Memorias de Málaga

La Feria y los carabos de monte

Ahora que se ultima el programa de la próxima Feria de Agosto es el momento de recordar un evento zoológico

02.08.2015 | 14:17
La calle Larios durante la Feria del Centro de 1986.

Mientras el nuevo equipo de gobierno municipal se pone de acuerdo para confeccionar un programa de feria o festejos de agosto que satisfaga al mayor número posible de malagueños –cosa muy difícil complacer a todos–, recuerdo un par de historias relacionadas con el evento anual que mueve a no sé cuántos indígenas y foráneos, que se dan cita en el Real de la Feria, Feria del Centro, corridas de toros y demás escenarios que configuran las fiestas de Málaga por excelencia.

Hace años, lo mismo que en este 2015, el recién elegido (nombrado a dedo) concejal delegado de fiestas, con varios meses de antelación al evento, en una reunión con sus compañeros pidió consejo para el programa de fiestas a celebrar, como siempre, en el mes de agosto. Lisa y llanamente les pidió ayuda a fin de confeccionar un programa atractivo que llegara a todos los ciudadanos.

Uno de los miembros de la recién constituida corporación municipal hizo un aparte y le propuso una auténtica novedad. La idea era la siguiente:

–Yo creo que debes rescatar del olvido la vieja tradición de los carabos de monte.
–¿Y eso qué es, Rafael?

Rafael, que no era otro que don Rafael Crooke, que era muy bromista, le contó la siguiente historia. A mí me llegó seis o siete años después por boca de otro miembro de aquella corporación, don Antonio de Burgos Oms, destacado pintor que fue secretario perpetuo de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Los carabos de monte eran, según Crooke, unos animales parecidos a las cabras que pululan por los montes de Málaga y que, a mediados de agosto de cada año, con los calores, descienden de noche por los cauces de los arroyos de Jaboneros, Pilones y Gálica para adentrarse en el mar buscando el frescor de la aguas. Los carabos son anfibios, o sea, que pueden vivir indistintamente en tierra y en el mar.

Cuando pasan los calores, también de madrugada, los carabos abandonan las aguas y remontan por los arroyos citados para reintegrarse a su hábitat, o sea, en los montes. Si en el programa de los festejos de este año –siguió contando con seriedad el doctor Crooke– se incluye el éxodo de los carabos al mar, con seguridad, miles de malagueños se concentrarían en las playas de Pedregalejo y El Palo para asistir al espectáculo.

Rafael Crooke dio por terminada su perorata y dejó estupefacto a su compañero de corporación, que le confesó que desconocía la existencia de esas misteriosas cabras y que una vez al año, precisamente coincidiendo con las fiestas de Málaga, descendían de madrugada de los Montes de Málaga para pasar varias semanas en el mar hasta la llegada de los primeros fríos.

Días después, en una reunión de la Comisión Permanente del Ayuntamiento, al interesarse el alcalde por los actos, celebraciones, fiestas, concursos... del programa de las Fiestas de Agosto, el concejal de marras empezó a dar cuenta de la tradición de la bajada de los carabos de monte por los arroyos, etc., etc., mirándose entre sí el resto de los concejales que no salían de su asombro ante la historia que estaba contado con todo detalle el concejal de fiestas. La narración no finalizó porque el autor de la broma no pudo contener la risa y soltó una carcajada.
No creo que el concejal o concejala que se haga cargo de las fiestas de este año sea objeto de una broma como la que acabo de contar y que, repito, me contó hace muchos años don Antonio de Burgos Oms con el que tuve cierta amistad pese a la diferencia de edad.

Batalla de flores

Otra historia de aquellos años fue la idea llevada a cabo de incluir en el programa de festejos una costumbre más o menos arraigada en algunas poblaciones. Me refiero a la batalla de flores, consistente, como su enunciado dice, en una guerra en la que en lugar de disparar tiros y lanzar objetos pesados a los rivales las municiones son flores, confetis y serpentinas.

En Málaga, al parecer, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se celebraban dentro de las fiestas de verano batallas de flores. Señoritas y caballeros subidos en coches de caballos tiraban flores a los espectadores que contemplaban la comitiva; a las flores que recibían contestaban con iguales armas, o sea, más flores, serpentinas y confetis.

