La verdad sobre los bebés robados

"Hijo mío, sólo quiero darte un abrazo. Yo no fui"

Margarita Fuentes no recuerda nada de su parto porque desarrolló una eclampsia que casi acaba con ella - Por eso no pudo ver nacer a su hijo, que pesó 5 kilos y, según vieron, sano - A las horas les dijeron que había muerto

14.05.2017 | 14:08
La familia Romero Fuentes busca a un hijo nacido el 20 de diciembre de 1975.

En diciembre de 1975 Margarita Fuentes creyó morir dos veces. La primera, el día 20, cuando estuvo, literalmente, en la delgada línea entre la vida y la muerte. La segunda, el día de Nochebuena, cuando su marido José le dijo que su niño, su primer hijo, había fallecido.

Esta malagueña de 68 años recuerda cada detalle de aquellos días de ingreso en el Hospital Carlos Haya como si se hubiera puesto de parto ayer mismo, no hace casi 42 años.

Pero en su caso se dan dos características que hacen que aún tenga mejor memoria: es madre, lo que ya de por sí le confiere esa capacidad y, durante años, la supuesta muerte de su hijo es lo único que puede recordar al detalle de aquellos días, porque todo lo demás se encuentra enmarañado en su mente, oculto en una nebulosa que le quiere indicar que hay recuerdos que, quizás, es mejor olvidar. Durante años se ha cuestionado por qué el destino le arrebató a su hijo. La muerte nunca tiene una buena respuesta pero, en su caso, las incógnitas se multiplican. Su pequeño se iba a llamar Iván pero su delicado estado de salud le impidió verlo nacer y conocerlo en el nido.

La complejidad de su historia es eminentemente sanitaria. No sólo tuvo la mala fortuna de desarrollar una eclampsia que casi la mata, también tuvo la desgracia de tener un hijo que pudo ser objeto de la trama de bebés robados. Como muchas otras madres, no se dio cuenta de que podía ser víctima del robo de su hijo hasta que escuchó decenas de historias, todas parecidas entre sí y con dos denominadores comunes: familias destrozadas por una muerte temprana e inexplicable y un cúmulo de irregularidades. Eso le hizo dudar y, más tarde, creer firmemente que su hijo no había muerto, sino que probablemente había sido vendido a una familia pudiente que no podía tener hijos.

Era el final de la dictadura franquista y ella, una mujer trabajadora. Acudió a cumplir con su contrato hasta el mismo día del parto, que estaba previsto para el 25 de diciembre. Vendía en la tienda de la fábrica de embutidos de García Agua y su marido era matarife. Se habían conocido allí, aunque, causalidades de la vida, habían sido vecinos de Cártama Estación toda la vida y sus madres se conocían desde que estaban embarazadas.

Su pequeño Iván nació nueve meses y un día después de su boda. Era un niño deseado, fruto del amor de dos trabajadores que querían formar una familia a la que, con su esfuerzo y desvelo, no le faltaría de nada. Como José trabajaba en el turno de noche, Margarita esa noche se fue a dormir a casa de sus padres, «por si acaso», cuenta.

A las tres de la mañana rompió aguas. Pidió a sus padres que no llamaran a su marido para que pudiera dormir unas horas cuando concluyera al alba su jornada laboral. La llevaron al Hospital Carlos Haya y, según entró, les dijo: «Marcharos a casa que esto lo tengo que hacer yo sola». Recuerda cómo se metió en el ascensor de la derecha y subió a que la reconocieran. La encamaron pero, una vez allí, percibió que su estado de salud no era el de un trabajo de parto normal. «Además de las contracciones me dolía muchísimo la cabeza y se me quitó la vista, me quedé sin ver», recuerda la mujer, que cuenta cómo una enfermera entró y se mofó de cómo vivían los partos las primerizas.

