Memorias de Málaga

La Alameda de los Tristes

Fue la primera denominación de la actual Alameda de Colón, porque así la rotuló el Ayuntamiento y porque en ella reinaba el sosiego

18.10.2015 | 02:06
La Alameda de los Tristes

Aún hoy, muchos malagueños la conocen como tal, aunque ahora impere el ruido

En varios reportajes publicados anteriormente firmados por el autor de estas líneas he recordado sin ánimo de molestar a nadie motes y apodos que los malagueños hemos asestado a personas, edificios, rincones, lugares, calles y a todo cuanto se nos ha antojado para de forma irónica definirlos apoyándonos en defectos, taras y abandonos. Hoy traigo algunos que han acudido a la memoria y que enriquecen el patrimonio festivo de la ciudad.

Don Balbino Santos Olivera fue obispo de Málaga durante un largo periodo de tiempo hasta que fue elevado a la dignidad de arzobispo. El ascenso llevaba consigo el traslado a otra provincia, concretamente Granada. El prelado tenía fama de ser recto, muy serio, intransigente, contrario a nuevas modas en el vestir de las mujeres, contrario a la celebración de bailes€ Como decimos vulgarmente, un hueso, palabra que no hay que entrecomillar porque la Academia la recoge con el sentido que acabo de apuntar.
Al poco de hacerse cargo del arzobispado de Granada, nuestros vecinos padecieron la rigurosidad de don Balbino, hasta el punto de apodar al automóvil que utilizaba en sus desplazamientos como «La Aceituna». Al ser preguntado sobre el extraño apodo, el granadino respondía: «Es que el hueso va dentro».

El autobús de Vélez-Málaga

Antes de que Vélez-Málaga tuviera un tranvía, y que ya no tiene y las unidades fueron trasladadas vía marítima a Australia, pero que han regresado –¡lo que habrán costado los viajes de ida y vuelta!– tuvo por iniciativa municipal un servicio de transporte colectivo urbano  atendido por autobuses. Aunque el casco urbano de la capital de la Axarquía permite moverse a pie sin necesidad de recurrir a vehículos motorizados, el servicio de autobuses se implantó. Al poco tiempo de su puesta en marcha, los veleños empezaron a conocer la mejora por «El Total».

Al principio, parte de los ciudadanos eran reacios a usar el nuevo medio de transporte porque no merecía la pena gastarse una peseta (era el precio del billete) para un trayecto tan corto pudiéndolo hacer a pie. Los defensores y usuarios de la mejora lo defendían, y comentaban que, «total, por una peseta, quien no lo usa». Y como se repetía eso de «total por una peseta», los veleños bautizaron el servicio de transportes como «El Total».

Resumiendo: ya no hay «Total» y, de momento, ni tranvía.

La canóniga

La canóniga no es la esposa del canónigo, entre otras razones porque los canónigos son célibes; ni tampoco es una expresión de malévola intención. Pero hay mucha gente que de vez en cuando se «echa una canóniga», que no es más que una siesta antes de la comida. La siesta, esa costumbre tan mal interpretada por los extranjeros que acusan a los españoles de vagos porque duermen la siesta, y en el fondo no es más que envidia por no poder tomársela en su país de origen porque rigen otras costumbres que lo impiden, la siesta, repito, es la que se echa después de una comida, sobre todo si ha sido copiosa y regada con un buen tinto y un puro de remate, auque ahora con la manía de prohibir el tabaco, los puros ha sido desterrados. La siesta es una costumbre muy arraigada en nuestra sociedad, y algunos no la perdonan.

La canóniga está menos extendida y creo que en desuso. Poca gente echa una cabezadita antes de la comida; pero yo recuerdo que el padre de unos amigos míos del colegio recurrían a la canóniga en lugar de a la siesta.

Hace muchos años pregunté a un malagueño muy culto y sabedor del origen de palabras de nuestro argot, por qué a la siesta antes de comer se la denominaba canóniga, y me dio una respuesta nada convincente. Me dijo que los canónigos, en sus rezos catedralicios en el coro, echaban un pequeño sueño€, o sea, una canóniga. La respuesta no me pareció correcta. Pero€

El Plus

Uno de los cines más populares de Málaga  hasta que cerró en 1968 (se inauguró en 1927) fue el Plus Ultra, sito en el Llano de la Trinidad. En pleno barrio de la Trinidad fue durante muchos años el cine que tenía los precios más bajos de Málaga, y como era costumbre de la época, se abastecía de películas de reestreno o ya pasadas por cines de mayor rango. Era de sesión continua y normalmente se pasaban dos películas, o sea, «programa doble», como se anunciaba en la prensa. En los primeros tiempos el precio de las localidades oscilaba entre los 0,20 y 0,60 céntimos. La más barata, la de los 0,20 céntimos, no daba derecho a butaca, sino a sentarse en banco corrido sin respaldo a pocos metros de la pantalla.

