Memorias de Málaga

Las noticias que no publiqué

No me arrepiento de no haber difundido algunas noticias, al aceptar las razones de los entrevistados de que habrían creado una alarma difícil de controlar y se trataba de casos aislados, como un enfermo de fiebre amarilla que llegó al puerto

03.07.2016 | 18:27
Varios cruceros en el puerto de Málaga en noviembre de 2015.

Ahora un compañero de profesión puede ponerse en contacto telefónico con cualquier político, delegado de ministerio o de la Junta de Andalucía, un concejal, con el ingeniero jefe de un servicio local, provincial o comarcal, con el responsable de la Sanidad, del Transporte, de, en fin, de lo que la actualidad depare. Por descontado que no se va a poner en contacto para darle los buenos días o para preguntarle qué opina del último traspaso de un jugador del Málaga a un equipo con más posibles ­–dinero– que el que lleva el nombre de nuestra ciudad. Si se establece una de esas llamadas es porque se ha declarado un incendio, se anuncia un huelga, se van a convocar elecciones, se va a remodelar por sexta vez la plaza Enrique García-Herrera más conocida por calle Camas, se van a revisar –subir– las tarifas o impuestos municipales, cuándo se va a desviar el Guadalmedina€ y otras noticias que los medios de comunicación tienen que confirmar, ampliar, verificar€

Antes, cuando yo ejercía la profesión periodística, no era así. Los funcionarios se guardaban muy bien de filtrar una noticia, un delegado ministerial no respondía porque la información la manejaba el gobernador civil, si se detectaba un conato de plaga en un cultivo determinado el delegado de Agricultura declinaba toda información para no preocupar a la población€ y así sucesivamente.

Los que informábamos en los periódicos y radios de lo que sucedía en Málaga y provincia tropezábamos con mil obstáculos para conseguir que alguien, con su propia voz y responsabilidad, facilitara nuestro trabajo.

Claro que a veces nos llevábamos una agradable sorpresa cuando alguien, por su cuenta y riesgo, nos atendía, y menos que contara la verdad sin tapujos.

Un desastre

Una de esas excepciones la experimenté el día que fui a entrevistar al recién nombrado ingeniero jefe de Vías y Obras de la Diputación Provincial, en este caso, don Fernando Arcas, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Al facilitar el organismo provincial el nombramiento me fui a la Diputación, que entonces estaba en el edificio de la plaza Queipo de Llano, hoy plaza de la Marina, para entrevistarle. Las carreteras provinciales (más de 600 kilómetros) no estaban entonces como para circular con un mínimo de seguridad.

Cuando le pregunté a Fernando Arcas sobre el estado de la red de la que iba a ser responsable, lisa y llanamente me respondió: «¡un desastre!». Como estaba acostumbrado a recibir respuestas ambiguas, evitando la crítica, prometiendo que los planes de conservación o de otras actividades se iban cumpliendo, me sorprendió su franqueza. No era habitual decir la verdad sin tapujos.

¿Para qué?

Un día del mes de agosto de no recuerdo qué año, en el que no había noticia que llevarse al micrófono salvo los toros en La Malagueta, las casetas de la feria, el calor, la playa€ y nada más, repasé mi agenda de posibles reportajes y me encontré con una entrevista pensada, no concertada y por supuesto no realizada. Tenía anotado: entrevistar al jefe del Servicio de Conservación de Suelos.

Conocía la existencia de este servicio, que como su enunciado dice, está para preservar los suelos agrícolas. Como nunca había leído nada sobre las actuaciones del servicio pensé que la entrevista podría servir para que el ciudadano de a pie tuviera conocimiento de este servicio y de los beneficios que reportaba a los agricultores y propietarios de fincas en general.

Total, que con la grabadora en banderola, porque los magnetófonos tenían el tamaño de una caja de zapatos, me fui a la Delegación para preguntarle sobre los trabajos en marcha, proyectos, municipios más necesitados de intervención para el buen mantenimiento de las zonas montañosas, forma de acceder a estos servicios, financiación€ Lo normal. Dar a conocer un servicio estatal al alcance de todos.
El jefe me recibió, se sorprendió€ y yo me sorprendí también ante la repuesta a mi pregunta: «¿Y eso para qué?».

