Memorias de Málaga

Boliche, palabra de usos múltiples

Muchas palabras inglesas han sido "malagueñizadas" con el uso popular, pero hay otras que tiene tantas acepciones que resulta imposible dilucidar su significado correcto

07.09.2015 | 17:34
Arte del boliche para capturar especies pequeñas.

Hay palabras que solo tienen una definición. La primera que me viene a la memoria es edificable. Nuestro diccionario es taxativo: «Dícese del terreno en que se puede edificar». Claro como el agua. Lo contrario o antónimo ya es discutible porque donde no se puede edificar se edifica con una licencia de obras obtenida mediante amiguetes, sobornos y otras corruptelas.

Pero nuestro reportaje de hoy no va por esas oscuras sendas de las componendas que se descubren cuando ya está todo hecho y no hay vuelta atrás. Recuerdo cuando se construyeron las torres de Playamar. Hubo denuncias, posible demolición por haberse superado los límites de la licencia€ y no pasó nada. Allí siguen y nadie se acuerda de las críticas y condenas que suscitó su construcción.

La palabra que hoy es objeto de mi atención es boliche, que tiene tantas acepciones que resulta imposible en un diálogo habitual dilucidar su significado correcto. Si la palabra boliche sale a colocación en una conversación entre niños, boliche equivale a canica, si es que esos niños no están con las maquinitas de los cojones aislándose del mundo. Cuando los niños jugábamos a las bolas o canicas, el boliche era la bola de acero que superaba a las de vidrio y barro. Pero si el boliche surge en una conversación entre mecánicos, los dialogantes se están refiriendo a los cojinetes o rodamientos a bolas. Si el diálogo es entre comerciantes de diferentes ramas del comercio, el boliche, por lo general, es un pequeño taller, por lo común ilegal, donde una persona se gana la vida imprimiendo tarjetas de visita y otras labores propias de imprenta. El boliche sirve también para calificar algún otro pequeño taller, comercio o una tasca escondida en una callejuela.

Entre la gente de la mar el boliche tiene dos significados: un bote pequeño para pescar en la bahía y el arte de pesca para captura chanquetes, salmonetitos, jurelitos y otras especies que tanto nos gustan a los malagueños y a los que vienen a Málaga por primera o vigésima vez.

Y si en la Costa del Sol se habla de boliches, todos saben que se está mentando a la barriada Los Boliches de Fuengirola, que fue elevada de rango al ser rebautizada como Santa Fe de los Boliches. Se llamaba primitivamente Los Boliches porque era barriada de pescadores.

Después de darle la alternativa al boliche y su significado en nuestro vocabulario particular que defiendo con sentido del humor y práctico, y que no tiene nada que ver con el denuedo y cabezonería de algunos catalanes y vascos con su lengua que respeto pero que no entiendo ni me interesa, me voy a refocilar con otras expresiones malagueñas que se siguen utilizando para bien de nuestro acervo cultural.

¿Qué mejor expresión que la que utilizó un castizo por primera vez y que quedó incorporado a nuestra lengua? Le dijo a una joven de corta nariz: No tienes concolé. La estaba diciendo que era tan chata que no tenía con qué oler.

Los vendedores de la ONCE ya no pregonan por la calle los quebraíllos, entiéndase a los números de tres cifras que llevan en el centro el 0. Ahora tienen cinco dígitos y se han perdido para siempre los apodos de los cien primeros números. Pregonaban la terminación de los dos últimos números. Lamentablemente los he olvidado. Solamente recuerdo cantar al invidente Antonio Berlanga, que se situaba a la puerta de Radio Nacional, «¡Llevo los civiles!» Estaba ofreciendo la terminación 55.

