Entrevista

"El comunismo como ideal seduce porque funciona como una religión"

Entrevista al politólogo malagueño Manuel Arias Maldonado en la que analiza varios tema, incluyendo la situación política de Cataluña

03.11.2017 | 16:19
El profesor Manuel Arias Maldonado.

El politólogo malagueño y profesor de Ciencia Política de la Universidad de Málaga acaba de participar en un ciclo sobre el centenario de la Revolución Bolchevique. En la entrevista analiza también la situación política de Cataluña - "En Cataluña veremos un debilitamiento del independentismo y un regreso al catalanismo que demanda una reforma constitucional y no una ruptura que se ha demostrado imposible"

­El politólo, sociólogo, profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y ensayista malagueño Manuel Arias Maldonado acaba de participar en un ciclo sobre el centenario de la Revolución Bolchevique y analiza la situación actual de la izquierda en España y de la crisis desatada en Cataluña.

¿Referirse a los 100 años de la revolución bolchevique desde «el discreto encanto de la ideología» es una forma de decirnos que hechos como aquellos son ya imposibles, que tenemos que acogernos al barniz sociocultural que exhalan y nada más?
No exactamente. Desde luego, son hecho irrepetibles, precisamente porque ya han tenido lugar: carecen de la ventaja que entonces suponía la novedad de unas utopías totalizadoras aún vírgenes; esa inocencia ya no es posible mantenerla. Pero lo que quiero explicar a través de la noción de la ideología, y de su encanto, es la permanencia del ideal comunista a pesar de su fracaso práctico. Y para ello, para entender por qué el comunismo como ideal sigue seduciendo, aunque desde luego mucho menos que en el pasado, recurro a los aspectos afectivos de la ideología, que funciona en la práctica como una religión política y satisface el deseo de trascendencia, de sentido, que parece traer consigo el ser humano.

¿Sirve este centenario para perdonar o exculpar al comunismo de ciertas debilidades del exceso de poder?
Es difícil saber para qué servirá el centenario, dudo que, incluso en un momento histórico en que el capitalismo parece experimentar una cierta crisis de legitimación debido a la Gran Recesión, el viejo ideal comunista pueda obtener un apoyo masivo o, ni siquiera, significativo. Pero la distancia que empieza a separarnos de la revolución bolchevique debería, justamente, ayudarnos a verla con nuevos ojos; más distanciados y acaso más objetivos, separando con más claridad sus distintas fases, lo que incluye a la propia historia de la URSS. Exculpar al bolchevismo, con su cuenta de resultados en la mano, parece más complicado.

¿Qué pasará finalmente con el socialismo real de China? ¿Asistiremos a una revolución a favor de las libertades, o su modelo de capitalismo rojo acallará los descontentos en este sentido a través de bienes y consumo?
Digamos que ese último estadio de igualdad social al que los leninistas no llegaron China es un caso peculiar. ¿Es el comunismo la esencia ideológica del viejo Imperio, o más bien el instrumento que emplea éste en su actual fase histórica para gobernar y modernizar esta vieja, vasta y potente sociedad? Piense que el PCC puede interpretarse también como un mandarinato, lleno como está de ingenieros que ponen en marcha una suerte de despotismo ilustrado con características chinas. La gran pregunta es si la diversificación social podrá ser gestionada por un sistema de partido único o si más bien la pluralidad que trae consigo la riqueza exigirá de un proceso político donde los intereses de distintos grupos sociales puedan competir entre sí. Quién sabe. Tal vez la cultura política oriental otorgue prioridad a la armonía colectiva sobre los derechos individuales; o tal vez, más prosaicamente, el pueblo chino tiene demasiado fresca la memoria de los traumas de su doloroso siglo XX como para ponerse a luchar por la democracia. Todo parece, por ahora, atado y bien atado.

¿Qué rescataría usted de aquellos bolcheviques de 1917? ¿O se queda con la moderación de los mencheviques?
El problema del bolchevismo fue siempre su intransigente radicalismo, que derivaba de una concepción cerrada de sociedad presentada, a su vez, con credenciales «científicas». Poco hay que rescatar ahí, salvo acaso la nobleza del ideal en un contexto de pobreza y rigidez institucional inimaginable en la Europa del siglo XXI. En ese contexto, los mencheviques representan una vía más amable hacia el socialismo, que por lo demás fue siempre un objetivo discutible. Leyendo a Marx, filtrando a Marx, quizá haya que concluir que sus objetivos políticos no han encontrado expresión mejor y más eficaz que la socialdemocracia que él mismo criticara...

