Mirando atrás

Regreso al colegio con los libros del ayer

El malagueño Francisco García conserva en su casa de Málaga más de doscientos libros escolares desde la década de 1880

25.10.2015 | 02:01
El coleccionista malagueño con algunos de los libros escolares antiguos que reúne desde niño.

De pequeño compraba libros de viejo antes incluso de saber leer

Antes de que Francisco García supiera leer ya recibía de su padre dos gordas y con ellas en el bolsillo corría feliz al puesto de libros viejos que un hombre mayor instalaba delante del cine Avenida. «Les echaba un ojo, escogía el que más me gustaba y salía corriendo a casa», recuerda. Muchos de esos primeros libros eran libros de texto antiguos de llamativas portadas.

El niño que no sabía leer logró por fin su sueño: disfrutar plenamente de la lectura. Hoy Francisco García atesora miles de libros, entre ellos más de 200 del colegio, desde 1880 hasta los años 60 del pasado siglo y lleva 60 años frecuentando los rastros. «La mayoría de los libros los consigo en el rastro de Fuengirola y unos pocos en el de Málaga», cuenta.

Francisco estudió en las Escuelas del Ave María y luego pasó a la Escuela Franco, en la que estudió soldadura, aunque ha trabajado de cerrajero y técnico especialista aeronáutico en el Aeropuerto de Málaga. De sus años de colegio conserva algunos libros como la famosísima enciclopedia Álvarez, pero sus mañas de coleccionista le han llevado a reunir toda la gama de la enciclopedia, incluida la pieza más difícil: el libro del maestro. «Siempre se hacía un libro de todo el curso para el maestro», explica.

Pero enciclopedias como las de Álvarez hubo muchas. Francisco muestra una de 1888, un libro pequeño pero cargado de páginas. Con su lectura los alumnos podían aprender Latín, Castellano, Geografía, Historia Universal, Historia de España, Retórica, Poética, Psicología, Lógica y Ética. Y por supuesto en la Geografía aparecían todavía como posesiones españolas Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

«Yo creo que este tipo de libros –las enciclopedias– enseñaba más a los niños porque aunque pequeños estaban muy condensados y te explicaban de todo», considera el coleccionista malagueño, que compara la riada actual de textos con los de su infancia y adolescencia y recuerda que «un mismo libro de Dibujo en la Escuela Franco era el generalizado para cinco cursos».

Francisco cuenta además con libros de manuscritos para alumnos pero también especiales para niñas, bastantes de ellos ejemplares contemporáneos de la I Guerra Mundial, publicados para que los alumnos supieran leer la escritura a mano, tan abundante en la época.

Y hay libros de Ciudadanía, sobre todo de la II República pero también se encuentran en el arranque del siglo XX. En uno de ellos una de las lecciones es el Comportamiento que deben guardar los niños en la clase. La lección recomienda puntualidad, compostura, respeto, desaconseja «hablar o enredar» con el compañero y por supuesto soplarle la lección a quien no sabe porque aunque parezca una «obra de caridad», al final le perjudica. En suma, la lección concluye que «El sitio en que (el alumno) recibe las luces que han de iluminar las tinieblas de su inteligencia ha de ser, después de la iglesia, el puesto que más respeto le infunda».

En la II República el enfoque varía y se recuerda, por ejemplo, que si hubo un tiempo en el que el trabajo era «algo ruin, bajo y denigrante, como algo impropio de las castas aristocráticas y de las clases nobles hoy debe ser tenido como la más pura de las ocupaciones del hombre libre».

Pero lo más llamativo de la mayoría de estos libros escolares son sus cuidados grabados e ilustraciones, algunos de artistas como Rafael de Penagos, pequeñas obras de arte con las que los niños de otros tiempos aprendían, por ejemplo, a diferenciar un paquebote de un bergantín goleta.

Aritmética, Gramática Española, canciones infantiles, trabajos manuales, Historia Sagrada, Rayas (los primeros palotes...). Francisco García está convencido de que con su colección podría montarse una preciosa exposición en algún colegio de Málaga, por eso se ofrece para compartir estos tesoros que comenzó a reunir en su infancia, cuando todavía no sabía leer pero ya le atraía el mundo de los libros.

Persona generosa, en este trajín de libros y rastros ha localizado una carta y una fotografía de Eduardo Domínguez Ávila –hoy una calle principal de Capuchinos– cuya obra educativa continuaron los salesianos, a los que entregará los documentos. Francisco García se despide con unos versos que aprendió en el Ave María y que no ha olvidado: «A la escuela placenteros vamos todos sin tardar/ con propósito ferviente de aprender y aprovechar».

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