Memorias de Málaga

La liga que protegía al caballo

Málaga contó hace muchos años con una Liga de Protección al Caballo, cuya responsable era una señora inglesa que vivía en el Paseo de Miramar

01.10.2017 | 15:29
El rejoneador Andrés Romero, en la playa de La Malagueta en 2014.

La institución, bajo su mandato, terminó desbocándose

Como alguna vez he relatado en esta serie dominical, en el afán de encontrar material informativo que pudiera interesar a los lectores y radioyentes, cuando estaba en activo sentía la necesidad de salir de las cuatro paredes de la redacción y buscar temas, personajes, historias€ que no llegaban a conocerse porque nadie se ocupaba de buscar e investigar.

En una ocasión, y por haber recibido en la Redacción notas de una asociación anunciando rifas y reuniones para los aficionados o protectores de los caballos, decidí ponerme en contacto con la presidenta o responsable en Málaga de la Liga de Protección al Caballo. No fue ni fácil ni difícil localizar a la señora en cuestión. No hubo la menor sorpresa cuando supe que era una señora inglesa. No podía ser de otra manera, porque los ingleses son muy dados a fundar grupos o clubes para cualquier actividad, como los amigos de fumar en pipa, clubes de jugadores de bridge, ex jugadores de críquet, seguidores del Manchester City, ex alumnos de una universidad y otras asociaciones a veces pintorescas, como el caso de los fumadores de pipa.

Me puse en contacto con la señora responsable en Málaga de la Liga de Protección al Caballo, y me citó en su casa. Vivía en un espacioso piso del Paseo de Miramar, con terraza y jardín, grandes ventanales para que el sol llegara hasta el más apartado rincón, y si la memoria me es fiel, disponía de una chica de servir con cofia incluida. Era una señora de mediana edad, forma elegante de solventar el año que vio la luz por primera vez.

No recuerdo el nombre de la señora porque la entrevista grabada y radiada en Radio Nacional, como era habitual, se borró, y de aquella no queda nada. Ni el nombre de la señora. Y si me acordara lo omitiría por discreción.

Protección al caballo

La entrevista tuvo como escenario el salón de su casa, inundado de luz solar, y el diálogo se desarrolló con toda normalidad. Hablaba un buen español aunque revelaba su procedencia. Nos entendimos bien. Hizo un panegírico del caballo, el noble bruto, el servicio que presta al hombre, el maltrato que se le da en algunos países -entre ellos España- y la finalidad de la Liga que presidía en Málaga. Era una entusiasta del caballo y no comprendía cómo parte de la sociedad no protegía un animal que presta servicio a cambio de nada. Me recordó el desagradable espectáculo que se producía en la fiesta de los toros, obligando al caballo a participar en el sangriento espectáculo.

Como es natural le pregunté sobre las actuaciones de la Liga concretamente en Málaga, si se atendía a los caballos utilizados por los coches de alquiler, si los propietarios y cocheros apreciaban su labor, si encontraba colaboración o rechazo o desinterés por su labor€

Advertí que la dama, al preguntarle sobre los trabajos concretos de la Liga en Málaga y provincia, no me respondía como era de esperar; lugar donde se atendía a los caballos enfermos o maltratados, veterinarios o personas avezadas que cumplían la misión benefactora de la asociación, si se cobraba a los propietarios de los animales los servicios prestados, si recibían información sobre los casos de enfermedad o maltrato, etc. La Liga, rehuyendo las preguntas sobre sus actuaciones, me dijo que recibía determinada subvención concedida por otras Ligas existentes en Inglaterra.
Insistí en mi pregunta, sobre todo cuando quise saber en qué lugar de Málaga o provincia se atendían las demandas de ayuda, dónde estaba el local o clínica para realizar el trabajo, si tenían un veterinario de plantilla o se contrataban para cada servicio€

Me costó trabajo que me informara de algo tan natural como el funcionamiento diario de la Liga, la acogida entre los propietarios de los caballos a proteger€ y en especial el lugar donde se atendían las consultas. Después de muchos rodeos me dijo que la sede estaba en los portales Los Gómez, en la Carretera de Cádiz.

