Enrique Jiménez

El Mocito en busca de la felicidad

Una mirada a la peculiar vida de este malagueño de Capuchinos que sueña con ser famoso y llegar a tener su propio programa de televisión

25.01.2014 | 13:45
El Mocito Feliz cuenta ya con un becario que le ayuda para conocer la agenda de los personajes del corazón y un equipo para mover su trabajo en las redes sociales.
El Mocito Feliz cuenta ya con un becario que le ayuda para conocer la agenda de los personajes del corazón y un equipo para mover su trabajo en las redes sociales.

Personaje público y humorista de nacimiento. Así se define este peculiar malagueño que lleva toda su vida dedicada a seguir a los famosos de la farándula ahí donde vayan. Sueña con que le adopte la duquesa de Alba, se financia los viajes con actuaciones y tiene ya un becario y un equipo que trabaja su presencia en las redes sociales.

­En Hollywood se les conoce bajo el nombre de famehunters. Traducido al castellano significa perseguidores o cazadores de fama. Los hay a puñados en la meca del cine. Se trata de individuos que se pasan el día merodeando por una de sus famosas calles, a la espera de que aparezca el Brad Pitt o la Nicole Kidman de turno, perseguidos por su respectiva marea de paparazzis y equipos de televisión. Aprovechan la ocasión para tomar el sol al brillo de los flashes que no están destinados a ellos. Allá donde va una cámara o pueda aparecer un famoso, aunque sea de segunda, están ellos. Todo por unos instantes de protagonismo robado. Siempre les acompaña la idea de que alguien los pueda ver y se percate de su talento y les dé la oportunidad de abandonar su angustioso anonimato. Esa sensación de ser igual que todos los demás, pertenecer al montón. En Estados Unidos son un verdadero fenómeno sociológico.

Aunque a la Costa del Sol algunos la llamen la California de Europa y Málaga sea su capital, la calle Larios poco tiene que ver con el glamour que desprenden las calles de Hollywood Boulevar o Rodeo Drive. La comparación se debe más bien a su clima benévolo y a sus palmeras. Sin embargo, aquí también existen ese prototipo de personas que no tienen reparos en hacer todo lo necesario por salir en la televisión o en el medio que sea. Comparten un mismo denominador común con esos cazadores de fama de Hollywood: la atracción por ese roce invisible de la gloria que por unos momentos te oxigena el cerebro y te hace sentir el foco de todas las miradas. Andy Warhol ya defendió que todos teníamos derecho a nuestros quince segundos de gloria.

La obra del Mocito Feliz

Si hay alguien que se ha tomado al pie de la letra al famoso cineasta americano en este país, ese es el Mocito Feliz. Producto autóctono, pertenece tanto a Málaga como la Alcazaba, el Cartojal o la ducha cronometrada del alcalde. A Enrique Jiménez, así es su verdadero nombre, no hay famoso del corazón o de las revistas que se le resista. Y no hace distinciones. Lo mismo le vale el glamour de una alfombra roja o un juicio que desprende olor a Alhaurín de la Torre. Su fama de chupacámaras número uno la ha criada a base de kilómetros y eternos viajes. Presume de conocer todas las estaciones de autobuses del país. Ahí donde pueda aparecer un famosillo, está él para derrochar arte y humor.

El niño que quería ser famoso

Enrique Jiménez tiene 41 años. Se considera andaluz, español y fan de Isabel Pantoja. Lo suyo es pura vocación. De pequeño ya soñaba con ser famoso. Se desvive. Así lo demuestra en cada una de sus apariciones. Reventar planos es su especialidad. Cuentan las malas lenguas que en uno de estos juicios mediáticos tuvieron que atarle a un árbol, para que las reporteras pudieran hacer sus conexiones en directo sin que él atravesara la pantalla. Él sonríe. Comenta que acaba de llegar de Sevilla por lo del juicio a Ortega Cano. Siempre al pie de la noticia. «Yo creo firmemente en su inocencia», dice. No le importa que los 1,26 gramos de alcohol en sangre digan lo contrario. La lealtad como máxima premisa. Se considera fan incondicional del torero. Isabel Pantoja y Rocío Jurado también están entre sus debilidades. Los artistas atraen a los artistas.

