencia caso Malaya

Un juicio marcado por la confesión del Jefe

Un plenario de 199 sesiones, 200 con la de hoy, da para mucho: imágenes de Muñoz y Roca charlando animadamente, las lágrimas de Marcos, la tensión de los careos o los arrebatos de Liétor. Pero el día más grande fue cuando Roca largó de lo lindo

04.10.2013 | 01:04

El 31 de julio de 2012, en la última sesión del juicio del caso Malaya, Roca se preguntó amargamente por qué a Santiago del Valle, asesino de la pequeña Mari Luz, se le pedía menos cárcel que a él. Con esa reflexión, el exasesor de Urbanismo de Marbella, el Jefe, como le llamaban sus subalternos, verbalizó toda la amargura que le causaban casi ocho años entre rejas por delitos económicos. Aún hoy le siguen negando el permiso carcelario. «Éste es mi séptimo verano en prisión, y seguramente pasaré mi séptima Navidad aquí; si la Sala acepta eso, pasaré el resto de mi vida en prisión», añadió. Ya van ocho veranos.

Ese día, el que fuera mano derecha de Jesús Gil durante una década y media, los años de vino y rosas, pidió perdón a Marbella por el daño causado. Con esa actitud correcta y amable enfrentó todo el juicio, más allá de algún momento de tensión puntual con el fiscal Juan Carlos López Caballero, al que sí le levantó la voz. Cada día, saludaba a las funcionarias de la sala con una sonrisa. El punto álgido del plenario tuvo lugar, sin duda, un nublado día de noviembre de 2011 cuando Roca confesó que tenía a sueldo a los ediles marbellíes. «Quería llegar a un acuerdo económico para sostener al GIL hasta las próximas elecciones –2007–; yo quedo en gratificarles, y cuando tengo liquidez voy dando dinero», precisó. En concreto, explicó que mantuvo a los ediles unidos para evitar el transfuguismo y que se deshiciera el tripartito, pero desvinculó los sobres a los ediles de resoluciones administrativas favorables. Buscaba un cohecho impropio, a lo Camps, es decir, una multita eludiendo la cárcel.

Aquella jornada, la cara de los ediles fue para fotografiarla. Aunque dicen algunas fuentes que, siguiendo su proceder habitual, les informó antes de ello. Atrás quedaron los bulos de un posible acuerdo con la Fiscalía –hubo negociaciones– a cambio de perder casi todo su patrimonio, tan habituales como las quinielas que hay ahora sobre la sentencia: «Va a haber un 25% de absoluciones». O: «Me dicen que va a ser blanda».

Otro protagonista ha sido Andrés Liétor, el empresario que quiso dinamitar el proceso, básicamente porque ha sido correoso en los interrogatorios y vehemente en las respuestas. No lo ha pasado bien, y se le notaba. Roca, para explicar el incremento de su patrimonio, señaló que las inversiones acertadas permitieron multiplicar por siete sus bienes iniciales, desde que en 1991 llegó a Marbella y en el 92 estuvo en el INEM tras varios negocios desafortunados.

Los técnicos de Hacienda y los peritos de la policía, con su minuciosidad habitual, se han encargado de dibujar con precisión la atmósfera que reinaba en Marbella, y hubo momentos de tensión, por ejemplo entre un experto en blanqueo y Rocío Amigo, la laboriosa abogada de Roca. O entre José Manuel Vázquez, abogado de Juan Hoffman, y técnicos tributarios.

Hubo pelea también en los careos entre Roca y Liétor o entre el primero y Yagüe. La alcaldesa, que también declaró de forma muy vehemente, deslizó algún «cariño» al hablar con su otrora asesor, pero negó lo de los sobres, que éste sí reconoció, arrastrando a muchos al averno procesal.

La Fiscalía estuvo quisquillosa y las defensas pidieron, desde las primeras sesiones, la nulidad de escuchas, detenciones, registros y hasta de los célebres archivos Maras, que contienen las iniciales de todos los encausados anotados junto a diversas cantidades, «una ganga» en palabras de López Caballero. Es más, llegaron a decir que muchos acusados no sabían que era Roca quien estaba detrás de los negocios o que el dinero provenía de los sobornos, y, por qué no, esas iniciales podían ser de cualquiera.

El último día, también lloró la fría Isabel García Marcos. Acostumbrada a la televisión, no pudo dominar sus nervios en la jornada más larga, aquel 31 de julio de 2012. Ni Julián Muñoz, quien se quejó de que se le conozca «como ladrón», pudo soportar la tensión. No lloró, pero hay quien dice que habla de él como un chivo expiatorio del sistema. Sesiones largas y tediosas, y otras que pasarán a la historia por su alto voltaje.


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