La de aquel año, creo recordar fue en 1942, el escenario elegido fue el Parque. Prácticamente todos los coches de caballos que había en Málaga, tanto los de alquiler como los que quedaban en manos privadas por tradición, se movilizaron para la anunciada batalla de flores.

El Parque se llenó de malagueños de uno y otro sexo para participar. Con los coches, engalanados para el acontecimiento, señoritas de la alta burguesía, luciendo trajes de flamenca, y los caballeros con sombrero cordobés, ocupando incluso el pescante del carruaje, empezó la fiesta. El número de coches rondaba los cincuenta.

Empezó el desfile. Los ocupantes de los coches empezaron a lanzar flores y serpentinas al público que presenciaba el espectáculo, público que respondía de igual forma. Todo fue bien hasta que un grupo innominado, en lugar de responder con flores, lanzaron contra las guapas ocupantes ¡medios limones! A los pocos minutos, la irrupción de aquellos cafres, la batalla dejó de ser de flores para convertirse en una guerra a limonazo limpio lanzados con saña y hasta con puntería, Más de un proyectil impactó en los rostros de las jóvenes, y a más de una le dejaron un ojo a la virulé.

La batalla terminó con alocadas carreras huyendo de la salvajada propiciada por presuntos cafres que nadie identificó.

Ya no se volvió a incluir en el programa de festejos la batalla de flores. Por cierto, el concejal organizador del evento fue el mismo de los carabos de monte del relato anterior.

La salvajada no se recogió en la prensa local. Se relató como si todo hubiera transcurrido con normalidad. Sí se informó de la distribución gratuita de 50.000 ruedas de serpentinas, 500 kilos de papelillos y 20,000 ramitos de flores... y silencio en torno a los limones.

Hasta el día de hoy las batallas de flores no han vuelto a ser programas en nuestra feria.

La Feria del Centro

La Feria del Centro no necesita presentación porque se sigue celebrando con división de opiniones.

Muchos malagueños se acordarán cómo nació y se desarrolló la idea. Con motivo de los festejos de no recuerdo qué año, comerciantes del Centro, tuvieron la iniciativa de ofrecer a las personas que acudían a comprar algo en sus establecimientos con una copa de vino y alguna tapita de jamón o queso, sumándose así al ambiente festivo de la ciudad. Quizás el precedente esté en la vieja costumbre que se mantiene en muchos establecimientos de ofrecer anís o coñac y mantecados o borrachuelos en las fiestas de Navidad.

La iniciativa fue muy bien acogida. Los primeros años se desenvolvió en unos límites amables, con gente que incluso entraba en los comercios sin ánimo de comprar, eran atendidas y hasta se organizaban pequeñas tertulias alrededor de los mostradores.

Pero lo que empezó como una aportación a la brillantez y alegría de los festejos derivó hacia la masificación, con oleadas de gentes de todos los niveles para sumarse a la fiesta. Se montaron chiringuitos, se alquilaron portales y bajos para instalar improvisadas barras, del queso y el jamón se pasó a los fritos y barbacoas, las malagueñas y sevillanas que se transmitían por los altavoces para animar al personal fueron desterradas por los números musicales del momento, como El Venao, La Ramona, Macarena y Aserejé, entre otras. El desmadre llegó hasta montar en plena calzada trébedes para preparar suculentas paellas aderezadas por los enjaezados caballos que luchaban hacerse sitio en la barahunda de la Ramona, el Venao y qué será lo que quiere el negro, incluyendo los cagajones y meadas de los équidos no educados para convivir en sociedad o no protegidos de dodotis tamaño XXXL.

A la gente bien ataviada con sus trajes de lunares, volantes y abanicos para airearse y quitarse las moscas de encima se unieron descamisados en chanclas, jóvenes vestidas con la parte superior del biquini luciendo el ombligo y tatuajes, griterío, móviles y fotografiándose a sí mismos con algún coleguilla con zarcillo en la oreja izquierda o derecha, según tendencia sexual.

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