Memorias de Málaga

La casa tapón junto a la Catedral

La llamada casa tapón impedía disfrutar de la Catedral en la calle Císter. Su demolición hizo posible la llegada de los jardines de la Catedral pero también de un estanque con mosquitos que el delegado de Salud, Rafael Crooke, combatió con gambusias (y haberlas haylas)

08.11.2015 | 05:00
La casa tapón junto a la Catedral

Ahora que nuestro Ayuntamiento ha tomado en serio la remodelación o reurbanización del entorno del principal monumento de la ciudad, la Catedral, me remonto a muchos años atrás cuando otra corporación municipal, presidida si no recuerdo mal por don Pedro Luis Alonso Jiménez, acometió con mucho esfuerzo una de las primeras obras encaminadas a aislar la basílica de edificaciones de escaso valor arquitectónico que impedían la contemplación del templo. Las arcas municipales de entonces eran paupérrimas.

La primera obra llevada a cabo en aquellos años –hace más de setenta– fue la demolición de lo que se conocía como la casa tapón, un inmueble que estaba en lo que hoy son jardines de la Catedral, con suelo enchinado, algunos naranjos, un estanque y un monumento en honor del doctor don José Gálvez Ginachero. Un busto de bronce que la ciudad dedicó en vida al insigne médico del que está abierto el proceso para su beatificación.

La casa tapón, como se la conocía en la ciudad, fue el primer inmueble que cayó con la piqueta. El solar permitió crear esos jardines que se conservan y embellecen la zona. Muchos años después se actuó en el Postigo de los Abades, calle Cañón€, hasta el presente que dejará la Catedral libre de obstáculos y edificaciones que resten brillantez al monumento con el desafortunado pegote del hotel Málaga Palacio.

El estanque

La construcción de un estanque en los nuevos jardines y sus consecuencias dieron lugar a una curiosa historia de la que fue protagonista el teniente de alcalde delegado de Sanidad, don Rafael Crooke, personaje que he citado en un par de reportajes de la serie Memorias de Málaga. Fue el que pidió ser pesado en una báscula antes de empezar su carrera como concejal, operación que se repetiría al producirse el cese. Quería dejar constancia de que se iría a su casa pesando lo mismo que cuando tomó posesión porque había accedido aceptar el cargo con ánimo de hacer algo por su ciudad y «no hincharse», un mal endémico que por desgracia se extiende bastante a juzgar por las denuncias de cohecho, malversación de fondos públicos, extraños enriquecimientos y herencias y loterías para blanquear ingresos dudosos.

Los jardines de la Catedral se inauguraron, se felicitó a la corporación municipal por el acierto de demoler un edificio que restaba visibilidad a la iglesia, los residentes en la calle Cister se pusieron muy contentos por la mejora de la zona€ y ¡llegaron los mosquitos! El agua del recién inaugurado estanque propició el desarrollo del molesto insecto, que en las estancadas aguas de la pileta encontraron su hábitat ideal.
Miles de mosquitos poblaron el estanque€ y no contentos en su edén particular extendieron su frontera a las viviendas cercanas donde habitaban gentes de buena sangre para chupar las noches de verano.
Total, que la alegría por la mejora del entorno, se vio truncada por la voracidad de los dípteros ansiosos de cebarse a costa del vecindario que empezó a mostrar su disgusto por la presencia incontrolada de chupópteros instalados en el estanque con excursiones nocturnas para mejorar su nutrición.

Las protestas ante el Ayuntamiento fueron en aumento con denuncias en la prensa, cartas al director, al alcalde€

La gambusia

El concejal delegado de Salud, el ya citado Rafael Crooke, médico de profesión, se hizo eco de lo que estaba sucediendo y actuó en consecuencia. Varias semanas después de las primeras denuncias, el concejal informó a los vecinos y malagueños en general, que se iba a proceder a repoblar la estanque con gambusias, el depredador natural de los mosquitos. Nadie había oído hablar de la gambusia y los más avispados fueron a las enciclopedias en busca de información; otros, conociendo el sentido del humor del doctor Crooke, interpretaron que era una de sus bromas.

