Una afición con riesgos

Correr hasta la obsesión

En los últimos años han aumentado las consultas por patologías articulares traumáticas y degenerativas en la provincia

12.02.2017 | 14:32
La mirada siempre puesta en el reloj: dos personas practican deporte en el paseo marítimo.

Cifras

  • 200.000 unicades
    En la primera semana de su puesta a la venta, el Apple vendió unas 200.000 unidades diarias. Aunque el ritmo se moderó, la segunda generación ha supuesto un nuevo subidón en las ventas.
  • 4.000euros
    Es el precio que le ha puesto Apple a lo que es la versión top en la gama. Concebido como símbolo de estatus, se ha vendido de forma muy moderada. En un reloj inteligente priman otros aspectos.
  • 2,2 millones
    Las fiebres son algo común en el mundo de los deportes. Pero ninguna práctica se ha extendido tanto en los últimos años en España como el running. Económico, es accesible a casi todo el público.
  • 44,6 millones
    El impacto en las ventas es claro: 44,6 millones de zapatillas especializadas, siete millones y medio de zapatillas más de las que se vendían todavía en 2010. Y la tendencia apunta al alza.

     

Una tendencia que coincide con el aumento de actividades deportivas de frecuencia e intensidad, y que se ha visto impulsada con la proliferación de pulseras y relojes inteligentes que monitorizan la actividad - Lo que empieza como una práctica para mejorar la salud se puede convertir en una carrera hacia una adicción

Llegados a un punto extremo, la vida se parece mucho a una cinta de correr. Amenaza con retirarte el suelo bajo los pies si no acompañas el ritmo. Y acompañamos. Corremos. Pero la cinta, la vida, gira cada vez más rápida. Acelera sin piedad, hasta que uno sale disparado por detrás. Desplomado en el suelo, como un trapo humedo, entonces, empieza a tomar forma la revelación: no era un medio para mantener una vida saludable. No era la satisfacción de practicar deporte sino una obsesión. Como un alcohólico, que no bebe por placer, era el resultado de una obligación interior. «Los adictos están obsesionados por la idea de tener que moverse. Incluso ponen en peligro sus relaciones sociales, su trabajo y su salud», explica Elena López de lomarpsicologia.es. Esta psicoterapeuta malagueña ha tratado a muchos pacientes para los que el deporte, al final, se convirtió en una adicción. Como pasa con cualquier droga, hay que elevar la dosis para obtener una satisfacción. Si hubiera que buscar una droga iniciática en el mundo del deporte, sería, sin duda, el running. Un movimiento natural que solo requiere de unas zapatillas adecuadas para registrar los primeros avances. Los kilos empiezan a caer de la báscula y los pulmones se ensanchan al son de las endorfinas.

El siguiente paso es la monitorización. En los últimos años, se ha extendido el uso de dispositivos electrónicos que vigilan nuestra rutina y abren la puerta a una nueva compulsión: el control absoluto sobre nuestro cuerpo y estado físico. La motivación viene unida a una correa de plástico. Pequeños artefactos parlantes que se han convertido en el nuevo estandarte del clásico cuentapasos. Capaces de marcar el criterio de un entrenamiento donde el rastreo milimétrico por GPS convierte la realidad en algo flotante que se mide en kilómetros, pulsaciones, plusmarcas personales y desniveles de altitud acumulados. Miden los pasos que se han dado, la cantidad de deporte practicado y el número de calorías que se han quemado. Los relojes inteligentes, mejor conocidos por su anglicismo de smartwatch, se han hecho un hueco en la sociedad con el pretexto de querer mantenernos a todos sanos. Pero psicólogos y traumatólogos insisten en el fino grado que existe entre la optimización personal y la obsesión. Entre el deporte saludable y una práctica abusiva que se convierte en un peligro para el cuerpo y se manifiesta en forma de lesiones y de un desgaste para la estabilidad osea. Las artroscopias se erigen como testimonios mudos de una moda tan capaz de propulsar la salud cardiovascular, al mismo tiempo que convierte las rodillas de jóvenes deportistas en ejemplares dignos de las articulaciones de un octogenario.

