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Memorias de Málaga

Los peligros de la radio en directo

La historia de la radio en Málaga está llena de anécdotas y así lo recuerda el autor

25.10.2015 | 17:15
Los peligros de la radio en directo

Memorias de Málaga

Los programas en directo tanto en la radio como en la televisión arrostran peligros que los conductores de los espacios son conocedores de ellos pero que los asumen porque son inherentes a la filosofía del directo. Si los espacios se graban, los errores, meteduras de pata, las salidas de tono?, no se producen, pero pierden espontaneidad.

Hoy se aceptan esas salidas de tono porque se subsanan con un perdón o ni eso siquiera. Pero en tiempos de censura los deslices o errores se pagaban caros, cayendo sobre el presentador y la dirección sanciones o advertencias de cierta gravedad. En esos tiempos de la censura, hará unos cuarenta y tantos años, Radio Ronda, que pertenecía a la red de emisoras sindicales, fue víctima del programa en directo. Se estaba realizando un programa cara al público en el curso del cual los asistentes podían formular preguntas, contar chistes, relatar anécdotas, incluso cantar si se les apetecía. Uno del público expresó su deseo de cantar unos fandanguillos, a lo que el presentador accedió. El hombre se acercó al micrófono, y sin acompañamiento de guitarra cantó:

"¡Ay, Arriate arriatillo
pueblo pobre y miserable
que hasta al padre cura
lo tenéis muerto de hambre!"

El «pobre padre cura de Arriate», localidad muy cercana a Ronda, lo oyó, y sin pensárselo dos veces denunció el agravio al Ministerio de Información y Turismo. El director general de Radiodifusión abrió un expediente sancionador y? el lío.

Según parece el improvisado cantaor, viajante de comercio, había estado aquel día en Arriate para vender los productos o mercancías que representaba. Tuvo la mala suerte de no vender absolutamente nada, y la forma de expresar su disgusto fue el fandanguillo de marras. El cura no tenía nada que ver en el asunto, el presentador salvó el escollo como pudo, el expediente sancionador siguió su curso? y si mal no recuerdo se le puso un día de haber al presentador del programa que era el propio director.

Lo menos adecuado. Sucedió un día de la Feria de Agosto de Málaga. Todos los días, la emisora de Radio Nacional de España en Málaga, sobre las diez u once de noche, retransmitía desde la caseta oficial y de las peñas más conocidas las actuaciones de los artistas y cuadros flamencos que animaban el cotarro.

Uno de esos días, los dos locutores más sobresalientes de la emisora, Antonio Carmona y Antonio Barceló, acudieron con los técnicos al Real de la Feria para llevar hasta los hogares malagueños la alegría de la fiesta. En el estudio, que entonces estaba en Muelle de Heredia 10, quedó el locutor de continuidad que sería el encargado de anunciar la conexión con los equipos instalados en la caseta oficial en el momento en que todo estuviera a punto.

Como la conexión se demoraba, a fin de que los oyentes no se cansaran de esperar, el locutor de continuidad pidió micrófono, y más o menos, dijo: «Estamos en espera de conectar con nuestros equipos desplazados al Real de la Feria desde donde nuestros compañeros Antonio Carmona y Antonio Barceló les informarán del desarrollo de la Feria, de la alegría que invade a los miles de malagueños que se divierten en las casetas y atracciones. Hasta el momento en que efectuemos la conexión escuchen ustedes La Patética, de Beethoven».

Hay que reconocer que no era el mejor prólogo para participar en el jolgorio de la feria. Unos verdiales o una malagueñade fiesta hubiera sido lo adecuado.

Gas Fyrpe. La siguiente historia tuvo como escenario Radio Juventud. Fue en el primer informativo de la mañana. La locutora leyó la reseña que Sur publicaba ese día sobre la aplicación de la pena de muerte en la cámara de gas a un condenado que llevaba años en el pasillo de la muerte en espera de que se cumpliera la sentencia o que se le indultara de la pena máxima como prueba de su buena conducta, apelaciones de sus abogados, etc. etc. El condenado, en la larga espera, había escrito y publicado dos o tres libros, su caso se había difundido por todo el mundo, pero no hubo perdón.

