Los últimos guardas del acueducto de San Telmo

Enrique Aguilar cedió el testigo de único guarda del acueducto a su hijo Javier, pero continúa vigilando por afición esta obra

20.01.2014 | 11:27
Los últimos guardas del acueducto de San Telmo

Por sus venas bien podría correr agua del acueducto, agua que en la década de 1780 comenzó a dar de beber a la ciudad de Málaga y que dos siglos más tarde todavía sirve a siete regantes. A unos 80 céntimos la hora de agua.

Enrique Aguilar y su hijo Javier son los últimos guardas de esta obra de ingeniería costeada de su bolsillo por el obispo turolense José Molina Lario, obra de otro José de la provincia de Teruel, José Martín de Aldehuela, que la concluyó hacia 1786.

«Mi familia es de Alozaina, mi madre estaba sirviendo a un canónigo de la Catedral y consiguió el puesto de guarda para mi padre, Juan Aguilar en 1919», cuenta su hijo Enrique, de 78 años, un hombre afable que es un pozo de anécdotas. Y hablando de las profundidades, abre una trampilla en su casa, la casa del guarda, propiedad del Patronato Acueducto de San Telmo, junto al Cementerio de San Miguel, y por allí asoma un conducto de cerámica con una gigantesca llave para regular el agua.

«Cuando yo entré había cuatro guardas y 47 regantes. En toda esta zona no había casas y me encargaba del agua para las Adoratrices y la huerta Morales, que estaba en la calle Moya», recuerda.

En la actualidad, de los 11 kilómetros del acueducto, declarado Bien de Interés Cultural en 2009, están todavía en funcionamiento 5. «El agua llega hasta el Psiquiátrico de San Juan de Dios», aclara su hijo Javier, de 41 años, la tercera generación de guardas que además precisa que esta obra toma las aguas del Guadalmedina por medio de una presa o balsa a la altura «del cuarto viaducto saliendo de Málaga de la autovía. Es el kilómetro 138,5 de la A-45».

Javier se convirtió oficialmente en guarda de San Telmo en 2001. Su padre se jubiló por enfermedad en 1987, tras 25 de guarda aunque sigue vigilando por gusto. Se trata de un puesto casi honorario, que padre e hijo han tenido que compaginar con otras profesiones (Enrique, camionero y agricultor y Javier, bombero). «Una vez le dije al obispo: Entré cobrando mil pesetas al mes y me jubilo cobrando mil pesetas», ríe Enrique Aguilar, que conserva su banda de guarda y una escopeta de 1900, recuerdo de un guarda anterior. Durante muchos años han estado solos, cuidando este BIC con una veintena de puentes, aunque cuatro de ellos están enterrados, algo que cuesta imaginar, porque de uno de ellos, de 15 metros de altura, sólo asoma la bóveda de la superficie. Se encuentra en Fuente Olletas, en una zona donde la insensibilidad patrimonial se dejó sentir hace años: «En tiempos de Pedro Aparicio derribaron dos molinos», recuerda Javier.

Poco queda de esos dos molinos, uno de ellos para mármol. Se encuentran en una zona verde sin nombre, después de que Javier Aguilar luchara por la preservación de los restos del molino y el acueducto. Padre e hijo proponen al Ayuntamiento que esta zona verde lleve el nombre de Parque de los Guardas de San Telmo, en recuerdo a todos los vigilantes de esta obra en los últimos 225 años.

Los 11 kilómetros de acueducto, por cierto, eran recorridos cada domingo, a pie y sin miedo a las alturas, por la madre de Enrique, María. «Lo hacía para poder ir a misa a la Catedral, y salía de la presa, seguro que tenía que levantarse a las 3 de la mañana», calcula Javier, su nieto. Los cálculos los efectúa subido al acueducto del arroyo Hondo, junto al psiquiátrico de San Juan de Dios. Debajo hay una caída de 15 metros. El agua corretea por esta obra ilustrada. Enrique y Javier Aguilar también visitan el vecino molino número 1 de San Telmo, que junto al número 2, unos metros más arriba, son los dos que quedan en perfecto estado de revista, hoy casas privadas aunque incluidas en el BIC.

En el número 1 vive Julio, descendiente de otra familia de guardas, los Cerezo. La casa conserva la rueda del molino de harina con el que se hacía un pan de ensueño, recuerda Enrique. Los Aguilar son unos románticos, siguen unidos al acueducto por el que sienten auténtica devoción, mientras tratan de sacarlo de su letargo. Enrique recorre con la memoria joyas muy poco conocidas por los malagueños, salvo para los que viven cerca: el puente de Quintana o de los 11 ojos, el del Nogal o de los 5 ojos, el de Humaina, el del Ahorcado, el destrozado en Huerta Nueva...

Enrique y Javier Aguilar, segunda y tercera generación de guardas, son los auténticos preservadores de este Bien de Interés Cultural que quiere salir del olvido en el siglo XXI aunque como aventura Enrique Aguilar, «yo esto lo veo para largo».

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