A las 8 de la mañana la llevaron al paritorio. «Un médico alto, de unos 60 años, con un bigote cano recto me dijo que se iba a tomar café y que, cuando volviera, iba a conocer a mi hijo». Pero ella sentía que algo no iba bien. «No recuerdo nada más, me quedé muerta en el potro aquel y hasta varios días después no desperté en la UVI», cuenta. Había tenido eclampsia, una enfermedad que cursa con convulsiones seguidas de un estado de coma y que suele ir precedida de otras afecciones como hipertensión.


Mientras Margarita se debatía entre la vida y la muerte, su madre llamó al hospital. Le dijeron que su hija había tenido a un niño sano, y muy grande, que había pesado más de 5 kilos. La familia se fue a toda prisa a Carlos Haya para conocer al bebé y para interesarse por la madre. Ahí empezó una carrera de obstáculos en la que los nervios y los miedos se apoderaron de esta familia de Cártama Estación. Les costó saber dónde estaba la madre y qué le ocurría. Una vez fueron informados de la complejidad de su estado de salud y de la importancia de esperar para ver su evolución, se fueron al nido a ver al bebé. «Le estaban dando un biberón y estaba muy sonrosado, muy grande, muy bonito», le contó después su marido, que al poco recibió una llamada en la que le informaron de que su hijo tenía una afección de corazón. Por la tarde, José volvió con una amiga de la familia para verlo. Seguía allí, según contó, lozano, sin cables o medicamentos, «como un niño normal».

Pero esa misma noche, de madrugada, le llamaron. «Tu hijo se ha muerto, ¿te acuerdas de que te dije que estaba malito?», le dijo un pediatra por teléfono. La familia se personó en el hospital y exigió ver al niño. Pese a la insistencia, no lo consiguieron. «No se puede ver al niño, olvídese de él», le dijeron a José.

El pequeño fue enterrado en San Rafael. Su familia le procuró un nicho en el que se leía «Feto de Margarita Fuentes». Les costó 8.000 pesetas y, como todas las tumbas, ha desaparecido al hacerse un parque. Nunca podrán saber si había restos y, si los había, cotejarlos con su ADN. Además de que su hijo estuviera aparentemente sano, la familia Romero Fuentes tiene la prueba de que no les contaron la verdad: en los papeles pone que el bebé murió a las dos horas de nacer y, sin embargo, lo hizo casi 24 horas después.


Margarita Fuentes tuvo a sus otros dos hijos lejos de Carlos Haya. «No quería por nada del mundo que nacieran allí». Ahora, busca con la mirada a un hombre de casi 42 años que cuando nació era rubio y que pueda tener un remolino en la frente, porque sus otros dos hijos lo tienen. Tiene la esperanza de encontrarlo, y aunque el tiempo juega en su contra, espera tenerlo delante, aunque sea, unos minutos. «Y le diré: hijo mío, solo quiero darte un abrazo. Yo te quería, yo no fui. Fueron unos granujas sin corazón», se lamenta la mujer hecha un mar de lágrimas, al tiempo que confiesa: «con eso me conformaría».

Legajo de aborto

Muerte. Pese a que son pocos sus documentos, es revelador que la muerte se sitúe a las dos horas de hacer y no como fue, casi 24 horas después de nacer.

Registro Civil. El legajo de aborto les hace dudar de la veracidad de la muerte de su hijo. El documento recoge dos irregularidades que han alimentado sus dudas. Por un lado, figura el nombre del médico que no asistió el parto, uno al que habían visitado de forma privada antes del nacimiento. La otra, que el recién nacido murió a las 2 horas de nacer, pese a que lo hizo a falta de cinco horas antes de que se cumpliera su primer día de vida.

Factura del cementerio

Nicho. La familia decidió poner un nicho a su hijo, pese a que estaba enterrado en el suelo. Pagó por ello 8.000 pesetas de entonces.

Cambio de lápida. La familia decidió poner un nicho a su hijo y sustituir la madera.  Tuvieron que poner la misma inscripción que habían puesto en el cementerio, «Feto de Margarita Fuentes». Allí estuvo durante años hasta que, un buen día, desapareció como el resto de tumbas porque San Rafael se convirtió en un gran parque. Nunca podrán cotejar los restos del nicho -si los había- con su ADN.

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