Málaga, 1937

Gerda Grepp, testigo de los últimos días

La periodista noruega abandonó Málaga en la tarde del 6 de febrero de 1937 - Había llegado a la ciudad en compañía de Arthur Koestler

06.02.2017 | 05:00
Gerda Grepp, en Málaga.

En la tarde del 6 de febrero de 1937 la periodista noruega Gerda Grepp abandonó Málaga en un coche oficial, rumbo a Valencia. Fue la última persona que lo hizo, de entre los muchos periodistas extranjeros afines a la República que visitaron Málaga en aquellos días de tensión y miedo. Ella tenía un salvoconducto oficial, ya que había llegado a la ciudad en compañía de Arthur Koestler: un personaje de novela cuya verdadera misión no era otra que informar a los medios internacionales de la evidente ayuda que ya entonces Italia y Alemania prestaban a los sublevados franquistas.

Las vivencias extraordinarias de Gerda Grepp en la guerra civil española han merecido un libro, publicado en Noruega en abril de 2016: Ved Fronten, de la periodista Elisabeth Vislie. Se trata de un libro que merece una edición española, ya que aporta numerosos testimonios olvidados y fotos inéditas –Grepp era fotógrafa- del paso de la joven idealista noruega por España. La protagonista estuvo implicada de manera entusiasta en una guerra que vivió como propia, y de hecho moriría muy joven, en 1940, con apenas 33 años, víctima de la debilidad causada por las enfermedades (sufría tuberculosis) y su entrega absoluta a la defensa de sus nobles ideas de justicia.

Elisabeth Vislie dedica un capítulo entero, bien documentado, a la estancia de Gerda Grepp en Málaga, con varias fotografías de gran interés. Su tesis es que Koestler la utilizó como tapadera, para pasar más desapercibido en su misión de espionaje e información. Cuando ya era muy complicado viajar a Málaga, cuya caída parecía inminente, consiguen un salvoconducto en el Estado Mayor del Ejército, en Valencia. Detrás de toda la operación estaba nada menos que Mihail Koltsov, el hombre de Stalin en Madrid durante la guerra civil española. Paradojas de la vida: ambos -Koltsov y Grepp- morirían en 1940, ella por enfermedad y él fusilado tras un juicio sumarísimo, marca de la casa estalinista.

La experiencia de Grepp fue sin duda extraordinaria. «La noche antes de partir hacia Málaga -escribe Vislie, traducida expresamente al castellano para la realización de este artículo por Belén Becerra- fue larga, animada y desatada; una noche de fiesta con gran cantidad de vino y conversaciones sobre política». No fue una fiesta mundana: los acompañantes de Gerda Grepp fueron entre otros el propio Koestler, Koltsov y W. H. Auden, el grandísimo poeta, enrolado en la defensa de la República como conductor de ambulancias.
Koestler y Gerda Grepp llegaron a Málaga en coche oficial y con papeles especiales cuando ya era bien entrada la tarde del 28 de enero. Lo que vio –escribe Vislie- «era una repetición de lo que ya había visto en Madrid». Gente hambrienta y harapienta –sólo había naranjas y caracoles para comer- y una ciudad que, sin saberlo, había sido ya abandonada a su suerte por el Gobierno de la República, que no enviaba armas ni municiones y que daba por hecho su caída.

Durante sus días de estancia en Málaga, en el hotel Regina, Gerda y sus compañeros visitaron el frente en Alfarnate, donde fueron recibidos con calurosa hospitalidad. Y también harían una peligrosa incursión hacia Marbella, en busca de pruebas de la implicación de tropas alemanas e italianas en el ataque decisivo a Málaga. En ese oscuro y peligroso viaje Koestler dejaría abandonada a Gerda para ir casi hasta el frente, donde apenas se oponía resistencia al avance enemigo. Gerda Grepp tuvo que recorrer a pie casi 25 kilómetros hasta Fuengirola, donde encontró un correo motorizado que la llevó de regreso a Málaga.