Pues bien, los usuarios del cinema en cuestión no se referían al Plus Ultra; mucho nombre para un cine tan cutre. Lo abreviaban dejándolo en Plus. Voy al Plus, en el Plus echan tal película€ A los hijos del propietario –don José Fernández Crespo– se les conocía en el colegio por Pepe Plus, Alberto Plus€  El Plus Ultra desapareció€ pero quedó el «plus», que es lo que todos los trabajadores, empleados, funcionarios, directores de empresa, gerentes€ piden como complemento de sus honorarios. Plus de productividad, plus de asistencia, plus de peligrosidad€   

La Alameda de los Tristes

La Alameda de Colón, pese a los años transcurridos desde su inauguración, todavía hay malagueños añosos que la denominan Alameda de los Tristes porque era una zona tranquila, con hermosos árboles que alternaban con las palmeras; los árboles fueron talados y las palmeras siguen hasta que el picudo rojo acabe con ellas. Tan tranquila era la vía que se endilgó lo de triste porque reinada el sosiego, la paz€, tristeza, en definitiva.

Sin embargo lo de Alameda de los Tristes no es como acabo de contar: es que inicialmente el Ayuntamiento de Málaga la rotuló así: Alameda de los Tristes. Muchos años después decidió sustituir la tristeza por Colón, pero en la sesera de muchos malagueños quedó impreso el nombre original aunque se establecieron el cuartel de la Policía Armada (después Nacional), la C.N.S. (los sindicatos verticales), las cabeceras y paradas de las líneas de autobuses que conectaban la ciudad con los pueblos de la provincia, consignatarios de importantes fábricas de automóviles€ Ya no tenía ni tristeza ni tranquilidad. El bullicio, los autobuses   suburbanos, los jeps de la Policía Nacional€ acabó con la tristeza.  Ahora, multitud de cafeterías, bares, restaurantes acamparan los bajos, y dentro de nada, con motivo de las obras del metro, se convertirá en la más ruidosa de la ciudad. Auguro bocinazos, gases, ruidos y otros elementos delprogreso. A mudarse toca.

Al final de la Alameda de Colón, poco antes de enlazar con la avenida Manuel Agustín Heredia, cuya estatua sedente la preside, destacaba un palacete propiedad de una familia malagueña de origen británico, porque muchas familias malagueñas tienen sus ancestros en Alemania, Francia, Inglaterra, Suecia, Bélgica y Holanda por citar los más importantes. Al palacete se le dio un mote: el Palacio Chico.
Cuando el penúltimo miembro de la familia ocupante se mudó a un lugar más acorde con sus posibilidades económicas, la propiedad pasó a las Hermanas Trinitarias, congregación de gran raigambre en nuestra ciudad. Años después, las  monjas se instalaron en la zona de Gamarra, cerca de Carlos Haya y el Palacio Chico fue demolido para en su lugar levantar un bloque de viviendas.

Con la demolición primero del Palacio Chico y después del edificio que albergaba el periódico Sur en la misma Alameda de Colón, desapareció el fantasma de Don Adrián. Decían los residentes de la zona que por las noches deambulaba por la zona un fantasma, al que identificaron como Don Adrián, nombre de un ilustre malagueño de ascendencia extranjera. Algunos juraban que lo habían visto o habían sido víctimas de su inexplicable existencia. Yo frecuentaba aquella zona porque viví en la Alameda de Colón durante algún tiempo nunca tuve la dicha o desdicha de encontrármelo ataviado con una sábana blanca.

De Don Adrián nunca más se supo como tampoco hemos vuelto a tener noticias del fantasma de la casa así conocida –la Casa de los Fantasmas– en La Caleta. A lo peor cambió de residencia porque el sosiego y paz de la Alameda de los Tristes dio paso al bullicio de gentes que van a la sede de los Sindicatos, al CARE y a los mil y un cafés o bares que ocupan las aceras.      

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