A pie de calle

Pedro Aparicio: recuerdo de un alcalde

Políticos como fue Aparicio son un lujo extra para una ciudad. Inteligencia y carácter; la decisión, la convicción, los ideales, los proyectos, las relaciones, los equilibrios y, algo fundamental en la política, y excepcional en Aparicio, el valor de las palabras

25.09.2016 | 05:00

Su palabra, sus discursos, sin ninguna concesión a la vulgaridad o a los auditorios complacientes, eran exactos, trabajados, profundos, sentidos y emocionantes.

La muerte de Pedro Aparicio lleva su biografía a la historia, que fue en cierta manera la historia de todos los malagueños entre 1979 y 1995, con una multitud de protagonistas que unen la suya a la época en que Aparicio fue alcalde.

Coincidí con él como delegado de Cultura de la Junta desde 1990 hasta su salida de la alcaldía en 1995. Pertenezco a una generación socialista posterior y comencé a admirarle gracias a un buen amigo suyo y compañero de Carlos Haya: el médico Juan López Felices.

En los artículos que aparecieron tras su muerte se encuentran todos los matices de la personalidad de Aparicio –al menos de los que pude observar en esos años–. En la política democrática las relaciones son capilares, complejas, repletas de contrapesos y vectores de fuerzas. Y lo que convierte a un político en una fuerza activa además de su inteligencia, es su carácter y su determinación, la capacidad de hacer valer sus ideas. Aparicio era así.

Ser de una generación más joven ayudaba con él. Los delegados de la Junta tienen la difícil misión de luchar por las cosas de la provincia en Sevilla, y al mismo tiempo crear confianza en el gobierno autónomo en su territorio. Los alcaldes de entonces eran a la vez compañeros y los más fuertes reivindicadores. Aparicio era el primero en esto.

La primera vez que le vi personalmente creo que fue para abrir los ensayos de la nueva orquesta Ciudad de Málaga en el Cervantes, que cumple ahora 25 años y que compartía la Junta con el Ayuntamiento de Málaga. Como era el único delegado sin coche oficial (ya se sabe, la cultura) me recogió con su vehículo el concejal de cultura Curro Flores en la calle Larios –donde estaba mi Delegación– que entonces no era peatonal (aún recuerdo que me subí en su coche por la puerta derecha obligando al alcalde a cambiarse de su lugar protocolario aunque con una sonrisa condescendiente y amable).

En aquel clima político no se ausentaba la tensión entre lo municipal y lo autonómico. Aparicio transmitía esa seguridad de la pasión por una causa, la causa de Málaga. Pero las correctas peleas entre administraciones del mismo signo político eran más bien con Curro Flores, aunque de ese género que va conformando la complicidad y la amistad tan especial de quienes están en la política, a veces incluso en bandos muy distantes.

La orquesta, las dos exposiciones Picasso en el Palacio del Obispo, las obras de Andalucía 92, y el día a día de la cultura eran los momentos del encuentro con Pedro Aparicio. Nunca dejabas de sentirte un poco aprendiz con él. Parecía bastante más realista esa actitud que nos aconsejaba el delegado de Gobernación José Manuel López, que la de algunos compañeros que a veces trataban de situarse al mismo nivel político sin éxito nunca. En ese pulso, un alcalde gana casi siempre.

Recuerdo también a un nuevo director general que llegaba de Sevilla para la reunión de la orquesta con la idea de hacerle una auditoría. Entonces le propuse ir andando desde la calle Larios hasta el Cervantes y le expliqué por el camino detenidamente quien era Pedro, y cuales eran los equilibrios políticos de la consejería en Málaga. El hombre entró con otro pié, afortunadamente para todos y para la orquesta.

Para un historiador la política desde dentro es un doble privilegio. Y políticos como Pedro Aparicio –o quienes llevaban entonces el socialismo malagueño, la generación de políticos de la Transición–, un lujo extra. Puedes ver como ya he dicho, trabajar a un tiempo la inteligencia y el carácter, la decisión, la convicción, los ideales, los proyectos, las relaciones, los equilibrios y, algo fundamental en la política, y excepcional en Aparicio, el valor de las palabras. Su palabra, sus discursos, sin ninguna concesión a la vulgaridad o a los auditorios complacientes, eran exactos, trabajados, profundos, sentidos y emocionantes.

Disfruté también los minutos previos a la ópera o los conciertos en su reservado del Cervantes, sus comentarios a la obra, a veces con la presencia de María;del arquitecto Salvador Moreno Peralta; Curro Flores; su jefe de protocolo Rafael Illa; el director del Cervantes Carlos de Mesa y los invitados ocasionales a su palco. Se le veía especialmente feliz en los temas culturales donde nos encontrábamos. El consejero de Cultura Juan Manuel Suárez Japón, el día del concierto inaugural de la OCM del maestro Octav Calleya, me dijo al terminar: «La pasión de Pedro».

Los años finales fueron tremendamente duros para el socialismo español, con un vendaval que parecía no respetar un solo frente, al que se le sumaba la guerra interna. Terminaba un ciclo histórico y a Pedro Aparicio le cogió de lleno. Aun le quedaba otra navegación orteguiana en Europa, la presidencia del PSOE andaluz (y una tercera de profesor en la UMA y como autor de una serie formidable de columnas en la prensa) Yo había vuelto ya a la Universidad, y en el 2000 le llamé y vino a unas jornadas sobre la Transición, de las que queda el libro Tiempo de cambio (Fundación Unicaja, 2004) con sus reflexiones sobre esa época y su mandato en la alcaldía. En esas jornadas estaba también el actual alcalde Francisco de la Torre.

Poco antes de morir me envió un email para felicitarme cariñosamente por un artículo de prensa. Cuando me encontraba con Aparicio creo que compartíamos un afecto mutuo por encima de su proverbial buena educación, con ese matiz tan especial por su parte y que conocemos los profesores cuando el paso del tiempo nos reencuentra con nuestros antiguos alumnos.

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