Gerda Grepp escribió cinco reportajes sobre la guerra en Málaga. El primero de ellos se publicó en el periódico para el que trabajaba, el Arbeiderbladet, el día 5 de febrero. Los cuatro restantes los escribiría ya a salvo en Valencia, pero tuvieron que esperar la prohibición de publicar sobre la caída de Málaga impuesta por la censura republicana. Elisabeth Vislie reconstruye las últimas horas malagueñas de Gerda Grepp: la tarde del 6 de febrero Gerda abandona Málaga en su coche oficial. «En el bolso lleva una nota de papel escrita por Koestler. Allí había apuntado un número de teléfono de Londres. Cuando llegara a Valencia tendría que llamar al redactor de noticias internacionales de su periódico, el News Chronicle, e informar de que Málaga había caído y que Koestler se había quedado». Pocas horas después de su salida de la ciudad, el pánico a la represión franquista inundó de ciudadanos indefensos y asustados la misma carretera de Almería que utilizó Grepp para llegar hasta Valencia. «Una se siente cobarde cuando toda una ciudad se queda, sabiendo que muchos de ellos van a morir», escribiría Gerda Grepp en uno de sus reportajes.

Quizás de haber presentido el horror que estaba a punto de abatirse sobre Málaga su decisión habría sido otra muy diferente.
El periodista de origen húngaro se quedaría en Málaga, donde fue capturado por Luis Bolín en el domicilio de sir Peter Chalmers-Mitchell. Gerda también conoció a sir Peter durante su breve paso por Málaga, aliado incondicional de la causa republicana, escritor incansable de cartas de alerta a los medios ingleses sobre la presencia nazi en España. Koestler se convirtió en «el último de los mohicanos» al permanecer en Málaga mientras Gerda Grepp viajaba a Valencia a cumplir con la misión encomendada. En dos de sus libros habla Koestler con cariño de Gerda Grepp, sus Memorias y, por supuesto, en su Diálogo con la muerte (Un testamento español).

En este último libro Koestler habla del viaje con Gerda, un chófer y un periodista polaco, de iniciales M. W., del que no vuelve a saberse nada. Su versión corrobora todo lo narrado hasta ahora y es muy crítica con los mandos militares y los milicianos que encuentra, apáticos y desganados. En el papel que entrega a Gerda Grepp dice escribir lo siguiente: «Málaga perdida. K. se queda. Intentad conseguir nombramiento de sir Peter Chalmers-Mitchell como cónsul honorario para que pueda contener la masacre». En sus Memorias, escritas mucho más tarde, Koestler recuerda con emocionada nitidez sus días junto a Gerda Grepp en Valencia y Málaga: «Gerda –que aparece como G. G. en Diálogo con la muerte- era una rara mezcla de coraje y fragilidad, eficiencia y encanto. Era hija de un ex ministro de Trabajo noruego, pero tenía algo de sangre italiana y no parecía en modo alguno escandinava: era menuda, con un cuerpo pleno y suave, y un rostro dulce que, cuando estaba en alerta, adoptaba la expresión de un niño inteligente, y cuando estaba cansada, la de un gatito adormilado. Durante nuestro viaje se la veía bastante fatigada, y disfruté intentando animarla, ayudándola a redactar sus despachos para el Arbeiderbladet y, en general, mimándola en la medida que permitían las circunstancias. Su presencia frágil y dulce hacía que me sintiera fuerte y protector, y mantuvo a raya mi ansiedad».

Hoy hace exactamente ochenta años que Gerda Grepp abandonó Málaga. Al terminar el capítulo escrito por Elisabeth Vislie leemos que en Valencia reveló las fotos ­-hizo muchas- y descubrió la ciudad bombardeada. Hizo fotos de todas las personas a las que había entrevistado: soldados fuertes y optimistas, madres valientes, familias desesperadas. En algunas de ellas se veía –escribe Vislie- «a los soldados de la milicia en los montes de Málaga que sonreían orgullosos a la cámara, con el puño cerrado. Eran fotos de jóvenes que nunca antes habían visto a una mujer con pantalones y que quisieron regalarle un cabrito cuando se despidió de ellos». Todos sonreían. Quizás lo hicieran para ella y para su cámara por última vez.

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