Historias de la Costa

Eddie Fisher y las dos caras del encanto violeta

El cantante e ídolo de masas americano volvió a la Costa del Sol once años después de su luna de miel con Elizabeth Taylor, aunque en un tono mucho menos desafiante y desinhibido

09.08.2015 | 05:00
Torremolinos, en el candelero. La actriz y el cantante se trasladaron a la Costa del Sol en las postrimerías de su luna de miel, cuando todo Estados Unidos hablaba con acritud de su romance, que había dejado como víctima a Debbie Reynolds. En su estancia, la pareja, lejos de ocultarse, se dejó ver en el club de moda, El Mañana. Fisher era entonces tan famoso y legendario como la actriz. De hecho, hasta contaba con un programa en la NBC. Liz, que le abandonaría por Richard Burton, no dudó en convertirse al judaísmo para la boda (en la imagen). Una curiosidad consabida: Fisher es el padre de Carrie, la célebre princesa Leia de La Guerra de las Galaxias.

Su carrera estaba a punto de empantanarse; el romance con la actriz, censurado hasta el exceso, le había pasado factura.

Las nubes habían perdido parte de su vanidad rojiza. En ningún rincón del apartamento, ni siquiera en las hojas de las ventanas, quedaban restos del atardecer y de esa mezcla de brisa a destiempo y sal que desordenaba el ánimo y obligaba a salir a la calle en busca de miradores y platos típicos y casi sin precaución; como si no existiera la vuelta a Estados Unidos ni las revistas que murmuraban sádicamente sobre su vida y su escandaloso romance con Liz Taylor. Habían pasado once años de todo aquello, de las críticas hipócritas, de los paseos por los soportales de Torremolinos. Incluso, de la mujer, casi inmortal, de los ojos violeta. Eddie Fisher ahora estaba solo. En el mismo lugar y en la misma playa, con las cenizas de 1959 espolvoreadas por la habitación del Pez Espada, la fiebre intacta en el camastro, su monumental paisaje en ruinas.

El cantante que sedujo a Liz Taylor no sólo se había aventurado en la Costa del Sol en 1959, cuando todo era felicidad y rizos finales de luna miel; también, como señala el historiador Antonio Blanco en su web Aquel Torremolinos, estuvo en marzo de 1970, aunque en unas circunstancias, profesionales y personales, muy distintas. El esplendor de aquel viaje flotaba como un cuento con saña sobre el ambiente. Sobre todo, por el contraste entre ambos momentos, marcado por la ausencia de Liz y todavía más por el inicio del declive de la carrera del artista, que, aunque siempre en lo más alto, se iría desinflando respecto al brillo de leyenda de sus primeros años.

A cualquier persona, por más cresa y trascendental que se venda, el abandono de Liz Taylor le provocaría un cataclismo. Fisher, sin embargo, sobrevivió. Quizá con más rasguños de los previstos, pero sin que una losa definitiva se precipitara sobre su cabeza. El artista, al fin y al cabo, era un mujeriego, uno de esos feos con garbo y de voz magnética que cruzan la historia de la música con un envidiable historial de amores folletinescos. Entre ellos, Connie Stevens y, sobre todo, Debbie Reynolds, la llamada novia de América, y a la que dejó por Liz Taylor en una rocambolesca trama de amistades y traiciones cruzadas que enardeció a la sociedad pacata de la época: sobre Fisher, al igual que le ocurrió a la artista, cayeron todos los tabloides y todas las tertulias domésticas. Hasta el punto de que muchas empresas dejaron de contratarle.

Sería injusto, no obstante, presumir que el matrimonio con Liz fue lo que desencadenó el ocaso de su fama. En su viaje de descanso de 1970 la vida de Fisher se abismaba: había empezado a coquetear temerariamente con las drogas y a recibir como un sopapo a plazos el trauma absoluto de su relativo descrédito. El cantante seguía formando parte del recuento clásico de estrellas–de ahí nunca se fue– pero su lustre original se iba desvaneciendo. Su presencia, una de las más conocidas en los cincuenta, ya no despertaba episodios de histeria colectiva ni valía como el anticipo genuino –con millones de discos vendidos–?del fenómeno fan que llegaría más tarde con los Beatles y con Elvis.

Para saber cuánto de paisaje interno y cuánto de externo había en la cabeza de Fisher en esos días de vacaciones en la Costa del Sol se habría necesitado un artilugio de ciencia ficción con poderes de telépata. El artista le dio esquinazo a los medios de comunicación, quién sabe si encerrado en la nostalgia y el tiempo detenido de 1959; en aquel otro viaje el cantante había venido con Liz Taylor para pasar unos días en Torremolinos como colofón a una luna de miel que se enlazó rápidamente con el rodaje de El perfume de misterio; una película, comentada ampliamente en estas páginas, en las que aparece el mirador de Gibralfaro y que fue el primer y fracasado intento de incorporar una técnica genuina que hacía que las escenas también oliesen. Para la pareja resultó además, aunque desvanecido, el último tirabuzón de su aparatoso enredo. La cinta estaba producida por Mike Todd Jr, el hijo del anterior esposo de la Taylor, que había muerto meses antes en un accidente de avioneta desatando un duelo que unió a su viuda, Liz, con el hombre de la pareja de amigos que intentaba consolarla. Demasiada acumulación de opereta, con Fisher y la costa, de canto de ida y vuelta.

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