Memorias de Málaga

Hablemos de la otra desbandada

Entre el 18 de julio de 1936 y febrero de 1937 tuvo lugar otra desbandada, la de muchas familias malagueñas que escaparon a Tánger. Mi tío, el cónsul de México Porfirio Smerdou, salvó la vida de mi familia, que corría peligro

31.07.2016 | 19:14

Últimamente se ha puesto de moda hablar y escribir de la «desbandá», referida a la huida masiva que se produjo en Málaga en febrero de 1937 cuando las tropas de Franco entraron en la ciudad liberándola del aglomerado de partidos y grupos formado por republicanos, comunistas, anarquistas, socialistas€y por los denominados «incontrolados», a los que se atribuyen todos los incendios de iglesias e imágenes que se iniciaron en 1931 y que continuaron en 1936, asesinatos a sangre fría sin juicio entre ellos cerca de cien sacerdotes y no sé cuantas monjas, destrozo de viviendas, «paseos» (matar en Martiricos y en el Cementerio de San Rafael a personas de forma indiscriminada) y otras barbaridades que hay que olvidar porque en 1979 se pasó página. El penúltimo documento es un libro escrito por los investigadores Maribel Brenes y Andrés Fernández, titulado 1937. Éxodo Málaga Almería. Nuevas fuentes de investigación.

No lo he leído aún. En principio, y no pongo en duda la documentación barajada por los autores (una historiadora y un arqueólogo), tengo mis dudas sobre la cantidad de exiliados que se recoge: 300.000.

Pero hubo otra desbandada, ahora correctamente escrita, de la que no se escribe nada por€ ¿por qué?. Fue la que se produjo en Málaga entre el 18 de julio de 1936 y febrero de 1937. Y me permito referirme a ella porque el autor de este reportaje fue uno de esa desbandada. No la voy a comparar ni con la investigada ahora ni con las que tristemente vemos a diario en las televisiones con familias sirias, libanesas, afganas€, que huyen del horror de una sangrienta lucha y se lanzan a mar abierto en embarcaciones inseguras buscando un mundo mejor.



Mi desbandada. En septiembre de 1936 –el alzamiento nacional empezó un mes antes–, quien esto relata, sin rencor ni odio, tuvo que abandonar Málaga porque mi familia corría peligro. Yo entonces tenía nueve años recién cumplidos. Mi madre, con los siete hijos que tenía (después tuvo tres más), embarcó en el Livorno, un buque mercante alemán que había cargado no sé cuantos quilos de limones y frutos secos en nuestro puerto.

Aunque era un niño, un acontecimiento como este quedó muy bien grabado en mi mente.

Las imágenes del traslado desde la Alameda Principal, que entonces llevaba el nombre de Pablo Iglesias Posse (no el de Podemos, sino el fundador del PSOE), hasta el puerto las tengo bien grabadas en la memoria como otras que van a continuación.

Mi tío, Porfirio Smerdou Fleissner, era cónsul de México, y fue nuestro salvador. Hizo posible que embarcáramos en el Livorno junto a otras familias malagueñas que estaban en la misma situación de peligro. Mi padre, y otros cabezas de familias de las que embarcamos, estaban escondidos o refugiados en los consulados de México, Alemania e Italia; mi padre, concretamente, fue acogido durante algunos días en este último, protegido por el cónsul Tranquilo Bianchi. Salvó su vida gracias a Porfirio Smerdou y Bianchi. Corrió el peligro de ser asesinado como otros tantos malagueños cuya historia hoy se omite.

