La Ciudad

Una tragedia celestial

La Navidad es difusa. Regalos y orgías gastronómicas marcan estos días. Nada como una aparición divina para refrescar la memoria sobre el origen de esta festividad

06.01.2016 | 05:00

Ayer me encontré a Dios tirando la basura. Resulta que vive en mi barrio. Sus trazos cansados al rededor de los ojos se han vuelto más pronunciados en estos días. La barba blanca hubiera soportado de buen grado un retoque terrenal y los guantes de lana que llevaba puestos indicaban que uno estaba ante alguien sensible. Para asombro colectivo, las bolsas que tiró al contenedor estaban llenas de botellas de champán. La opción fácil para sobrellevar los agobios de la Navidad es atarse a la botella como Houdini y hacía bien desde ese punto de vista. Pensaba uno, equivocadamente, que la eternidad te hacía estar por encima de una afición tan banal como darse a la botella. No era todo tan maravilloso como se veía desde fuera, pero que no pensara que se emborrachaba todos los días. Sin embargo, acto seguido, se filtró una mueca de tristeza en su rostro, agachó la cabeza y confesó que, siendo sincero, sí lo hacía. Al menos, un poquito. Beber champán. A fin de cuentas, el disfrute de las cosas cotidianas. Con sus burbujas y sus pompitas de esperanza bailando en la boca. Que lo entendiera. La soledad, la distancia y el flotar sin rumbo. Tanto soñar con la vida eterna, pero que ningún ser humano se podría imaginar lo aburrido de la infinidad. El baile y el cante se habían convertido en los ejes de su centro de gravedad. Una especie de demostración contra la barbarie cotidiana porque el mal obra todos los días. En cada esquina recóndita del planeta, y él no tenía ni idea por dónde empezar para revertir la situación. La voluntad para no dejarse ir, cuando está en tus manos provocar un diluvio universal, es de admirar. Así se lo hice ver y le agradecí que disfrutara de semejante pelazo, aunque las puntas estuvieran algo descuidadas. Un Dios alopécico nunca hubiera dudado en obsequiarnos con una plaga de tamaño bíblico. Por ejemplo, con una lluvia de concejales 2.0. A los calvos nunca les tiembla el pulso porque no tienen nada que perder ya en esta vida.

El origen de la Navidad. Andaba Dios alicaído, en parte, también, por lo que estaba pasando estos días. Y no se refería al debate estéril sobre los Reyes y las Reinas magas con el que tuvieron a bien obsequiarnos algunos representantes públicos a lo largo de estas navidades. Debate estéril porque en la cabalgata de ayer volvieron a desfilar los Power Rangers de turno y Pocoyó apareció lanzando caramelos con relativa determinación. Seres poco sospechosos de haber peregrinado en su día hasta Belén. Estaba preocupado porque tanto se ha hablado de la Navidad, que las personas ya ni conocen el porqué de la misma. A los niños se le ponen por delante montañas de regalos y éstos piensan que sirve para que la Patrulla Canina llegue a sus vidas. El consumismo ha sustituido a Dios y tampoco puedes ir ya a la iglesia para enterarte. Si sólo vas estos días, los de siempre te miran mal. Hay que bajar más a tirar la basura. Nunca sabes con quién te puedes cruzar.

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