Historias de la Costa

Juliette Gréco y el cielo sobre París de Torremolinos

La cantante francesa, musa de los existencialistas y amor eterno de Miles Davis, frecuentó la Costa del Sol en pleno despegue del turismo. Sus actuaciones forman parte de la leyenda de Le Fiacre, uno de las salas de fiesta que cambió para siempre la historia nocturna de la provincia. La artista regresaría a finales de los setenta para hacer algo todavía más extraño: cantar en el Tívoli

02.07.2016 | 01:11
De sólida formación, la cantante revolucionó la música francesa con sus canciones, casi siempre apoyadas en la literatura. Fue su amigo Sartre el que la introdujo en el medio, del que nunca ha dejado de salir, convertida en leyenda. Su voz es inseparable de un modo de entender la vida y de una ebullición de la que forman parte Gainsbourg o Ferré. En su juventud vivió un romance con Miles Davis sin idioma compartido y repleta de anécdotas: algunas desagradables, como la burla racista de los camareros del hotel Waldorf-Astoria. Sobre estas líneas, Gréco vista por el gran Doisneau.

Olía a posmodernidad de cabaré. A frascos de nubes con carmín, a poemas leídos bajo la lluvia, a encuentros espaciados. Su rastro era, de largo, lo mejor que crecía entre París y el humo, una especie de consigna de entrada para ese serial de libertad que se programaba invariablemente cada noche junto al Sena y que siempre acababa en la revolución, entre druídicas botellas de vino y pies descalzos. En Torremolinos, en los sesenta, tenía que resultar a la fuerza una flor estrambótica, una ventana imposible a un mundo que no existía y al que le quedaban más de diez años, en medio de la tozudez del franquismo, para ser siquiera intuido en la trastienda polvorienta de un cineclub o en una de las excursiones a Perpignan, donde todo era tan extraño, y en las que las diferencias reales estaban más en la gente de la calle y en las librerías que en las películas eróticas. Los españoles que se atrevían a entrar a ese local llamado Le Fiacre situado cerca del pasaje Begoña, en una calle con nombre, Antonio Girón, de estridentes connotaciones dictatoriales, debían de sentirse poco menos que conmocionados; Juliette Gréco, su dicción, su ropa negra, era mucho más que el reflejo empañado de guitarras eléctricas y flequillos que les llegaba de Londres. Un mundo que acabó por convertir a Francia en un nuevo invento y que traía ecos entonces incomprensibles y en línea recta de Boris Vian, de Sartre, de Queneau o de Miles Davis, a quien la cantante había conocido en los años de Saint-Germain-des Prés y con quien vivió un romance que ambos recordarían con nostalgia y orgullo durante muchas décadas.

Resulta complicado imaginar qué podían sentir buena parte de los lugareños, en ese espacio dividido entre la modernidad y la miseria que era Torremolinos, cuando se cruzaban azarosamente con la cantante. Lo único seguro es que su paso, con mucho tiento de luna, no dejaba indiferente: una cosa eran las suecas, exóticas y, en el fondo, asimilables, y otra una francesa de belleza poco común, sensualmente sobria y con aires de pertenecer a un gobierno espiritual tan escandaloso como enigmático. De nada servía que la cantante fuese ya una celebridad mundial, España era especialista, salvo excepciones, de ponerse el verde militar de la tortuga y enterrar la cabeza. Y mucho más si la modernidad venía indefectiblemente unida a los asuntos del rojerío: Juliette Gréco, que ya de adolescente participó en la resistencia, era todo un estamento de esa Francia que empezaba a burbujear en París y que tenía entre sus iconos a todos sus colegas.

Que la cantante actuara varias noches en Le Fiacre, el establecimiento afrancesado que más tarde sería absorbido por la discoteca Piper´s, también repleta de historias, se remonta en última instancia al tipo que la convenció para que se hiciera cantante. Juliette Gréco quería ser actriz, detestaba las canciones; fue Jean-Paul Sartre el que la puso en contacto con compositores, con textos gloriosos de Queneau, de Laforgue, de Prévert. La artista que llegaba a Torremolinos era ya la misma a la que el propio Sartre había escrito una canción, la que portaba en Francia el título de musa de los existencialistas y la que sirvió como vehículo para el despegue de la nueva camada de genios franceses como Gainsbourg o Ferré. En Francia, todos querían tener a Juliette Gréco de su parte, incluidos Cocteau y Jacques Brel, que brindaban apasionadamente por aquel piropo de Sartre, quien dijo que la cantante tenía «millones de poemas posibles» en la garganta.

El público de Le Fiacre, al margen de los grupos de jóvenes con ganas de salir del aislamiento, estaba formado por extranjeros y por un amago inicial de bohemia que tenía entre sus logros el estar siempre al tanto, con el pasaporte en la chistera, de la pompa que se daban los franceses. Muchos sabían quién era Juliette Gréco, una mujer que no sólo había triunfado en París, sino también en el cine, con trabajos para Renoir, Cocteau –el legendario Orfeo– o John Huston. Tal vez por eso no podían salir de su asombro ni dejar de paladear el mágico privilegio de escuchar en directo a la cantante en un lugar que pocos años antes bien podría haber sido una casa encalada en la que todo se resolvía con aceite de ricino, sometida cruelmente a la férula y a la pobreza intelectual del régimen. Juliette Gréco se apoyaba en el micro y cantaba sobre las hojas muertas y letras de Gainsbourg y poemas de la vanguardia y todo parecía brillar de rareza. Casi tanto como en el recital que ofrecería más tarde, en 1979, cuando le dio por aceptar la oferta y cantar frente al público del Tívoli, en Benalmádena. La letra de Sartre, la figura que había llevado a perder la cabeza de amor a Miles Davis elevándose junto a la noria, el tren de la bruja y los pavos reales. Si España era diferente, Juliette Gréco también lo era. Y lo sigue siendo, convertida en una gloria nacional de la cultura francesa. Un pedazo de historia sigiloso, capaz de soliviantar a la sociedad parisina, y posteriormente, a la española. O más bien a la de Torremolinos, una isla, en su voz, entre las odiosas costumbres de la dictadura y la noche del Sena, trémula e innegociable , eternamente joven también en Le Fiacre.

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