Historias de la Costa

Yuri Luzhkov y el teléfono rojo sobre el árbol de La Zagaleta

El histórico y multimillonario alcalde de Moscú se compró en la mitad de la pasada década una lujosa mansión en la zona más exclusiva de la provincia

20.02.2016 | 05:00
En Rusia, el propio exalcalde funciona como figura ambivalente: transformador de la vieja Moscú, homófobo irreductible, defensor de la regeneración democrática y, a su vez, buen amigo de Vladimir Putin, con el que aparece en la imagen

En su dacha veraniega, nada que ver con Rusia, se dedicaba, al menos tres veces al año, a la apicultura y a la jardinería. De sus viajes queda, eso sí, un recuerdo desafortunado: la horrenda estatua «del ruso» en la rotonda de Marbella

Para ser ruso, lucía una calva procelosamente soviética, quizá algo tardía y reformista, de las que dejan espacio abundante en la frente para que el pueblo, como con Gorbachov, pueda pintar una mancha y, si es hábil, hasta leer en ella su futuro en las noches de luna llena. De su cráneo, no hay quien diga que sea estrictamente dogmático, no así de sus hechuras, ligeramente toscas, con cierto aire de quedar mejor y hasta ganarse a los suegros del enemigo a palmetazos en la hora del vodka, que es la que Boris Yeltsin exigía en el currículum elemental a todos los aspirantes a cargo público. Yuri Luzhkov, es y ha sido, toda una inteligencia ruidosa y municipal, en la que cabían por igual chapuzas para el alcantarillado, planes quinquenales, melancolías de Sócrates e, incluso, un odio furibundo hacia los homosexuales, a los que llamaba «satánicos» -ya se sabe que los católicos blancos, por comparación, se manejan por la ciudad con ángeles con nombre de futbolistas que le sirven de ujieres en los aparcamientos-. En la Costa del Sol, el alcalde de Moscú se movía siempre en transporte privado, pero a uno le divierte imaginarlo agarrando el Portillo y obligando al volantazo a la altura de La Nogalera, donde debía de ver, a lo Yuri Gagarin, una especie de gomorra venida a menos en la que los planetas se daban a la alegría desfondada del Big Crunch con una convención floreada de agujeros negros.

A Luzkhov, como a don Pedro Fernández Montes, no le gustaba ni un pelo que el mariconeo se asomara a la plaza y se le pusiese a bailar en tacones. Incluso, había legislado para impedirlo, promulgando una norma que parecía sacada del herraje del medievo y que no hubiera dudado en aplicar en la provincia si Benahavís, para su desgracia térmica y folclórica, hubiera estado más cerca de San Petersburgo que de la vega de Antequera. Aquí, por lo demás, el político ruso estaba pacificado y sin ganas de promover condenas. Luzhkov en Marbella era otro. Nada más poner un pie en La Zagaleta se olvidaba del rublo y hasta de los intentos de su partido por derrocarle, vivía por y para su dacha, enganchado a la jardinera, como Julio César en los libros de Astérix cuando era mandado al retiro por el estrés del imperio y los terribles galos.

En su inagotable finca de la Costa del Sol, el alcalde de Moscú vivía a pleno pulmón y panza desarbolada; atendía las colmenas, recogía frutos del jardín, libaba la paz a cal y canto que le escatimaba su madre patria. Venía un mínimo de tres veces al año, casi siempre directamente a su mansión, situada en esa zona llena de leyendas de Marbella en la que para cruzar una verja hay que pedir bula al club Bilderberg y hacerse más rico que Ronaldo. Si se sabe que andaba por la provincia no es porque hubiera sido localizado por ninguna revista -éstas, en general, son más de la Pantoja-, sino por dos acontecimientos muy rusos y a la vez muy raros: los rumores de posible vecindad con su amigo Putin y el convenio de colaboración firmado con Jesús Gil, que resultó especialmente embrollado, y no precisamente porque tuviera una parte en cirílico, sino por esa cosa tan gilista de los contratos, con propiedades y parcelas siempre bailando cerca de un hombre de paja.

De la vecindad de Luzkhov en la Costa del Sol, Marbella ganó una estatua horrible en una rotonda -la del ruso, que dicen en castizo-, pero también una publicidad mucho más eficaz en cuanto a inversiones que la que se presuponía en la visita de Michelle Obama. El alcalde, que se mantuvo en el poder de 1992 a 2010, con y sin elecciones, era toda una estrella mediática en su país, con ese toque pop que los juicios apresurados y las pistolas con samovar de Dostoievski han puesto siempre encima de la mesa a los iconos del Cáucaso; al regidor se le atribuían negocios turbios con su señora, Yelena Baturina, que se convirtió en la mujer más rica del país parloteando con la cosa pública y sembrando la vieja Moscú de rascacielos. Eso, al menos, era lo que insinuaba Medvédev, que dibujaba a su rival como un pope de la mafia con la intención de arrinconarle en el partido y dejarle sin puesto. Al final, Luzhkov se fue, perorando sobre la regeneración de la democracia y con el cargo de decano de la facultad. Por ahí sigue, señalando a los que forzaron su dimisión y hablando de Sócrates, en la misma Moscú que modernizó, aunque con la precaución de haber mandado previamente a su mujer y a sus hijos al extranjero para que no le cerraran las cuentas y le embargaran hasta dacha en uno de esos arrebatos crónicos que a veces tiene el gobierno ruso con las finanzas. ¿Seguirá el viejo alcalde por aquí, pendiente de sus limoneros y de la miel que le fabrican las abejas? Pregunten por La Zagaleta. Si pueden. Las hormigas, junto al servicio, son los únicos obreros con acceso al milímetro cuadrado.

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