Finalizó la entrevista, no me convencieron algunas facetas de la Liga y no me molesté en acudir a los portales de Los Gómez para comprobar in situ las atenciones que recibían los équidos. La grabación se radió y aquí paz y después gloria.

Varias semanas después, Antonio Barceló Roldán, compañero en las tareas de Radio Nacional, y que era colaborador de asociaciones protectoras de animales, me contó que la responsable en Málaga de la Liga de Protección al Caballo había sido cesada porque el dinero que recibía para desarrollar su labor lo utilizaba para vivir mejor, un ayudita a su pensión o retiro. No protegía caballos. El único animal protegido era un animal racional, o sea, ella.

Las capillitas

Uno de los recursos que utilizan parroquias, congregaciones religiosas, conventos, centros benéficos, grupos de benefactores que ayudan a recaudar fondos para llevar a cabo sus actuaciones humanitarias es el de las huchas o capillitas con una reproducción de una de las muchas advocaciones de la Virgen. Huchas de este tipo se colocan en establecimientos comerciales, lugares de ocio, bares y restaurantes€ que sustituyen a los antiguos limosneros que iban de un lugar a otro pidiendo ayuda para poder desarrollar su labor a favor de los necesitados.

El último limosnero que recuerdo en Málaga era un hermano que recorría la ciudad recogiendo limosnas para un centro de acogida instalado cerca de Parcemasa, en Los Asperones. Era muy conocido y se le veía a diario por las calles pidiendo para atender a los niños acogidos en el centro.

Como la picaresca no tiene límites, y para sacar dinero o engañar a los incautos hay tantas fórmulas como tunantes, hace unos sesenta años deambulaba por las calles de Málaga un individuo que portaba una de aquellas capillitas con la imagen de un santo o una Virgen pidiendo limosnas.

Alguien descubrió que no solicitaba limosnas para ningún convento en concreto. Lo que recaudaba era para él. Vivía pobremente con lo que recaudaba en sus largas caminatas visitando comercios, subiendo a viviendas, acercándose a viviendas de planta baja€ Un señor que conocía o creía conocer al avispado recaudador de limosnas, todos los meses depositaba su óbolo en la capillita que disponía de un espacio para recoger las monedas. Le decía a su familia que no dejara de echar alguna moneda cada vez que acudiera en su ayuda. «Si no le doy algo, a lo peor se enfada y no viene más».

Hoy, por lo que intuyo, ese tipo de engaños o timos apuntan a niveles más altos. En los comercios no es extraño encontrar huchas de asociaciones que merecen toda confianza porque están identificadas; los timadores y tunantes recurren a otras técnicas más con los tiempos que corren, como hacerse pasar por empresas relacionadas con servicios tan necesarios como el gas, la electricidad, el butano, el agua€ accediendo a los domicilios de jubilados y al amparo de que hay que cambiar la válvula o goma del butano o leer el contador de la luz o el gas, engañan al más pintado.
Pero también hay otro tipo de engaño de altos vuelos como las cláusulas de suelo a la hora de concertar una hipoteca, los bonos y acciones preferentes y todo el entramado bancario que unos y otros sufren por la dificultad que entraña cualquier gestión dineraria.

La letra chica

Otra forma de engañar al personal es el socorrido de la letra chica o pequeña de los contratos que se firman con un banco, compañías de seguros, empresas de mantenimiento y servicios en general. La letra chica no la lee nadie porque es pequeñísima, un texto engorroso, con signos aritméticos que uno ha olvidado con la raíz cuadrada, que en caso de recurrir a la justicia los tribunales competentes serán de Madrid o Barcelona y, en suma, que el firmante lleva todas las de perder.

Hace tres o cuatro años, una de esas empresas que utilizan la letra pequeña para informar al cliente, me remitió el contrato a firmar con letras microscópicas. Intenté leer las condiciones del contrato a firmar, y al fracasar en el intento, escribí a la empresa pidiendo educadamente que me remitieran una lupa para leer esas condiciones.
No me contestó.

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