Conjura contra el 'tsunami'

31.01.2016 | 05:00

Fueron 6,3 puntos. Poco más de la mitad de los que los científicos, precisos y sin recrearse en la metáfora, reconocen como un grado de devastación absoluta. En la provincia, el número no deja indiferente: apenas unas décimas más, en 1884, provocaron casi un millar de muertos, con daños irreparables en un listado de pueblos que incluyen a Málaga, Alcaucín, Canillas de Aceituno, Periana y Antequera. Esta vez, al menos en Andalucía, no hubo, por fortuna, ni daños ni víctimas. La evolución en la solidez de los edificios es clave, pero también la distancia respecto al epicentro. En aquella ocasión, el origen del terremoto se sitúo en la localidad granadina de Arenas del Rey, limítrofe con la Axarquía, mientras que el del pasado día 25 se produjo en el mar de Alborán, a 21 kilómetros de inmersión en las aguas. La confrontación entre ambos seísmos puede dar lugar a impresiones equívocas: no siempre el movimiento procedente de la tierra resulta más dañino. Y, sobre todo, por un fenómeno aparejado, los maremotos y tsunamis, que en 1755, por ejemplo, en Lisboa, dejaron un reguero de desapariciones.

Málaga, no obstante, puede en este aspecto quedarse temporalmente tranquila. Como sostenía esta semana en estas mismas páginas Daniel Clavero, doctor en Geofísica, las posibilidades de que el mar responda a la vibración con violencia son muy exiguas. En primer lugar, se necesita proximidad y un empuje de más de 7 puntos. Además, el Mediterráneo no abriga tanta masa de agua como los océanos, por los que el revoltijo sería relativo. El Centro Oceanográfico de Málaga, en colaboración con la UMA, tiene una investigación en la que evalúa las opciones y la capacidad destructiva que puede adquirir un maremoto en la capital. La conclusión, obtenida a partir de la elaboración de 330 millones de ecuaciones, apunta a que la incidencia sería mínima; si se produjera un auténtico tsunami, lo más probable es que el avance se restringiera a los primeros 400 metros, por lo que la destrucción se limitaría a las propias playas y a las casas -pocas- de los aventurados que se niegan a cumplir con la normativa. Además, Málaga contaría con un parapeto casual: el puerto, que, por el punto en el que se ubica, razona el estudio, serviría de freno al avance de las olas. Un poco de tranquilidad en un escenario plagado de incertidumbres.

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