Historias de la Costa

Y Dios al final no creó a Pe y ella se hizo en otro idioma

La actriz madrileña, entonces una adolescente prometedora, se estrenó en una producción internacional con Framed, una miniserie británica rodada en 1992 en Marbella

23.01.2016 | 05:00
El respeto que despierta la carrera de Penélope Cruz en el extranjero, especialmente debido a sus papeles en Europa, a menudo en contradicción con los trabajos que suele rodar en Estados Unidos, contrasta con el tratamiento que recibe diariamente por ciertos sectores aciagos y cainitas de la prensa

Fue la primera vez que trabajó en inglés, guiada por un actor ya entonces de prestigio, el ex007 Timothy Dalton. Después de Málaga comenzaría el despegue: Belle Epoque, Almodóvar y, sobre todo, Hollywood

Quizá hoy, la oscarizada Pe, la misma que viste y se casa y que es destripada con saña en las tertulias, no tenga nada de la otra. Entonces, con la prensa, la parte más aceitosa y palomitera de la prensa, había menos manías negras. España es un país que siempre es del que más grita y en el que a la mujer, en general, le va mejor en el traje de jovencita erótica que en el de actriz, al menos que este suponga una nariz picuda con cofia y risa estentórea de criada. Eran los tiempos en los que Penélope Cruz era, quien lo diría, la pantera de Alcobendas, en la misma manera que toda una Verdú se paseaba involuntariamente por los periódicos con el sobrenombre de vampiresa de Alcorcón, que a ver quién es el guapo que se lo susurra ahora al oído sin llevarse una hostia. Los noventa, pese al mechón flamígero de Carmen Alborch y la prosa de Butler, empezaban mal para el feminismo, sin que muchos siquiera sospecharan que para triunfar siendo mujer no bastaba con traer la cara ingenua del pueblo y las ganas incorruptibles de mostrar las piernas.

De Penélope Cruz, lo supieron, en principio varios: un par de directores, Nacho Cano en partitura y camisa de fiesta y Bigas Luna, que tenía tanto de cineasta con olfato como de viejo preventivamente verde, lo que le valió para darse cuenta de que esa joven con belleza universal y al mismo tiempo de barrio era algo más, ya en sus primeros años, que una bailarina metida a la interpretación con el sueño de ponerse alguna vez frente a las órdenes anfibias y ceñudas de Almodóvar (lo de «Pedro» tuvo que salirle desde muy adentro, como un grito con piedra de limo arrancado de las profundidades). Pe cometió muy pronto el pecado antiespañol de aprender inglés y no soñar con ponerse un tutú y hacerse novia de un torero. Por eso, cuando todos le dedicaban epítetos de casa de muñecas y de casino rijoso, fue llamada antes que nadie para rodar con una productora inglesa. Sin esperar a que se cumpliera el milagro de la fama en la estación siguiente, en la que rodaría Belle Epoque, de Trueba, con restos todavía de caña en el pelo de su estancia en la costa.

Penélope, previamente a su ascensión en Pe, se hizo internacional como los camareros neófitos, entre tapas de caracoles y nudos de sal en las barcas. Fue en Marbella donde rodó por primera vez en un idioma que no era el suyo, para un país ajeno, y con Timothy Dalton, todo un 007, como maestro de pecado y de ceremonias. En ese invierno de 1992, la actriz, aún lejos del desvirgue con Almodóvar, se coló en las mentes del público anglosajón con un papel en Framed, una miniserie de cuatro capítulos en la que tocaba hacer de española coqueta del hampa, asistiendo a atracadores de bancos y confabulada con delincuentes. Para los británicos Penélope llegó primero como Lola del Moreno, igual que Marbella, que ya era Marbella, parecía encopetada de fondo para asemejarse a sí misma y a la vez a la típica isla de cóctel y taparrabos que imagina todo atracador de ficción como culminación y epílogo del crimen.

Del rodaje de Framed, con su tensión policíaca, se conservan algunas imágenes que la trayectoria de la actriz ha convertido en embrión azulado de lo que llegaría más tarde: Penélope Cruz, en su lolismo engañoso, rodeada del resto del reparto y sentada en sillas de bambú, con el inevitable caserío blanco del centro de Marbella de fondo; también la actriz en el hotel El Fuerte, en el que estuvo con un Timothy Dalton, que más que su pareja en el guión, se antojaba su mecenas. De la Costa del Sol partió para Portugal para rodar con Fernando Trueba, poniendo la primera pica de la que sería su gran conquista hasta la fecha: la de convertirse en la primera intérprete española, con permiso de Victoria Abril y sus modismos afrancesados, que triunfa a pleno pulmón en el cine internacional, entendiendo mayoritaria y colonialmente por éste el que se hace en América. Cada vez que Penélope Cruz pronuncia una frase en inglés frente a la cámara hay cierta gloria entrañable que viene de Málaga, donde aprendió también a convivir con las pasiones bajas del columnismo macho de España; a Pe se la censura hasta en las peluquerías con argumento de gol del Buitre y palillo entre los dientes, sin tener presente el eco de una carrera que le ha hecho tener en la prensa a su ballena blanca y que es conocida tanto por sus éxitos como por sus errores; el más bestia, sin duda, haber rechazado el papel que Lars Von Trier le escribió en Melancolía para irse a rodar Piratas del Caribe, que es como pelear duro para comprarse el mejor piano y luego, una vez en la cima material, utilizarlo para tocar El tiburón en lugar de a Gustav Mahler. La pela y la agenda y la cosa de saber idiomas, ay, Lola del Moreno, cuánto no habrá de ti en esta patria.

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