Profesor titular de Psicologías de los grupos en la UMA

´España es un país de gente noqueada; se ha roto la confianza mínima´

El experto de la UMA Jesús M. Canto Ortiz evalúa el deterioro psicológico producido por la crisis

19.10.2013 | 03:40
Jesús M. Canto en su despacho de la Universidad de Málaga.
Jesús M. Canto en su despacho de la Universidad de Málaga.

De país traumático a traumatizado. De hijo mimado de la nobleza a criado sucio de las caballerizas. La transformación económica que ha sufrido España en los últimos años no ha pasado de largo en el imaginario colectivo. Y mucho menos, a nivel individual, donde el paro y el resto de escaramuzas sociales han agigantado el sentimiento de derrota. Detrás de la caída del sistema, surgen las sombras de la desesperación y de la fractura psicológica, de una sociedad, la española, entre la descomposición y la recomposición, en la que ha cambiado, incluso, hasta el significado de la felicidad. Jesús M. Canto pone orden teórico en lo ocurrido.

La crisis ha disparado los casos de ansiedad y de depresión. ¿Cuál es el límite? ¿Puede aguantar una sociedad con millones de personas al borde del abismo?
Es difícil saber lo que va a pasar. Las ciencias sociales no permiten hacer cuadros pedrictivos fiables; siempre hay agentes que intervienen, a grandes rasgos imprevistos, pero está claro que si no se palía la situación de desigualdad va a ser difícil ponerle coto al resto del problemas. En los últimos cinco años hemos asistido a un proceso de empobrecimiento real, con efectos reales. El empobrecimiento actúa a nivel económico, por supuesto, pero eso origina una bajada acelerada del status que a su vez produce mucha ansiedad y mucho miedo. Con la crisis hay gente que se ha enriquecido y otra que ha perdido poder y ese sentimiento de desigualdad aumenta la desconfianza; se deteriora, en definitiva, el sentimiento de comunidad.

¿Qué secuelas dejará todo este periodo? ¿Es iluso pensar a estas alturas en una recuperación completa?
Como le decía estamos en un momento en el que resulta ciertamente complicado hablar del futuro, pero está claro que éste dependerá de la capacidad de hacer lo que no se está haciendo y atajar la desigualdad. No se puede permitir que la desigualdad se convierta en un problema crónico, porque eso, como ocurre en algunas sociedades, incluida la de Estados Unidos, supone arrastrar grandes bolsas de población con depresión y ansiedad, además de un incremento de la tasa de delincuencia.

¿Está la sociedad española en un estado de abatimiento colectivo? ¿Como en 1898?
Las circunstancias son muy distintas, como es obvio, y si se producen muchos casos de depresión es porque la depresión está asociada al miedo real y el miedo es difícil que no aparezca cuando se teme perder el trabajo o se desconoce cómo afrontar el día siguiente. Se trata de una cristalización de la ansiedad, aunque con la diferencia de que en el miedo sí se conoce el objeto que lo causa. Esto no es nada nuevo. Ya ocurrió en América en los 90, y en Inglaterra, con la reconversión industrial de Margaret Thatcher. En definitiva, con todas las situaciones que generan empobrecimiento y que a su vez generan inseguridad, criminalidad y desconcierto. Para vivir en comunidad se requiere un mínimo de confianza. Y si eso se rompen surgen las dificultades.

Las urgencias de esta época parecen haberse merendado el concepto de felicidad que se manejaba hace una década. ¿El dinero vuelve a ser un absoluto?
La felicidad y la satisfacción personal, en teoría, no se identifican de manera tan estricta con el dinero. Los estudios señalan que para tener un mínimo de calidad de vida influye la renta económica, pero que el aumento de ésta no se traduce automáticamente y a partir de ciertos niveles en un incremento del bienestar. Es decir, el dinero influye en las primeras fases, pero después intervienen otros parámetros. Por ejemplo, cobrando lo mismo, se goza de una mayor calidad de vida si se vive en una sociedad que se percibe como igualitaria. Lo que ocurre es que ahora la gente no tiene lo mínimo y experimenta continuamente un sentimiento de derrota. Estamos hablando de una sociedad noqueada. Es terrorífico.

¿Se pecó de ingenuidad al pensar en un progreso ilimitado, en una dicha permanente?
Hasta hace poco la mayoría de la sociedad era propietaria y se creía a resguardo, con buenas condiciones materiales, pese a que los salarios no eran muy altos. En esos momentos la gente no pensaba en que las circunstancias podían mutar tan salvajemente. Por más que lo advirtieran, incluso, en las escuelas, donde se enseña que el capitalismo es un sistema cíclico y que combina los periodos de bonanza con los de crisis. El sistema falló, o al menos lo hizo para todos los que no forman parte de las rentas más altas. Y la actualidad bloquea, en casi todos órdenes.