Un día normal en la vida de Enrique Jiménez comienza con el visionado de diversos programas del corazón. Desde Ana Rosa al Sálvame, todos pasan por el aro. Siempre a su lado, su amada madre. Es el apoyo fundamental. Cree plenamente en su hijo y en lo que hace. «Él es listísimo. Cuando lo veo aparecer por la televisión me río mucho», comenta. Pero su constante búsqueda de la fama también tiene sus sombras. Ha dividido a la familia en dos. Su padre no ve con muy buenos ojos el hambre de cámara que tiene su hijo. Pero él tiene su camino marcado. Viajar, aparecer en los medios, y más viajar.

¿Pero cómo consigue enterarse de dónde tiene que estar? La agenda del Mocito siempre está marcada. Se trata de cuidar las fuentes. Él las tiene. «Conozco a gente que trabaja en medios, o productores de televisión que a veces me llaman y me avisan para saber dónde tengo que estar», admite. Facebook y Twitter han facilitado su trabajo. Muchas veces son los propios famosos los que anticipan dónde van a estar. Y ahí estará el Mocito.

A los fotógrafos los considera enemigos. Algunos hasta le han llegado a agredir. «Si no quieren que salga en las fotos que me tachen. Pero que no me toquen, que yo estoy en una vía pública igual que ellos», se defiende. No lo suelen borrar y al final aparece. Objetivo logrado. Isabel Pantoja, María del Monte, Rocío Jurado, Santiago Segura, etc. La lista es larga. No hay famoso que se precie que no tenga una foto con el Mocito. A pesar del amor que profesa por su madre, admite que el sueño de su vida es que lo adopte la duquesa de Alba. «No es por el dinero», sonríe.

¿Pero quién es el mecenas que hay detrás de su misión? ¿Cómo logra financiar sus costosos viajes? Aparte de su paga –tiene una minusvalía del 65%– actúa todos los viernes en el Colmao de Torremolinos. También tiene una cita semanal en una discoteca sevillana. Además, pide por las calles de Málaga. Pero no por caridad, sino por su arte.

Consciente de los mecanismos del mercado, cuenta desde hace poco con un becario y un equipo que trabaja su presencia en las redes. Preguntado por el origen de su mote, admite que María del Monte también tenía esa curiosidad y recibió como respuesta: «Me llaman Mocito porque me pica el mosquito». La verdad es que simplemente se debe a su carácter afable. Él se considera un tipo muy sensible. «Lo que más daño me hace es cuando percibo rechazo de la gente». La mofa no va con él. «Detrás del Mocito, también hay un Enrique Jiménez que quiere que le respeten». Pero predomina el personaje. Su futuro inmediato, seguir persiguiendo a cámaras y famosos. Su principal sueño es salir en una película de Torrente. Hasta entonces, habrá quien se ría de él. Pero como decía el viejo Tolstoi, la felicidad no es hacer realmente lo que se quiere, sino querer realmente lo que se hace. El Mocito quiere lo que hace.

En corto

¿Qué significa para ti salir delante de una cámara?

Es lo más grande que hay en el mundo. Yo he nacido para estar delante de una cámara. Es algo vocacional. Para mí es la gloria terrenal. Desde mi primera aparición televisiva en 1996 es lo mío.
el futuro

¿Qué proyectos tiene el mocito?
El siete de febrero estreno mi documental en el Teatro Alameda. Invito a todo el mundo a que acuda a verlo. También colaboraré con Jesús Quintero en breves. Por lo demás, acabo de lanzar mis perfiles en las redes sociales. Estoy en Facebook y Twitter (@elmocitohappy). Ahí colgaré todo sobre mis viajes. Espero que me sigan todos los que lean esto.


@matias_slb

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