En el diccionario de nuestra lengua aparecen porrudo y porruda, adjetivos aplicados a los tercos y tercas, respectivamente. Es una palabra que ha entrado en desuso porque no suena muy bien al oído. Se sustituye por testarudo o tozudo, y en el caso de los niños, se recurre a cabezón, porque es más contundente. Se oye decir a una madre, «niño no seas cabezón», refiriéndose no al tamaño de la cabeza, sino a lo pesado que se ha puesto porque quiere ver en la televisión los dibujos de Los Simpson.

En Málaga, no obstante, se sigue utilizando, pero con la ortografía local, o sea, porrúo, que tiene más énfasis que porrudo. Y cuando un niño se ponía porrúo, el padre le daba un cachete en el culo y se acabó la tozudez. Hoy no se puede recurrir al sistema del azote en el culo porque el autor vulnera los derechos del niño y puede ser condenado a tres años de cárcel, castigo que no se aplica a los que saquean las arcas de los ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, que además de irse de rositas se quedan con lo robado.


Palabras malagueñizadas

No recuerdo si en alguno de mis anteriores reportajes me he referí a deformaciones de palabras o expresiones inglesas que el pueblo malagueño ha adoptado con pronunciación propia por la dificultad de decirlas en la lengua de origen.

La que sí mencioné fue «chipichanga», deformación de «abastecedor de buques», que en inglés es «Ship chandler». La gente del puerto de Málaga, cuando oía al tripulante de un barco solicitar la presencia de un «Ship chandler», incapaz de pronunciar las dos palabras correctamente, lo resolvía a su aire: chipichanga.

Otra frase que se malagueñizó fue «Look and du it», pariendo una palabra muy extendida y de frecuente uso. La palabra es aliquindoi. El significado en inglés es algo así como «Mira y hazlo». En Málaga, aliquindoi se entiende como estar atento, vigilante, ojo avizor. «Estar al aliquindoi» es estar observando, no quitar ojo de encima a un presunto ratero que quiere llevarse algún objeto que no le pertenece, vigilar a la novia por si se enrolla con otro€

Me contó un alto empleado de unas importantes bodegas de vino de Málaga, que había venido de una provincia castellana para prestar sus servicios profesionales en la citada bodega, que una de sus primeras experiencias con el habla malagueña la vivió precisamente en el puerto de nuestra ciudad cuando fue a pagar los honorarios a los trabajadores que habían cargado en un barco barriles de vino de nuestra tierra. Los vinos dulces de Málaga eran apreciados en medio mundo y en nuestros muelles se apilaban cientos de barriles que naturalmente había que vigilar atentamente para evitar sustracciones.

Después de abonar a cada trabajador o cargador del muelle el salario estipulado se le acercó uno de la colla (trabajador portuario) para reclamar su parte. Como no figuraba en la lista de los contratados le preguntó que qué trabajo había desempeñado. El aspirante a ser recompensado le dijo: «Yo he estado aliquindoi».

Así empezó a aprender el malagueño que hoy domina como cualquier nativo.


El guarrito

Una de las muchas palabras reina de nuestro vocabulario, obviando merdellón y majarón que están en el cuadro de honor, es guarrito. En cualquier hogar malagueño hay un guarrito, no el que engulle las sobras de la comida, sino la taladradora para hacer un agujero en la pared para colgar un cuadro. Se echa mano al guarrito, y hala, a hacer el agujero, que a veces se convierte en boquete que sale por la habitación de al lado o por el salón donde el vecino esta solazándose con algún programa de chillonas y chillones que cuentan los cuernos de los famosas, de los famosos y de los que quieren ser famosos.

Dejando a los famosos con sus tonterías, ¿saben por qué en Málaga se les llama guarrito a las taladradoras? Pues porque se malagueñizó la denominación de las primeras llegadas al mercado local. Estaban fabricadas por una empresa denominada Warrintong. Como era difícil pronunciar la palabra alguien la simplificó dejándola en guarrito. Así de fácil. A un señor de Pontevedra usted le pide un guarrito, lo más probable es que se quede in albis.

Y me despido con una expresión muy utilizada en la Málaga rural: Condió o Cóndio.

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