¿Aprenderá el país la lección? ¿Nos haremos espirituales a las bravas o se seguirá llorando por el último grito en tecnología o en apartamentos en cuanto amaine el temporal?
Espero que hayamos aprendido la lección. Cuando se habla de crisis a veces se olvida que, al margen de los problemas financieros, institucionales y éticos también existe de fondo una gran encrucijada ecológica. Los recursos son limitados; no se puede permitir esta forma de vida. Y mucho menos extender. Aunque es difícil que se de lo contario, porque el sistema se basa precisamente en el consumo. Debemos aprender a disfrutar más con menos; no porque sea algo impuesto por el contexto, sino porque realmente hay cosas que merecen la pena a las que apenas se dedica tiempo pese a ser esenciales para el bienestar. En cualquier caso, esta filosofía choca con una sociedad tan desigual como la actual, en la que el que trabaja está pensando siempre en cómo hacerlo porque se siente presionado y por lo tanto vive para trabajar.

Supongo, que, al menos, la crisis nos hará más fuertes. O con más capacidad de batalla.
La crisis ha dejado entrever actitudes positivas como la solidaridad. También se han creado redes de unión entre personas y es positivo que eso surja, porque parece difícil que los derechos que se están perdiendo se recuperen en el futuro si no hay demanda social. La gente, insisto, está noqueada. Hay una minoría que se moviliza y el resto se agarra y espera que no le toque a él. La respuesta tiene que ser colectiva, pero la lucha política depende o bien de la identificación o bien de la eficacia. Y muchos se desesperan cuando ven que no hay resultados inmediatos.

No será por falta de indignación y de desencanto...
La indignación efectivamente está muy presente. El sistema ha hecho que la gente quiera sentirse ideológicamente fuera del sistema y cunde, sin duda, el escepticismo. Ya nadie se cree nada. Pero hay que tener cuidado y encauzar bien el desencanto; desencanto hacia los políticos y hacia lo que se quiera, pero no hacia la política, porque ésta es consustancial al hombre.

¿Y cuál será el precio de ese descrédito? ¿Veremos surgir falsos héroes y demás salvapatrias?
Es un riesgo que existe. En Grecia se ha visto recientemente. Frente a la incertidumbre, se tiende a buscar un mínimo de certeza y ahí entran en liza las explicaciones simples. La verdad es que da miedo pensarlo. Esa búsqueda de la seguridad es muy peligrosa. Y con frecuencia deriva en cazas de brujas como el rechazo a los inmigrantes. Afortunadamente en España esto último no ha ocurrido, lo que, en resumidas cuentas, habla bien de la sociedad.

La población española ha pasado de la euforia futbolística a sentirse poco menos que partícipe del hazmerreír de Europa.
El español ciertamente ha visto como su autoestima ha disminuido. Me refiero, en este caso, a su autoestima de grupo, colectiva. Los éxitos deportivos se pueden seguir produciendo, pero se tiene la sensación, justificada, de que el país se ha devaluado. Y devaluar un país no es ninguna solución. Por eso cunde el desánimo. Cuando se devalúa un grupo existe el riesgo de que los que se sienten mejores no quieran pertenecer a él. Y eso está presente en la querencia de Cataluña.

¿Volverá la fe en el sistema con la recuperación de la economía?
No será nada sencillo. Se puede pensar que el deterioro es todavía subsanable, pero no parece que lo sea sin ningún cambio profundo a la vista. Si España no acierta con otra forma de hacer política, ya sea estrechando la relación del votante con el político o más participación, el periodo de desafección durará todavía mucho y seguirán aprovechando de eso los mismos de siempre.

«El desencanto no se cura con menos participación, sino con todo lo contrario»

La decadencia de la economía ha hecho que lo políticamente correcto no sea ahora la diplomacia, sino el exceso. El rechazo a todos y cada uno de los políticos. ¿Los mensajes de recuperación sirven para cambiar el ánimo o son percibidos ya como un acto de cinismo?
La sociedad no los cree. Entre otras cosas, porque ha asistido a muchos discursos parecidos. Desde aquellos brotes verdes en adelante. Los políticos tienen que tener muy claro que los mensajes de marketing ya no existen. Y muchos menos desde que se han acostumbrado a contradecirse. Ahora se demandan datos reales. Pero el desencanto no se cura con menos participación, sino todo lo contrario. Y estamos en un momento en el que todo son incógnitas. La sociedad española puede evolucionar hacia cualquier parte, hacia la individualidad o hacia la respuesta colectiva.

¿Y el 15M? ¿Se disipará?
El 15M es uno de los fenómenos más interesantes que se han dado en la política en los últimos años. Su evolución genera dudas, pero es obvio que han conseguido trasladar su discurso. Incluso, a la agenda de los políticos, aunque se empeñen en negarlo.

¿Y qué pasa con las nuevas generaciones? ¿Lograrán superar el shock de la crisis?
Los jóvenes están paralizados. Y es obvio que les va a costar. Sobre todo, porque muchos de ellos han sido educados en unas condiciones económicas radicalmente distintas. La tendencia es la emigración, la salida. Pero también se pueden dar respuestas más destructivas. Especialmente, las relacionadas con la evasión, la necesidad de escapar de una realidad que les resulta hostil y desagradable.

¿Se puede registrar un aumento de la violencia?
La violencia está ligada a la frustración y, sin duda, el deterioro económico genera ese tipo de malestar. El empobrecimiento genera un sentimiento de inferioridad que puede llevar a la conflictividad. Fíjese, por ejemplo, en la respuesta frente a la agresión en los barrios más deprimidos.

La gala

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