Para cerrar este capítulo,¿no resulta fascinante cien años después esa sincronía entre pensadores, proletarios, campesinos y filósofos para cambiar un mundo de siervos analfabetos?
Esa sincronía es solo aparente; los intereses de esos distintos grupos sociales no eran idénticos más allá de precipitar la caída del zar Nicolás II y modernizar el país. Pregunte usted a los kulaks o a los campesinos ucranios... Dicho esto, la existencia de ese bien definido enemigo -todavía más durante la guerra civil- hizo posible una coalición no exenta de tensiones -por ejemplo entre bolcheviques, mencheviques y socialistas radicalesque se mantuvo como tal hasta principios de los años 20. Pasado ese momento, el desorden económico y el desorden social dieron paso decidido a una doctrina leninista basada en la mano dura del partido comunista y el aplastamiento de las disensiones. Con todo, la fuerza del ideal comunista se mantuvo viva porque representaba la mejor esperanza de modernización y mejoramiento para un amplio número de rusos.

¿Dirige hoy la política el cabreo de los ciudadanos?
Sin la indignación y otros sentimientos similares no podemos explicar la vida democrática occidental ahora mismo; es un efecto directo de la Gran Recesión. Pero tal vez la emoción política dominante sea el miedo: a la globalización, a la inmigración, al cambio climático. En una palabra, a un futuro que se percibe como amenazante; algo que desde luego no sucedía en la época de las grandes utopías políticas.

Todo el mundo habla en Cataluña de una radicalización o una conversión en nacionalistas plenos de unos votantes moderados que se han hartado por el desprecio. ¿Resulta razonable la versión?
No. Nadie les ha despreciado: más bien ha habido unas elites nacionalistas que han alimentado la idea de que Cataluña no es atendida, escuchada o querida. Es un sentimiento mediado, construido. Y el éxito de ese proceso obedece a la inédita convergencia del nacionalismo tradicional y el populismo contemporáneo, juntos ambos en la creación de ese gran chivo expiatorio que es «España».

¿Tiene qué ver todo esto con una crisis de la democracia?
La democracia siempre ha estado en crisis y siempre hemos temido vivir una crisis de la democracia. Me parece más exacto apuntar hacia una infantilización ciudadana que, en buena parte debido al impacto de las redes sociales y el «empoderamiento» que de ahí se deriva en un contexto de zozobra económica y transformación social, entiende literalmente la frase «gobierno del pueblo» y reclama una democracia directa, rechazando en cambio el mecanismo liberal de la representación y demás mecanismos de control del poder.

¿Quizás una evaporación del representante político clásico y, en su lugar, comunidades digitales cambiantes, nada cautivas?
Las redes sociales tienen algo que decir en este proceso. Los ciudadanos se sienten protagonistas del proceso político con un smartphone en la mano y demandan participar en la toma de decisiones, malinterpretando con ello el significado de la palabra democracia. Las redes sociales hacen más complejo el proceso de formación de la opinión pública, facilitando la autocomunicación de las masas, pero sería peligroso derivar de ahí la conclusión de que debemos establecer una relación directa entre redes y gobierno.

¿Con líderes como Trump, Babis en Chequia, Putin, Macron desaparece la vieja división entre izquierda y derecha y surge un oportunismo sin complejos, más allá del mero populismo con sus ´posverdades´.
No situaría yo a Macron en la misma liga que a Trump y Babis, ni extraería del auge del populismo que representan estos últimos la desaparición de la división entre izquierda y derecha. A fin de cuentas, hay populismos de izquierda tanto como de derecha. Pero Macron, y con Macron los propios temas alrededor de los cuales gira el conflicto político contemporáneo, sí sugiere que la distinción entre izquierdas y derechas es demasiado simple para la complejidad del mundo del siglo XXI. Nacionalismo/cosmopolitismo, populismo/pluralismo, antiliberalismo/ liberalismo son ejes mucho más útiles que el tradicional izquierda/derecha.

Vuelvo a Cataluña: ¿cuál va a ser la consecuencia? ¿Un crecimiento del voto que aspira a la seguridad, o la tendencia hacia la novedad, la incertidumbre?
Sin duda, un debilitamiento del independentismo y un regreso al catalanismo que demanda una reforma constitucional y no una ruptura que se ha demostrado imposible e ilegítima. Pero tampoco hay que esperar una debacle del independentismo: si el nacionalismo vasco mantuvo su fuerza pese a los 800 muertos causados por ETA, no se ve por qué el procés tendría que debilitar en exceso al nacionalismo catalán.

¿Hasta qué punto hay en España un sustrato republicano que conectaría, precisamente, a través de la guerra civil con el apoyo de la URSS comunista?
A partir de cierto momento, indudablemente, la guerra dejó de ser el conflicto entre golpistas y demócratas para convertirse en una lucha entre fascistas y comunistas. En cuanto a la existencia de un sustrato republicano fuerte en la sociedad española, yo no lo exageraría: algo hay, sin duda, pero no tanto. Tampoco es que haya mucho monárquico; más bien, una mayoría que piensa que la monarquía no molesta si tampoco molesta a los suecos y tiene, como se ha visto con la crisis catalana, alguna contribución simbólica que hacer.

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