Mi madre con un bebé en brazos –había nacido el 6 de enero de ese mismo año de 1936–, un niño y una niña de 3 y 4 años, respectivamente, y los cuatro restantes de 14, 12, 11, 9, sin maletas, con unas sábanas anudadas con la ropa que entre todos podíamos portar, tuvo el valor y la fuerza suficiente para llegar hasta el Livorno. Como era un buque de carga y no disponía de camarotes para pasajeros, el segundo capitán, ante el espectáculo que ofrecía aquella familia, le cedió su camarote hasta que llegáramos a un puerto para ser atendidos. A los cuatro hermanos mayores –de nueve a catorce años– nos acomodaron en una de las bodegas donde estaban entibadas cientos de cajas de limones. Allí, sobre lonas de las que cubrían las mercancías, dormimos dos noches viendo cómo entre las cajas se paseaban algunas ratas. Embarcamos el 27 de septiembre de 1936 a las cuatro de tarde.

Sin comida. El Livorno zarpó a final de la tarde con rumbo a Tánger. Nada más abandonar el puerto, el capitán tuvo que fondear en la bahía porque no había suficiente comida para las personas acogidas de forma generosa. Una lancha regresó a puerto para adquirir alimentos. Recuerdo que aquella noche se nos sirvió un plato de macarrones mondos y lirondos. Al día siguiente, hubo arroz con leche como único sustento. Yo entonces no tenía conciencia exacta de lo que estaba sucediendo. Era un niño.

Batalla naval. Cuando anocheció el buque detuvo su marcha. No recuerdo el tiempo que pasó pero nos despertaron los cañonazos de varios buques de la armada española, uno, el Canarias, al mando de oficiales partidarios de la sublevación, y dos, los destructores Ferrándiz y Gravina, fieles a la República. Presenciamos en vivo y en directo, como dicen los reporteros de televisión, a una batalla naval. El Gravina se hundió y el Ferrándiz, con una brecha a babor, puso rumbo a Málaga. Descubrimos la presencia de un gran buque de guerra de la Armada Alemana. Supe después que se trataba del acorazado Deutschland. Vino a escoltar al Livorno porque estábamos en zona de guerra. Entonces comprobé que la velocidad de la luz era superior a la del sonido. Veíamos los fogonazos y segundos después el ruido de los estampidos.

Cuando llegó la noche, desde nuestro barco, vimos una película que se proyectaba en la cubierta del Deutschland.



Tánger, Gibraltar, Jerez... La desbandada de aquel grupo de malagueños –mujeres y niños–, después de pasar dos días en Tánger, viajar a Gibraltar y llegar a Algeciras, terminó en Jerez de la Frontera, donde conocidas familias jerezanas nos acogieron. Pusieron a nuestra disposición una casa solariega de múltiples habitaciones –la finca Argudo- y, según tuve conocimiento después, cuando dejé de ser niño, las familias de los González Byass, Domecq y otras, facilitaron los alimentos y medios necesarios para subsistir. Su generosidad llegó al extremo de matricularnos a cuatro hermanos en el Colegio de los Marianistas para que no perdiéramos el curso que se iniciaba en el mes de octubre.

En la desbandada del Livorno y de otros buques figuraban miembros de las familias de Díaz Montenegro, Lamothe, Sirvent, Haffner, Valcarce, Huelin, Altolaguirre, Benthem, Bejarano, Muñoz Rojas€ que coincidieron en el Hotel Continental de Tánger y se distribuyeron posteriormente por ciudades que quedaron en manos del bando nacional.

No voy a extenderme más porque el espacio es limitado. Basta un apunte: dos hermanos de la familia González Byass, (Ricardo y Gabriel González Gordon y sus esposas, Quennie y Hilda, inglesas) pocos años después, al dar a luz mi madre a nuevos niños, apadrinaron a dos de ellos, y hasta el fallecimiento de unos y otras se mantuvo una amistad entrañable.

Tuvimos, lo reconozco, mucha más suerte que los de la «desbandá» hacia Almería, y los que hoy huyen del infierno de Oriente Medio. Pero fue una desbandada.

Con estas líneas no pretendo enmendar la plana a nadie; simplemente recordar un suceso que no he olvidado y que quedó sepultado para siempre. Si lo he traído a esta serie de relatos bajo el enunciado Memorias de Málaga es porque merece, al menos, el mismo trato que los se difunden ahora.

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