Un peligro oculto que no impedirá, sin embargo, que hoy se llene de nuevo la provincia con miles de corredores dispuestos a comerle kilómetros a los paseos marítimos. Maratones, medias maratones, pruebas urbanas o carreras nocturnas. El calendario malagueño está lleno de citas que requieren de una preparación sólida y cada vez son más los corredores en los que el afán por mejorar ha trascendido a sus vidas cotidianas. Quieren supervisarlo todo y para ello confían en pequeños dispositivos electrónicos. Fitbit fue la marca pionera que lanzó al mercado las primeras pulseras para medir la actividad. A través de pequeños sensores se registran cuántas calorías se queman gracias al movimiento, se supervisa el ritmo cardíaco e, incluso, se mandan avisos para prevenir los daños de estar sentado durante demasiadas horas. El término inglés para esto es el de self-tracking. Traducido al castellano, podría significar algo así como autovigilancia. Y, efectivamente, el concepto del «yo» como algo contable se acerca mucho a una tendencia que ha ampliado su campo de acción con la proliferación de los relojes inteligentes. Apple Watch, Samsung Gear S3 o Garmin Forerunner son los modelos que más se ven en las muñecas de los corredores en España. En su primera semana de comercialización, Apple logró vender 200.000 de su dispositivo por día. Los relojes inteligentes representan una vuelta de tuerca más en la idea de la monitorización. Los datos obtenidos se pueden trasladar al móvil y aplicaciones especializadas se encargan de interpretar y comparar los datos con registros anteriores. Desde el punto de vista puramente tecnológico, estos pequeños dispositivos son verdaderos objetos revolucionarios. Para distinguir si la inclinación del brazo responde a una práctica deportiva o si se trata de un simple levantamiento de la taza del café, están equipados con una infinidad de pequeños sensores que detectan cualquier tipo de movimiento. Hay que distinguir entre dos tipos: los que miden la aceleración y los que miden el efecto giroscópico. En ambos casos, se trata de elementos diminutos que se encuentran incrustados en las pulseras y relojes, capaces de medir cualquier impulso dentro de un espacio tridimensional.

Obsesiones y complejos

¿Pero qué pasa si un día no se ha sido capaz de cumplir con las metas marcadas? ¿Cuando la práctica del deporte deja de ser una diversión y se convierte en una obligación? Si el ser humano es diseccionado a sus aspectos netamente cuantitativos, resulta obvio que por el camino también hay perdedores. La medida de lo humano se sustituye por el valor cuantificable de las personas y en el baúl se queda lo que no se puede comprimir en datos: lo irracional, el interior de cada uno. Jara Pérez, psicoterapeuta malagueña responsable de therapyweb.es, advierte del aumento de trastornos derivados del creciente uso de pulseras y relojes que monitorizan la actividad deportiva: «El hecho de poder contabilizar todo el ejercicio que hacemos, que podamos compartir con los demás nuestros logros, y que podamos ver los logros de los demás puede ser algo positivo si nos motiva para el cambio y para la salud, pero a la vez tiene una cara negativa ya que resulta mucho más fácil obsesionarse con ellas. Puede que te sientas mal por no hacer ejercicio y, mucho peor, si te lo recuerda habitualmente. Cabe también la posibilidad que te sientas acomplejado porque tus rutinas no son tan efectivas como las que la gente postea».

Otro aspecto que entra en juego con este tipo de dispositivos está estrechamente relacionado con nuestro comportamiento en las redes sociales. En la constante carrera por obtener un reconocimiento, esa codicia galopante por los me gusta, compartir un entrenamiento exitoso en Facebook puede ofrecer una recompensa inmediata. «Estos aparatos hacen que sea bastante fácil integrarlos en tu vida, de modo que puede pasar que, poco a poco, dejes de ser tú quien los controla y sean ellos los que te controlan a ti. Pasamos a ser esclavos de nuestro dispositivo», señala Pérez que, llegados a este punto, «empezamos a tener un problema». «Cuando el control de nuestra salud y nuestra forma física nos impide realizar una vida satisfactoria», sentencia la psicoterapeuta, la práctica de deporte ha pasado a convertirse en «una obsesión».

Riesgos para la salud

Correr se ha erigido en el ornamento de nuestra sociedad. Un modismo. Un punto y seguido dentro de un ritmo de vida acelerado. Pero los médicos advierten de que todo lo que vaya más allá de una práctica moderada puede tener graves consecuencias para la salud. Según el doctor Martín E. González Pisano, en los últimos años, «han aumentado las consultas por patologías articulares traumáticas y degenerativas, coincidiendo con el aumento de actividades deportivas de frecuencia e intensidad excesiva». Como médico de Cirugía Ortopédica y Traumatología en el Hospital de la Serranía de Ronda, está acostumbrado a tratar con lesiones articulares y explica como se producen a causa de un exceso de ambición: «Debemos hacer un símil entre una articulación y la bisagra de una puerta. Si la bisagra tiene poco uso probablemente se oxidará y no tendrá buena movilidad, pero por el contrario, si esa bisagra es sometida diariamente a un uso repetitivo e intenso, seguro que aparecerán problemas de desgaste en menos tiempos de lo que sería lo habitual». Sobre la práctica del running insiste en que, al correr, «las rodillas, que son articulaciones de carga, sufren continuos microtraumatismos que pueden ocasionar a corto plazo lesiones meniscales y ligamentarias, y a largo plazo, degeneración del cartílago que desencadenará una artrosis de rodilla». Para González Pisano la ecuación es simple: «El deporte es saludable, pero en exceso puede resultar peligroso para el cuerpo».

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