Mirando atrás

Salva Gallar: El malagueño de los dos ascensos a la ACB

Es el único deportista de Málaga que ha ascendido a primera división con los dos equipos de baloncesto que en los años 80 tenía la ciudad, el Caja de Ronda y el Maristas. En 1978 y 1982 fue nombrado el mejor jugador malagueño del año.

31.01.2016 | 03:19
El base del Caja de Ronda y Maristas, esta semana junto a la pista del Unicaja Málaga.

Todo comenzó con unos carteles publicitarios que Salvador Gallar (Torrox, 1957) vio un día por el Centro de Málaga. «Decían que si eras joven, te apuntaras a la Operación Altura, para atraer a gente que le gustara el baloncesto». El malagueño, de 16 años y que ya medía 1,80 (llegaría a 1,85) acudió al pabellón antiguo de Carranque y allí se encontró con José María Martín Urbano («que ha sido mi padre baloncestístico»), Antonio Hurtado, José Romero y Alfonso Queipo de Llano. Era el verano del 74 y como reconoce, «yo jugaba en el colegio (el Colegio Americano de Pedregalejo) pero no sabía, lo que pasa es que ellos me vieron cualidades».

En la temporada 74-75 debutó como juvenil en el Juventud de Málaga, allí tuvo de entrenador al conocido locutor Antonio Guadamuro, próximo pregonero de la Semana Santa. En la temporada siguiente, por cierto, participó con el equipo en el Campeonato de España Junior y allí coincidió con los jóvenes Solozabal y Epi del F.C. Barcelona y Joaquín Costa, del desaparecido Cotonificio. En unos años se enfrentaría a ellos en Primera División.

Eran unos tiempos, cuenta, en los que el baloncesto era un deporte «totalmente minoritario», con partidos a los que asistía poco público, la mayoría amigos y familiares de los jugadores. Y en cuanto a las instalaciones, recuerda el pabellón pequeño junto al campo de San Ignacio en El Palo porque «tenía un suelo que te destrozaba los tenis, te duraban dos meses» (las marcas de entonces eran los Keds y luego los John Smith, «pero eran muy parecidos a los Keds»).

Muchos recuerdos tiene de esos tiempos, en los que Alfonso Queipo pagaba de su bolsillo a muchos jugadores. Tampoco se le olvidan las sesiones en casa de Alfonso, «que intentaba estar muy al día del baloncesto y nos ponía en un proyector de super 8 unas películas que le habían mandado de Estados Unidos con entrenamientos y partidos».

En la temporada 77-78 nacía el Caja de Ronda. Salva Gallar se estrenó con este club en Segunda División pero en la temporada 80-81, siendo entrenador Damián Caneda, consiguió el primer ascenso a Primera División. «Al ascender se disparó la afición. Se hizo el nuevo pabellón de Ciudad Jardín y de partidos con un tope de 1.o0o o 1.500 personas se pasó a 3.000 y a 4.000 cuando jugábamos contra el Madrid».

El que entonces era base del Caja de Ronda confiesa que «para mí era un privilegio, el poder viajar por toda España era algo que la gente joven de mi edad no podía hacer». Visitó los pabellones del Real Madrid, el F. C. Barcelona, Juventud, Estudiantes... Jugó contra Brabender, Epi, Corbalán, Solozabal, Margall, Fernando Martín... muchos de ellos integrantes del famoso equipo que ganó la plata en las Olimpiadas de Los Ángeles 84.

Pero también fue testigo de la llegada de profesionales que vivían exclusivamente del deporte: «Llegaban de fuera con otra idea distinta porque tenían que vivir del deporte. De eso también se aprovechaba el club porque el que venía de fuera era profesional pero nosotros no, jugábamos con la ilusión de estar arriba y ese dinerillo se lo ahorraban con nosotros».

El compañero de Magic Johnson

En esa primera temporada en la Primera División sólo había tres jugadores de Málaga: Salva Gallar, Diego Gómez y Rafa Pozo. También se incorporó el primer extranjero de la ACB, el norteamericano Ron Charles, rodeado de leyenda: «Venía de una universidad en la que había jugado con Magic Johnson».