Le expliqué el porqué, o sea, las preguntas que tenía anotadas para iniciar la entrevista.
Terminó la visita con las preguntas que pensaba hacerle porque declinó la petición. Como funcionario no podía responder a ninguna de mis preguntas. Tenía que consultar con las altas instancias como el gobernador civil, el Ministerio de Agricultura€

Nunca supe en qué puntos de la provincia actuaba el servicio de conservación de suelos. Fin de la historia.

Responsabilidad

Entre la franqueza de Fernando Arcas y la huidiza respuesta del servicio de Conservación de Suelos hay otros ejemplos en que, aún obteniendo respuestas claras y contundentes, acepté las razones de los entrevistados para no difundir determinadas noticias. Colegas de profesión quizá no estén de acuerdo conmigo en los casos que voy a relatar. Noticias, digamos exclusivas, que no publiqué ni en radio ni en prensa. Al contarlo ahora me expongo a que compañeros de profesión duden de mi profesionalidad. Pero no me arrepiento de no haberlas difundido.

Un día, por circustancias que no vienen al caso, supe de la muerte de un médico malagueño a causa de la rabia, una enfermedad de las que se consideraban erradicadas en España.

Iba a publicarla pero me pidieron que no lo hiciera porque era, en principio, un caso aislado. Hacía años que en Málaga no se había producido un caso de rabia, y el que se acababa de detectar con muerte del afectado, no era prudente darlo a conocer porque podría dar lugar a una alarma difícil de controlar.
Las medidas adoptadas por las autoridades sanitarias fueron correctas y el caso se cerró sin provocar alarma alguna. Solamente tuvieron conocimiento del suceso poquísimas personas. Si se produce un nuevo caso, me informaron, entonces la población sería informada y se tomarían las medidas pertinentes.
El segundo caso es casi anecdótico pero, en aquellos momentos, podía aterrorizar a la gente. Explico por qué.

En Mijas-Costa, en una superficie pequeña, cuando todavía había campo donde ahora hay chalés adosados y sin adosar, se detectó la presencia de un banda o grupo de langostas, no de las que se comen y cuestan un riñón, sino de las que se comen todo lo verde que encuentran a su paso. Es un insecto de la familia de los locústidos. El Servicio contra las Plagas del Campo actuó en seguida y la posible y temida plaga de langostas que la Biblia recoge, no se produjo.

¿Por qué no publiqué la noticia? Pues porque entonces se proyectaba con gran éxito de público la película Cuando ruge la marabunta, en la que las termitas arrasaban cuanto se les ponía por delante. Si yo publicaba que se había detectado una presencia de langostas en Mijas-Costa y la gente la relacionaba con las plagas bíblicas y con la «marabunta» de la película que estaba en cartel, la reacción de la población podría provocar un miedo infundado. No hubieran faltado agoreros que pronosticaran las catastróficas consecuencias de Las Chapas de Marbella, Marbella Club y quién sabe si de los lujosos chalés y jardines de la Costa del Sol. Alarmistas no faltan nunca.

Otra noticia que no publiqué fue el desembarco en el puerto de Málaga del tripulante de un barco. Estaba aquejado de fiebre amarilla. Creo recordar que en las leyes internacionales existe un protocolo para los casos de enfermedades contagiosas. El enfermo debe ser evacuado en el puerto más cercano.
El enfermo fue recogido en una ambulancia y con todas las precauciones se le trasladó y encamó en la sala de infecciosos del Hospital Civil, donde fue atendido y, según supe después, el incidente no tuvo más repercusiones, vamos, que se curó y volvió a su país.

Ya en tiempos de la democracia, con el Gobierno del país en manos de los socialistas, se adelantó por parte del ministro de Agricultura una importante noticia relacionada con Málaga. Me apresuré a llamar al ministro del ramo€ y atendió mi llamada dos meses después, cuando la noticia había dejado de ser noticia.

Muchos años antes, hacia 1942, un ingeniero malagueño que trabajaba en Saltos del Duero con sede en Zamora (después se convirtió en Iberduero y ahora en Iberdrola, con sede en Bilbao), se trasladó a Suecia para ultimar la compra de maquinaria. Tuvo que ponerse en contacto con el Ministerio de Industria o Comercio de aquel país para ultimar la compra y los permisos pertinentes. Llamó por teléfono al gabinete ministerial€ y se puso al teléfono, sin intermediario de telefonista y secretaria, el ¡propio ministro! ¿Se imaginan ustedes a un ministro del PP, del PSOE o de Podemos cogiendo el auricular para responder a una llamada del exterior? Lo que nos queda de aprender todavía€

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