Mirando atrás

El cañón perdido y la batería de San Andrés

El cañón que adorna una zona ajardinada en el cruce de Luis Barahona de Soto con Sor Teresa Prat procede de la antigua batería de defensa de San Andrés, junto al convento carmelita del Perchel, que estuvo en pie de 1625 a 1811

09.10.2016 | 05:00
El cañón original, en la actualidad. El Ayuntamiento retiró una segunda pieza porque los vándalos quemaron la cureña.

El exotismo de que en plena vía pública de Málaga nos topemos con un cañón bien podría hacernos pensar en una reproducción. Se trata del cañón que se encuentra en una pequeña isleta ajardinada, en el cruce entre la calle Luis Barahona de Soto y la avenida de Sor Teresa Prat, muy cerca de Parque Mediterráneo. Pero no se trata de una excéntrica reproducción sino de una pieza de la Historia de Málaga que de forma indirecta terminó en este emplazamiento por una riada que se pierde en el tiempo.

Como confirman a esta sección fuentes municipales y el investigador malagueño Antonio Lara Villodres, autor en 2014 de un importante trabajo, este cañón procedería de la desaparecida batería de San Andrés, que se encontraba junto al convento del Perchel y frente al arroyo del Cuarto, hoy embovedado.

Al parecer, señalan fuentes municipales, el cañón en cuestión proviene del hallazgo de una veintena de ellos, de pequeño calibre, localizados durante las obras de cimentación de un edificio próximo a la Explanada de la Estación hace unos 30 años y es muy posible que quedaran allí enterrados tras una fuerte riada del arroyo del Cuarto que bien podría haberse producido a finales del siglo XVIII o comienzos del XIX.

Las mismas fuentes municipales señalan que el constructor de esta promoción de viviendas dejó dos de estos cañones en la zona ajardinada, pero años después, el Ayuntamiento retiró uno de ellos porque unos vándalos habían quemado la cureña (la pieza de madera que sostiene el cañón y sirve para transportarlo), así que tras su restauración, durante unos años estuvo depositado en el vestíbulo del Archivo Municipal, junto a la escalera principal. En la actualidad este segundo cañón puede admirarse en el Museo del Patrimonio Municipal (MUPAM) en la zona que recrea la batalla naval de Málaga de 1704, detalla el director del MUPAM, Elías de Mateo.

El investigador y escritor Antonio Lara Villodres es el autor del trabajo La batería de San Andrés del Perchel 1625-1811, publicado en el diario digital El Avisador Malagueño, en el que desgrana toda la historia de este pequeño fuerte, construido en tiempos de los Austrias, dinastía que reforzó las defensas del sur de España para impedir la llegada de naves turcas, corsarios pero también el desembarco de naves holandesas y francesas.

La construcción de la batería estuvo precedida poco antes de la rehabilitación de una de las dos torres de Fonseca, junto al convento perchelero de San Andrés. Estas torres, de origen árabe fueron llamadas de Fonseca por Antonio de Fonseca, maestresala de los Reyes Católicos (el criado principal que atendía su mesa) y que durante la conquista de Málaga situó a sus tropas en esa zona de la ciudad.

Precisamente en 1625, con la torre ya rehabilitada, enviados del rey inspeccionaron los alrededores y encontraron la playa y la zona poco seguras, por lo que decidieron construir una batería para cañones pegada al convento y la torre de Fonseca, así como al vecino arroyo del Cuarto pero también muy cerca de la costa. Además de defender el barrio El Perchel, su misión era la de proteger Santo Domingo y La Trinidad.
Como curiosidad, el acceso a la fortificación se hacía a través de la torre rehabilitada de Fonseca, alta y cuadrada. Las dos torres fueron derribadas en 1872.

Según explica Antonio Lara, el baluarte medía 800 metros cuadrados y contaba con muros de sillería –inclinados para dificultar la escalada– de cinco metros de altura. Una defensa hecha con piedra, cal y cantos de la zona, al parecer un material «más bien débil», señala el autor.

Además de una quincena de piezas de artillería, tenía cincuenta puestos para soldados con fusiles. Pero no parece que el baluarte cumpliera su cometido con mucha dignidad porque en 1657, con motivo del avistamiento cerca de Cádiz de una flota inglesa, trató de reforzarse Málaga y la batería de San Andrés sólo contaba entonces con tres culebrinas como piezas útiles. En la década de 1660, la ciudad sí reparó el fuerte y gastó en él dos millones y medio de maravedíes.

El terremoto de 1680 provocó serios daños al convento de San Andrés y, por supuesto, al baluarte, que lució importantes grietas porque, como ya se ha dicho, no se construyó con los mejores materiales.

El cambio de siglo tampoco pareció sentar bien a la fortificación perchelera, que en 1714, ya con los Borbones, sólo contaba con cuatro cañones de bronce y además desmontados de sus cureñas. El tiempo pasaba y la construcción iba perdiendo la utilidad militar, lo que provocó que el cabido fuera otorgando parcelas de tierra a ciudadanos particulares en los alrededores.

Además, la acumulación de tierra del vecino arroyo del Cuarto, el río Guadalmedina y la acción del mar lo iba alejando de la costa. Así, un informe anónimo detallaba en 1759 que el baluarte se encontraba retirado a unas 150 varas del mar y en unas condiciones muy malas. Años después, en 1774, el mariscal de Campo Pedro Locuce indicaba en otro informe que la batería de San Andrés, «a causa de su reducida capacidad y la retirada del mar», por su poca utilidad para defender la costa «había de ser sustituida por una batería que se construyera inmediata al mar».

Se pensó, en la década siguiente, en demolerla por el estado ruinoso pero lo cierto es que aguantó el tipo y pudo entrar en el siglo siguiente: En 1801 el gobernador ordenó rehabilitarlo, para poner destacamentos de caballería.

Pero no se rehabilitó y como destaca Antonio Lara, en 1811, en plena Guerra de la Independencia se encontraba «prácticamente derruida». Hay un testimonio de Mauricio Rodríguez de Berlanga, que en 1830 escribe que de la batería «situada entre el Guadalmedina y Málaga no quedaba de ella ni señales». Pero es que ni siquiera en el plano del puerto y la ciudad levantado en 1816 por Joaquín María Pery –el creador de la Farola– hay rastro de la construcción.

Antonio Lara cree que esa veintena de cañones localizados en el siglo XX pudieron pertenecer a un depósito en la batería realizado por el Ejército para luego ser distribuido o piezas con defectos depositadas allí, porque «dicho fortín nunca contó con semejante cantidad de piezas útiles para el servicio».

Desvelado el misterio gracias a este investigador.

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