Pero en categorías inferiores también contaron con estadounidenses como David Stowers, cuando el Miraflores-El Palo de Alfonso Queipo competía en Primera B. «Nos enseñó muchas cosas, a forzar por ejemplo las faltas de ataque y saber cómo caerte o a proteger el balón porque hacía unas bandejas que le hacían falta», recuerda.

Salva Gallar, como el resto de deportistas de su generación, vivió la transición del baloncesto de deporte minoritario al segundo en importancia después del fútbol. Un deporte que evolucionaba con novedades como el tiro de tres puntos desde la línea de 6,25, aunque como reconoce, no fue tanta novedad: «Antes no teníamos una línea de tres puntos pero a veces se tiraba desde más lejos de 6,25, no hubo que machacar mucho con eso».

Tres temporadas jugó en la ACB con el Caja de Ronda hasta que en la 84-85 pasó a Maristas, entonces en 1ªB, forzado por las circunstancia: los estudios de Derecho y la mili. «Ya no podía pedir más prórroga con la mili y el baloncesto estaba ya superprofesionalizado, con entrenamientos mañana y tarde. Era muy complicado. Me ofrecieron irme a jugar al Breogán de Lugo y al Oximesa de Granada pero lo que te daban era para mantenerte, prefería terminar la carrera y quitarme la mili. A Mayoral Maristas no le importaba que estuviese haciendo el servicio militar en Bobadilla, iba un par de veces en semana a entrenar aunque ellos lo hiciesen todos los días».

Gracias a la flexibilidad del club, terminó la mili y hasta compatibilizó el deporte con un puesto de trabajo en la Financiera del Banco Hispanoamericano. En la cuarta temporada con Maristas, la 87-88, viviría el ascenso a la ACB, con Javier Imbroda de entrenador.

Fue entonces cuando decidió dejar el baloncesto más profesional, ante la imposibilidad de compaginar en la ACB la carrera deportiva y el trabajo en el banco. No obstante, de forma altruista, compitió las siguientes dos temporadas en el Club Deportivo Coín, con el que ascendió a Segunda en la 89-90.

Muchas anécdotas cuenta este malagueño afable, prejubilado ya de su carrera en la banca y que forma parte de la junta directiva de Estudiantes con un compañero del mundo del baloncesto, el hermano mayor Pedro Ramírez. Una de ellas, la llegada al Palau con el Caja de Ronda para jugar con un partido mañanero con el F.C. Barcelona. Un empleado del club entra en el vestuario y le pregunta al entrenador, José María Martín Urbano, qué van a beber los jugadores. El entrenador, creyendo que le pregunta por la bebida del almuerzo, le responde: «Pues mira, solemos tomar tinto con Casera y a algunos muchachos, si te piden una cervecita, se las das también», ríe el jugador, que recuerda cómo el delegado del Barça entró en el vestuario hecho un basilisco ante lo que supuestamente iban a beber los jugadores justo antes del partido.

Y no olvida tampoco los jugadores nacionales e internacionales que le han marcado: «Para mí el que más me llamó la atención fue Delibasic, un fenómeno, y me encantaba la profesionalidad de Corbalán, Epi o Solozabal». Y entre los compañeros, Dan Cadwell y Miguel López Abril, los dos del Caja de Ronda.

Unicaja Málaga y los veteranos

Si una espina tiene clavada el único malagueño que ascendió a la ACB con los dos equipos de la ciudad, además de mejor jugador de Málaga en 1978 y 1978 y miembro de la selección andaluza de baloncesto en el 85 es el olvido en el que a su juicio el Club Baloncesto Málaga tiene a los veteranos malagueños del primer equipo. «Soy de la forma de pensar de que los clubes importantes tienen que dedicar una parte a su historia y a las personas que han formado parte de él. Ha habido una serie de jugadores que hemos dedicado muchos años de nuestra vida al club y hay poco reconocimiento. No veo que hayan cuidado la relación con los veteranos».

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