Disputas en los tribunales

Divorcios a la malagueña

En 2015 se divorciaron en la provincia más de cinco mil parejas

05.06.2016 | 05:00

Aunque lo habitual es que el adiós sea amistoso, a veces el proceso se convierte en un calvario plagado de momentos dolorosos y también de anécdotas como las que les contamos en este reportaje - La guerra de los Rose, en ocasiones, no es sólo una película de Hollywood

En 2015 se divorciaron 5.006 parejas en Málaga. De esa cifra, 2.259 lo hicieron de mutuo acuerdo, pero, a veces, ese doloroso proceso se convierte en un calvario y, en otras ocasiones, en un trámite lleno de anécdotas a las que los abogados de Familia asisten con sorpresa o, incluso, convirtiéndose en psicólogos para ayudar a sus clientes. Como en aquella película protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner, La guerra de los Rose, hay divorcios a la malagueña que son complejos, aunque no siempre termina todo mal.

Divorciarse cogidos de la mano o irse después de cañas
Melita Zafra es una de las abogadas de Familia con más experiencia y trayectoria de la ciudad y, en su opinión, «nadie se separa por gusto». De hecho, ella, antes de que se inicie el trámite, manda a las parejas en las que ve una posibilidad de reconciliación al psicólogo. Si el profesional dice que no hay manera, se inicia el procedimiento. Sin embargo, Zafra cuenta, como otros abogados consultados para este reportaje, que ha tenido casos que han ido al juzgado cogidos de la mano para divorciarse y se han marchado de la misma forma. Incluso, hay parejas que se han ido de cañas juntas para celebrar el adiós a su relación después de la firma. «Los abogados de Familia hacemos mucho de psicólogos, estamos 24 horas al día operativos y es, sin duda, uno de los peores momentos de su vida. Dicen los expertos que separarte es lo segundo que da más estrés tras la muerte de un ser querido», precisa.

El cepillo en el inodoro y el niño que quería ser astronauta
Zafra aclara que tuvo un caso en el que una mujer, durante el proceso de separación, «metía el cepillo de dientes del marido todos los días en el váter y luego lo colocaba en el vaso» para que él lo usara. O, como caso curioso, pidió una pensión de alimentos para un menor de 16 años que quería ser astronauta, caso que perdió incomprensiblemente. «El niño se había enviado correos con Pedro Duque, incluso, y quería irse a vivir a Estados Unidos y logar una beca», pero no podía hacerlo, señala la abogada, sin el concurso económico del padre, algo que sí podía permitirse. «El fiscal dijo que en esa época Fernando Alonso estaba en el top y que, si todos los niños querían ser Alonso, no se les iba a comprar un coche».

Esta letrada se ha visto sorprendida también cuando un niño de corta edad le ha argumentado perfectamente durante media hora por qué él quiere la custodia compartida, lo que significa que «viene mediatizado por el progenitor». En las vistas, hay hombres y mujeres que pierden los papeles o se echan a llorar, y los jueces los invitan a salir de la sala aunque lo que de verdad sienta mal a los togados es que hayan convertido un divorcio modélico en un proceso contencioso de imprevisibles consecuencias.

Cambiar el coche por dos ordenadores
Patricia Criado Navas también es una experta abogada de Familia y ha visto de todo, «es agotador», dice. En una ocasión, en un asunto de separación por violencia de género, un cliente la llamó a las tres de la mañana para decirle que era «una abogada muy buena». Al tiempo, volvieron. Es habitual que la llamen los días de fiesta, y en ocasiones alguno de los cónyuges ha cambiado el coche que quería su pareja por dos ordenadores «para que ella no lo use».

Una cafetera que dinamita un divorcio de mutuo acuerdo
Javier Muriel, abogado de Marbella, recuerda un caso en el que él era un millonario de Marbella que quería «divorciarse sí o sí». «Él no quería nada, la pensión compensatoria se fijó en 10.000 euros al mes y pretendía separarse de mutuo acuerdo. Siempre decía ´no quiero discutir, no quiero saber nada´». Acabaron yendo a la casa los abogados y un camión tráiler. «Él insistía en que ella se quedara lo que quisiera. Si había una vajilla con 40 cucharas, ella insistía en que 20 para ella y 20 para él; si había dos camas, una para ella y otra para él. Pasamos allí el día entero, desde primera hora hasta la noche, haciendo el inventario de los bienes de la mansión. El no quería nada y ella insistía en dividirlo todo a la mitad. Luego, llegó la suegra y, cuando estaba el camión ya cargado y todo arreglado tras horas de roces y tiras y aflojas, surgió una última disputa entre dos cafeteras, una grande y otra pequeña. Él le dijo a la mujer: ´Como tú te quedas en la casa, me quedo yo la cafetera pequeña´, a lo que la suegra repuso: ´Claro, como la pequeña es la nueva´». El cabreo del tipo fue tal que obligó a bajarlo todo del camión y el divorcio, que iba a ser de mutuo acuerdo, se convirtió en uno contencioso que duró tres años.

Tres horas de discusión por una batidora
El abogado Antonio Trillo también ha llevado muchos casos de divorcio, aunque él, como sus compañeros, siempre intenta que lleguen a un acuerdo. «En una ocasión, tuve a una pareja peleándose tres horas en mi despacho por una batidora después de haber llegado a un acuerdo consensuado en todo. Acabé amenazándolos con tirar la batidora por la ventana si no se ponían de acuerdo», dice. En otra ocasión, tras llegar a un pacto del pago de una pensión de más de 700 euros por los hijos, una pareja se peleó durante horas por tres euros más porque «la madre decía que no tenía dinero para chucherías de los hijos».

Trillo también relata otra titánica pelea «por ver quién de los dos tenía que hacer la obra de la rejilla del sumidero del patio, que no vale más de 30 euros, y no se ponían de acuerdo sólo por eso». Y, en otra ocasión, asistió a cómo el hombre se queda la llaves de la casa cuyo usufructo se le concede a la mujer con el pretexto de que él tenía herramientas en un trastero y debía usarlas. «Todo eso era porque él quería controlarla a ella. Al final, la mujer acabó mudándose de casa», indica.

«Tengo otro asunto con una casa que aún no se ha repartido ni adjudicado y, cada vez que ella se va de viaje, porque la habita por temporadas, él aprovecha para cambiarle la cerradura», relata Antonio Trillo con resignación. Pese a ello, todos los abogados consultados insisten en que, lo mejor, es un buen acuerdo.

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