Memorias de Málaga

Del revoco de las fachadas

Era costumbre que el Ayuntamiento de Málaga, cada ocho o diez años, obligara por medio de un bando al revoco de las fachadas, obligación que recaía en los propietarios de los inmuebles, que acogían el bando con insatisfacción.

07.08.2016 | 13:56
Foto de archivo de pintadas vandálicas en la fachada de San Felipe Neri, en la calle Gaona.

Años ha el Ayuntamiento de Málaga con una periodicidad no fija –ocho años o diez– obligaba a través de un bando que se hacía llegar a la población a través de anuncios, notas de prensa y los medios que se utilizaban entonces, al «revoco de fachadas», o sea, que los dueños de los edificios o caseros tenían que proceder a blanquear, pintar o adecentar las fachadas de su propiedad.

El gasto, por lo general, no repercutía sobre los inquilinos. Blanquear o pintar, según los casos, era obligación de los titulares de los inmuebles. Entonces, conviene matizar, no se había impuesto lo que es hoy común casi en el ciento por ciento de las viviendas: la propiedad horizontal.

A los dueños de los edificios de aquellos años les sentaba como un tiro la aparición del bando encabezado con el titular de Revoco de Fachadas. El Ayuntamiento advertía de que si en el plazo fijado no se cumplía lo dictado, el propio Ayuntamiento procedería a llevar a cabo las obras a cargo del infractor. Vamos, que había que adecentar las fachadas por uebos (necesidad).

Gracias a esta iniciativa municipal, cada cinco, siete u ocho años el Centro de la ciudad y algunos barrios eran objeto de un aseo que repercutía favorablemente sobre el aspecto general de Málaga.

Ya no hay revoco

Aquellos famosos bandos fueron lentamente eliminados de la política municipal entre otras razones porque el revoco de fachadas, hoy, no es competencia de los propietarios de inmuebles. Cada inmueble tiene tantos propietarios como viviendas. Y los propietarios no tienen por qué asear los bajos de los edificios porque no los ensucian ellos sino la libertad de expresión, por utilizar la cantinela de los que escudándose en esas dos palabras –libertad de expresión– convierten la ciudad en un estercolero con pintadas, dibujos, insultos, guarrerías y otras licencias respaldadas por la mágica palabra de grafiti o como se escriba. Quien tiene que blanquear, pintar y adecentar la ciudad es el Ayuntamiento que no persigue, ni castiga, ni multa a los ensuciadores.

Y así de puerca está la ciudad, porque no hay espacio público o privado que se libre de los grafiteros que, armados de espráis y brochas, no dejan fachada, ni pared, ni muro, ni cierre metálico de comercios sin su impronta personal.

Con esta turba se puede acabar como se acabó en ciudades y pueblos de las tres provincias vascas que los fines de semana quemaba contenedores y destrozaba el mobiliario urbano. Cuando los papás de los jóvenes desalmados fueron condenados a pagar los daños, los fines de semana vascos volvieron a la normalidad.
Resumiendo: leña al mono.

Una lección. Santa Cruz de Tenerife

No hace mucho tiempo viajé a la isla de Tenerife como un turista más. Recorrí gran parte de la isla; los lugares que los turistas por obligación visitamos. Desde el Teide a las piscinas naturales, desde La Orotava al famoso drago milenario, el mojo picón, las patatas arrugás y las guaguas del transporte urbano.

Me llamó la atención la ausencia de grafitis. Ni una fachada con unos rasgos imprecisos, ni una pintura grotesca, ni una invitación a votar a fulanito, ni un insulto€

Como la tónica era esa, la inexistencia de lo que es habitual en Málaga y extensivo a otras muchas ciudades españolas y extranjeras, le expresé a la guía de una excursión organizada mi sorpresa.

La respuesta fue contundente: «Está prohibido. Nadie se atreve a hacerlas. Solamente se pueden pintar en las vallas de obras en fase de construcción».

Los sábados, blanqueo

En los pueblos de nuestra provincia era costumbre encalar o blanquear las fachadas de las casas de una sola planta ¡todos los sábados! No es una exageración. Es que los habitantes de los pequeños pueblos tenían esa costumbre.

Los sábados por la mañana, la señora casi siempre, con el cubo la cal y la brocha en un santiamén repasaba toda la fachada que normalmente estaba impoluta porque en siete días era imposible que se ensuciara. Los muros exteriores, al ser encalados una y otra vez, tenían un dedo de espesor por la cal acumulada.

En las casas de los pueblos de Málaga y de otras provincias andaluzas resplandece el blanco de la cal; de ahí que se hable y escriba de la ruta de los pueblos blancos andaluces. Destacan en la geografía andaluza. Sobresale el blanco entre el verde o amarillo de los campos de cultivo. Fuera del sur de la península los pueblos quedan difuminados, no se ven hasta que uno llega al lugar.

Mientras por estos lares recurrimos al blanco como señal de identidad, en los países del norte de Europa los lugares habitados se caracterizan por su adicción al color. Las casas de Finlandia, Suecia, Noruega€ de pequeñas poblaciones se pintan de azul, de rojo, de verde€

El pueblo de Málaga que era más fiel al blanqueo los sábados era Los Boliches, la barriada de pescadores de Fuengirola. Por lo menos yo lo veía porque por aquellos años los sábados iba con mis padres a las playas de La Butibamba y Las Chapas, especialmente.

El valor de la cal

No hace muchos –dos o tres meses– leí en estas mismas páginas de La Opinión la entrevista que el redactor Matías Stuber le hizo al arquitecto malagueño Álvaro Carrillo, quién en el curso de la misma respondía a una pregunta con las siguientes palabras: «Pero ninguna estética es inocente. Si pensamos en el color blanco de los pueblos mediterráneos tan fotografiados y apreciados lejos de nuestras fronteras, este color blanco responde a la cal, un elemento constructivo cuyo sentido es el de reflejar el calor y dejar transpirar a los muros además de cumplir una función antiséptica en verano. Esto ha llamado la atención fuera de nuestras fronteras. Para muchos, posiblemente, sea algo extravagante».

Encalar una y otra vez las viviendas de una sola planta de muchos de los pueblos de nuestra provincia y de otras limítrofes, al margen de su estética, revela que la costumbre no es capricho o costumbre, sino un arma de sus moradores para vivir mejor.

Quizás algunos ignoren los beneficios del uso de la cal en sus habitáculos. Confío que mantengan esa costumbre y no caigan en el pecado de revestir las fachadas con losetas de terrazo como viene ocurriendo en muchos casos.

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La gala

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