Memorias de Málaga

Recuerdos del hotel Miramar

Durante años fue el lugar preferido por la burguesía local, escenario de premios, bailes y hospedaje de divos

29.02.2016 | 17:43
Las obras del Hotel Miramar, esta semana.
Las obras del Hotel Miramar, esta semana.

En tiempos del joven Francisco de la Torre se barajó como sede de la Diputación, cuando la presidía

En fecha no determinada aún por los nuevos propietarios reabrirá sus puertas el remozado Hotel Miramar, inaugurado en 1926 y que empezó llamándose Hotel Príncipe de Asturias. En 1929 pasó a denominarse Miramar, luego Gran Miramar y, en la próxima etapa –quizá en otoño– no sé qué denominación tendrá. Para los malagueños será como siempre el Hotel Miramar. Hubo dos etapas, recordamos, que no funcionó como tal establecimiento. Durante la Guerra Civil (1936-1939) fue Hospital de Sangre para atender a los heridos de la contienda. La reapertura se produjo el 20 de enero de 1940. El 1 de enero de 1964 llevó a cabo diversas reformas ampliando la cuarta planta con habitaciones de gran lujo. Años después cerró sus puertas por motivos económicos. Tras un radical cambio en su interior, se convirtió en Palacio de Justicia.

En un periodo intermedio estuvo a punto de albergar la Diputación Provincial, que a la sazón presidía un joven político llamado Francisco de la Torre Prados, que no necesita presentación. De la Torre, ante el abandono del edificio, propuso a la corporación que presidía su adquisición a través de la Caja de Ahorros Provincial, que dependía del organismo que presidía.

La propuesta no prosperó porque algunos diputados se opusieron al proyecto; uno de los que se negó de forma rotunda fue el entonces alcalde de Álora José Fernández López de Uralde. Estuve presente en el pleno en el que combativo munícipe impidió la compra pretextando que la Diputación tenía otras prioridades que atender.

Para bien o para mal, el edificio proyectado por Guerrero Strachan se ha salvado y vuelve a sus orígenes: hotel de lujo.

Lugar representativo

Ante la próxima reapertura supongo que firmas más acreditadas que la mía escribirán la historia del hotel, lo que su reapertura supone para Málaga, las excelentes perspectivas para acoger el turismo de calidad€ y los beneficios que reportará a nuestra ciudad en todos los órdenes. Será, como lo fue durante muchos años, hospedaje de los representantes de los estamentos más destacados del mundo empresarial, de la cultura, del arte, escenario de recepciones, homenajes, fiestas, presentaciones, congresos, simposios y, en suma, uno de los centros más importantes de la vida local.

El Miramar, desde su inauguración en 1926 hasta el cierre, con el paréntesis de los años de la Guerra Civil, fue el escenario elegido para la entrega de premios de las regatas de Invierno organizadas por el Real Club Mediterráneo, cancha para las competiciones de esgrima que cada año se programaban dentro de las Fiestas de Invierno, alojamiento de los jinetes que participaban en el Concurso Hípico que se celebraba en los Baños del Carmen, hospedaje de los divos que intervenían en las representaciones de óperas en el Teatro Cervantes, escenario elegido por la Asociación de la Prensa de Málaga para el anual baile de disfraces con elección de la Reina de la Prensa, cuartel general de las productoras cinematográficas que elegían Málaga para el rodaje de exteriores (Mi tío Jacinto, El deseo y el amor, El perfume del misterio, La mies es mucha, Bambú, Chantaje a un torero€)€

Fue el lugar donde se celebró la recepción de los participantes en el I Festival de Cine Español que se tuvo lugar en Málaga en 1953, sede del jurado que cada año se reunía para fallar el Premio de Periodismo patrocinado por el Ayuntamiento, alojamiento de la famosa Rita Hayworth protagonista de la no menos famosa película Gilda en compañía del conde de Villapadierna y que fue multado el hotel por el gobernador civil con cinco mil pesetas porque en el libro de registro de entrada se omitió el año de nacimiento de la actriz (había nacido en 1918), espacio en donde uno podía cruzarse con actores y actrices que pasaban por Málaga, hermanos mayores honorarios de muchas cofradías de nuestra Semana Santa que venían a presidir las salidas procesionales, futbolistas del Madrid y del Barcelona cuando los equipos venían a enfrentarse y a veces a perder ante el irregular C.D. Málaga€