La reseña era muy detallada. Y así la leyó la locutora de turno: A las 20 horas el condenado abandona la celda; a las 20,10 termina de recorrer el pasillo de la muerte; a las 20,15 es introducido en la cama de gas; a las?, y así hasta la hora exacta de su muerte por un gas letal. Al terminar la lectura con el fatal desenlace, la locutora, en el mismo tono empleado hasta el momento, leyó el siguiente anuncio: «Gas Fyrpe, el mejor para su cocina». El gas Fyrpe competía con el gas butano en aquellos años.

Cordones. Un chiste que tuvo sus consecuencias. La víctima fue Radio Nacional en Málaga.

Por teléfono, y por supuesto en directo, los oyentes contaban chistes. Uno que puso fin al espacio aquel día fue el del vendedor ambulante que ofrecía cordones para zapatos y botas a buen precio. El hombre pregonaba la mercancía a la puerta de la Junta de Abastos. Un hombre se le acerca –contaba el chistoso- y le pregunta por qué insiste en pregonar los cordones ante la Junta de Abastos precisamente. El vendedor le responde: Porque aquí se están poniendo las botas. Ponerse las botas era, y es, sinónimo de robar.

Hoy se puede decir sin ambages que aquí, allá y acullá se roba a manos llenas? y no pasa nada? porque muchas veces es verdad. En 1963 no se podía, ni en broma, un chiste semejante.

¡Abajo el alcalde, muera el gobernador! En aquellos años, no recuerdo exactamente cuando, yo era el responsable de un espacio semanal en Radio Nacional de España en Málaga titulado «Tobogán», de carácter humoristico. Más de mil semanas estuvo en antena. Criticar, censurar, gastar una broma, poner en duda la honorabilidad de los prebostes? estaba vetado para los que ejercíamos la profesión periodística o la literartura festiva. Teníamos, digamos, licencia para meternos con el Ayuntamiento, un poquitín con el alcalde, quizá con un concejal? De ahí no podíamos pasar. El resto, tabú.

En los informativos de vez en cuando se criticaba la gestión municipal, se denunciaban baches en el pavimento, falta de luz en alguna calle?En «Tobogán» yo hacía comentarios más o menos irónicos o jocosos. Un día, el director de la emisora, Francisco Sanz Cagigas, me llamó al orden. Me rogó que no me excediera en mis comentarios y guiones; vamos, que no me ensañara con el Ayuntamiento. «Se trata, me judifiqué, de un programa de humor». Me dio la razón porque era verdad, pero me confesó que el alcalde de entonces se había quejado al gobernador civil y el gobernador civil le había sugerido que fuéramos menos exigentes, que no dañáramos la imágen del Ayuntamiento ni del alcalde, etc.

Dos o tres días después de la recomendación del director se festejaba en Zamarramala, un pueblo de la provincia de Segovia, una tradición ancestral en la que un día al año las mujeres asumen el mando. Hasta la vara que acredita la autoridad municipal ese día la empuña una mujer. No sé si se mantiene esa costumbre que en aquellos años merecía la atención del No.Do, que recogía escenas de la fiesta como las fallas de Valencia, el San Fermín de Pamplona, el asalto a la verja del Rocío y otras celebraciones que parese que por obligación tienen que reflejar los medios de comunicación con toda clase de detalles. En ese, no precisado año, escribí y se radió un guión sobre la costumbre. Por supuesto en versión humorística.

Para ilustrar el guión, como remate del mismo, le pedí al jefe de la discoteca, José María Guadamuro, que se encargaba de seleccionar los fondos musicales de cada programa, que eligiera la parte de una conocida zarzuela en la que un coro entona una letrilla que encajaba en el guión. El coro canta aquello de «si las mujeres mandasen?».

Perfecto. Pero cometí el gravísimo pecado de no oír previamente la grabación, porque el coro, antes de empezar con «Si las mujeres mandasen?», a voz en grito, clamaba: «¡Abajo el alcalde, muera el gobernador!» Como el programa era en directo, así salíó, deseando la caída del alcalde y la muerte del gobernador.

El técnico de control, José Otaola, y quien recuerda el caso, nos temimos lo peor, que nos detuvieran aquella misma noche. No pasó nada. Pero el susto duró varios días.

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