Nada más lejos de la realidad: la gambusia no fue un invento del orondo político. Se trata de un pez osteíctio de agua dulce, de nombre científico Gambusia affinis, originario de México y Estados Unidos. Se alimenta de larvas de mosquitos. En algunos países se utiliza como remedio contra el paludismo.

La suelta de las gambusias en el estanque fue todo un acontecimiento en la ciudad, recogido por los informadores gráficos de la Prensa malacitana. Quizá husmeando en las hemerotecas aparezcan las fotografías e informaciones del evento. Yo tengo vagos recuerdos de aquello.

Si los efectos fueron los deseados o no lo ignoro, como desconozco si sesenta años después los mosquitos siguen haciendo de las suyas o las gambusias acabaron con el problema.

Más motes

El apodo o mote que se adjudicó al edificio que entorpecía la buena visibilidad de la Catedral me remite a uno de mis primeros reportajes para La Opinión, en el que me permití el atrevimiento de recoger una muestra de los motes que los malagueños hemos endilgado a personas y cosas de la ciudad.

La casa tapón, esquina a Cañón, me ha traído a la memoria una nueva relación de apodos dedicados a malagueños de nacimiento o adopción. Por razones obvias omito los nombres de las personas afectadas, citando solo el mote: La Vaca de Egipto (un señor, militar por más señas, que sobresalía por su corpulencia), El Duende de los Ojos Grises (un periodista que salvó la vida por firmar sus informaciones sobre la Guerra Civil con seudónimo en lugar del suyo), El Soborna (un señor que presumía de intelectual y que informó a sus amigos que iba a cursar unos estudios en «La Soborna», en lugar de pronunciar correctamente la denominación de la famosa universidad francesa de la Sorbona), Chaqueté sin Mangué (un estudiante de bachillerato que preguntado en clase cómo se decía en francés chaleco se descolgó con «chaqueté sin magué»), La Vaca Jurídica (una estudiante de Derecho con una nota media de sobresaliente en casi todas las asignaturas), Buscapisos (un señor que caminaba por la calle dirigiendo la vista hacia los pisos altos de los edificios), Don Leche el Abaniquero, El Limpio (porque iba impecablemente vestido y aseado), Los Merdellizos, Fray Bocadillo (tenía aspecto de fraile y le gustaba la buena mesa), El coche de las viudas (aplicado al modelo Renault 8 o 10 que al tener el motor en la parte trasera al alcanzar gran velocidad perdía estabilidad se salía de la carretera ocasionando la muerte del conductor€ dejando viuda a la esposa), Pepe el de las Almejas (historia que contaré en un próximo reportaje)€

En la Prensa malagueña tenemos muchos casos de seudónimos o simplificación de su nombre o apellidos, como Pacurrón (Francisco Cortés Jaén), Juancor (hermano del anterior, Juan Cortés Jaén), Fidelito (Fernando González Martínez), Equis (el critico de cine de Sur, Domingo Fernández Barreiro), Zeta (el que le sustituyó en la tarea, Ángel Conejo, y que lo justificó porque después de la X no le quedaba otra opción que Zeta), Juan Verdades (seudónimo elegido por Gonzalo Fausto para sus crónicas taurinas), Curro Verónicas (seudónimo que utilizó el director de La Tarde para las reseñas de las corridas de toros)€

Y para terminar, el caso de un fabricante de bebidas alcohólicas de la provincia de Málaga que patrocinaba un concurso con participación de los oyentes en los estudios de Radio Nacional en Málaga. El concurso iba bien porque acudían muchos oyentes cada semana, y el dueño de la destilería, que seguía el concurso a través de la radio, decidió presenciarlo un día en los mismos estudios de Radio Nacional, sito en eñ Muelle de Heredia. Como no quería ser reconocido por los espectadores le advirtió al locutor-presentador que no lo manifestara porque quería pasar de incógnito, pero en lugar de utilizar la palabra correcta de dijo: «Voy a asistir al concurso de seudónimo».

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