Crónicas de la Ciudad

Málaga, la ciudad ensimismada

La Feria del Centro empezó prometiéndolo todo y ha acabado por convertirse en una oportunidad más para la intoxicación etílica

03.09.2016 | 02:10
¿De qué sirve elegir un cartel megamoderno si luego todo acaba asemejándose a una botella de Cartojal vacía?

Mientras septiembre se hace con el espacio y con el tiempo en nuestras vidas, agosto permanece en el recuerdo de una ciudad complacida y ensimismada que se resiste a hacer autocrítica, sobre todo en cuanto a su feria. Otra vez hemos visto imágenes lamentables, el estallido etílico del corazón del verano, como si no hubiera nada más allá del tinto de verano y la cerveza. La Feria como rehén, como el espantajo que agitan los hosteleros tratando de asegurarse las merecidas ganancias de esa semana estival de locura y frenesí; la Feria del Centro que comenzó prometiéndolo todo y ha acabado convirtiéndose en una oportunidad más para la intoxicación etílica, destrozando ese aire señorial y familiar que tuvo en sus inicios. Al mismo tiempo, el real del Cortijo de Torres gana público y se consolida, aunque a ratos prefiere absorber algo del espíritu del Centro, caseta a caseta, sin que nadie sepa muy bien hacia qué lugar se va, aunque se conozca con certeza el punto desde el que se partió.

La Feria necesita ser repensada, pero no sólo por los políticos, sino también por las peñas, los hosteleros y los propios ciudadanos. ¿Queremos que nuestra semana de fiesta sea conocida como los Sanfermines del Sur de Europa? ¿Qué se puede hacer? ¿Hay que acabar con la Feria del Centro? ¿Redefinirla? ¿Agitarla para que todo cambie, para que no siga siendo una oportunidad única para que cualquiera pueda mear en una esquina mirando de reojo a la Catedral?

Los malagueños necesitan respuestas y, aunque es importante que los hosteleros del Centro ganen dinero y generen riqueza, habría que preguntarse si eso lo justifica todo, si es posible hallar el equilibrio entre el justo derecho al ocio, el descanso de los vecinos, las naturales aspiraciones de hacer negocio durante diez días de desenfreno y la necesidad de que el Cortijo de Torres vaya adquiriendo peso propio en el agosto costasoleño, convirtiéndose en un reclamo por sí mismo para seducir a malagueños y visitantes. Cada vez más hosteleros abren casetas en el real y esa es buena noticia, porque la Feria del Centro, tal y como está, merece ser borrada del mapa de persistir en sus mismos errores. O reflexionar o morir, podría decirse.

Sólo hay que preguntarle a cualquier ciudadano que haya recibido a personas de otros puntos del país en esos días para conocer de primera mano la opinión a la que llegan tras un paseo por las calles del corazón de Málaga cualquier día de las fiestas a partir de las siete o las ocho de la tarde. ¿Abrirá el Ayuntamiento ese debate sobre el lugar al que debe ir nuestra feria? ¿Podremos recuperar la esencia de lo que fue? ¿De qué sirve elegir un cartel megamoderno si luego todo acaba asemejándose a una botella de Cartojal vacía?

Supongo que habrá quien lo vea todo bien tal y como está, pero las ciudades ensimismadas, incapaces de hacer autocrítica, están condenadas a ser azotadas una y otra vez por el oleaje sin llegar nunca a buen puerto. Hay que abrir ya el debate.

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