Crónicas de la ciudad

Historia de los bares, esos vertederos de amor

En los negocios hosteleros de la ciudad hemos dejado retales de nuestra vida cuando la juventud aún nos quemaba en las manos y todas las noches tenían algo de romántico

10.09.2016 | 05:00

Dice un amigo que si los bares no existieran probablemente él estaría muerto. ¿Quién no ha parado en un bar cualquiera de esta ciudad para degustar una cerveza bien fría a media mañana, haciendo un paréntesis en una jornada frenética? Los bares son elementos que dinamizan las relaciones humanas y, posiblemente, son el único enemigo temible que les queda a las redes sociales, que han impuesto la dictadura de la asepsia social sin que sepamos muy bien cómo. Darse una vuelta cualquier día por Pedregalejo, Huelin, Teatinos o Nueva Málaga deja claro que a los malagueños una tapa y una caña nos gustan más, o casi tanto, como un nazareno o ir a esas playas maltratadas por la falta de saneamiento integral.

Cualquiera que haya recibido en los días pasados de las vacaciones a alguien de fuera de la ciudad posiblemente haya escuchado los mismos comentarios que yo: «¡Qué bien se come aquí! Es increíble». En las noches de verano, el pescaíto frito y el tinto son los mejores acompañantes, además de las risas con los amigos, las charlas hasta la madrugada con el telón de fondo de una bahía imponente que arropa a la ciudad cuando esta está a punto de dormirse. Y, lo mejor de todo, esos personajes callejeros que pasan de bar en bar cantando o haciendo malabarismos para deleitar a los comensales. En Pedregalejo, a lo largo de estos meses de estío ha podido verse a un crack que cantaba canciones de Sergio Dalma con una pasión que ya quisieran muchos artistas para sí, aunque la voz, desde luego, no fuera la mejor que encontrarse pudiera por el paseo marítimo.

Los bares, como decía esa magnífica canción de El Último de la Fila y que luego ha entonado como nadie en solitario Manolo García, son vertederos de amor. Él se dejó allí su trocito peor, cantaba, retales de su vida, tal vez de las existencias de todos nosotros a golpe de cerveza cuando la juventud aún nos quemaba en las manos y todas las noches se abría ante nosotros un inmenso abanico de posibilidades, cuando las juergas tenían algo de romántico y no todo iba de vomitonas y achuchones –aunque también los hubiera–.

Hoy, el Centro se ha despoblado poco a poco de aquellos bares míticos en los que se podía escuchar música de calidad mientras hablabas tranquilamente con los colegas de la vida en sí y dibujabas planes para un futuro que aún se adivinaba dudoso en la primera etapa de la adultez, como si intuyéramos el camino pero no supiéramos muy bien cómo seguirlo, como si a tientas en la oscuridad construyéramos con diversión todas nuestras inseguridades.

Los bares, como dice mi amigo, han enjugado muchas lágrimas y ya sea para desayunar mientras se repasa con mimo un periódico o para tomar una copa junto a los tuyos, posiblemente sean la mejor terapia que existe contra los riesgos del entorno, los problemas y las incertidumbres. Poco a poco, vuelvo a escuchar esa canción de Manolo García bajito, bajito, allá en un lejano rincón de mi memoria.

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