Los domingos, baile

Los domingos, tanto en verano como en invierno, el Miramar ponía a disposición de los que pudieran costearse el precio de las bebidas y meriendas los salones con orquesta propia (la Orquesta Artola) y en fechas concretas agrupaciones de renombre, como la Martínez de la Rosa, que era la más asidua. Creo que también tocaba el piano Fermín, una malagueño que hacía las delicias de los asistentes por su interminable repertorio. Tenía el mérito de tocar de oído, sin papel alguno. Del Miramar pasó después a El Remo, la más cotizada sala de fiestas de Torremolinos.

La dirección del hotel permitió durante años que Radio Málaga, que ya era Radio Nacional de España, conectara los domingos con la sala de baile para que en las casas particulares se pudieran celebrar bailes familiares al son de la música ejecutada por la orquesta de turno.

Clientela habitual

El bar, o parrilla como se decía entonces, tenía una clientela fiel. Malagueños con poder adquisitivo suficiente, acudían a diario a tomar un vermú, un jerez o un coñac con soda, porque el güisqui era casi prohibitivo aparte de que había que importarlo de Inglaterra. Las pocas divisas de que disponía el país se destinaban a la compra de maquinaria en el exterior para la industrialización de las Vascongadas y Cataluña€, y setenta años después, un porcentaje que no me atrevo a consignar, dice que los españoles les robamos. Otras bebidas preferidas de la época eran Gin-Fizz, Pippermint, Marie Brizard€ La ordinariez del pelotazo no había llegado.

El anecdotario del Miramar es tan extenso como los años que trascurrieron desde su inauguración en 1926 hasta su cierre en 1980, cuando el hotel entró en crisis por razones quizá justificadas; no lo pongo en duda. Tal fuera porque el turista de posibles, como algunos tildan a los ricos o adinerados, se inclinaran hacia los modernos y bien equipados hoteles de Torremolinos y Benalmádena, donde el Pez Espada, Tritón, Riviera, Carihuela Palace, Al Andalus, Tres Carabelas y tantos otros, a los que se sumaron los de Marbella, ofertaban más atractivos que el Miramar que se iba deteriorando. Una decadencia que llevó al cierre.

Personal del hotel, una plantilla de profesionales bien formados, conocedores de cómo tratar a la clientela, educados, hablando idiomas, cuando el cerrojazo no tuvo dificultades de cambiar de sede porque proceder del Miramar era la mejor carta de presentación. Uno de aquellos maestros del buen hacer fue el maître Cristóbal que se incorporó al Pez Espada hasta su jubilación. Un día, en Lisboa, en el hotel Fénix, perteneciente a la misma cadena del Miramar-HUSA (Unión de Hoteles Sociedad Anónima), me llevé la sorpresa de ser recibido en la recepción por el recepcionista que durante años prestó servicio en el Miramar de Málaga. No cambió de empresa pero sí de lugar de trabajo.

Más recuerdos

Recurriendo a la memoria y a algunos papeles que conservo de aquellos años, cito hechos o acontecimientos que jalonan la historia del Miramar. En 1932, cuando el político Gil Robles visitó Málaga, se le ofreció un banquete en el Miramar; en el mismo hotel, el Conde de Guadalhorce fue homenajeado en 1948; la primera Reina de la Prensa (entonces Señorita Prensa, Adelita Rivera) fue elegida en el Miramar en enero de 1936; en 1953 se celebró en sus salones la Exposición de Fotografías de Semana Santa; el torero Mario Cabré presentó en 1966 el certamen de moda masculina.

Tanto en verano o como en invierno, el Miramar montaba fiestas a las que concurrían personas de todas las edades, y como correspondía al lugar, el traje de noche en las señoras y señoritas era casi obligado, y los hombres, en muchas de la ocasiones, acudían de esmoquin, una prenda que ya apenas se ve por algún lado.

Y para finalizar, la respuesta de un barman del hotel a un señor que le preguntó por una persona que acudía casi todas las tardes-noches y se sentaba en un taburete de la barra. Siempre iba solo y nunca hablaba con nadie. ¿Quién es ese señor?, fue la pregunta. La respuesta fue: «No sé, viene casi todos los días, pide un güisqui y parece maricón».

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