Malagueños en la Reserva

Malagueños en la reserva militar

La provincia de Málaga cuenta con unos 300 civiles en la Reserva Voluntaria que, de forma puntual, prestan su servicio al Ejército

26.11.2017 | 09:40

Los reservistas coinciden en resaltar que su experiencia les ha servido para ser mejores personas en la vida - ¿Cómo son las Fuerzas Armadas desde dentro? ¿El día a día en una comandancia se cose entre los valores aclamados que se resisten a desaparecer? Son médicos, abogados, enfermeros, policías, ingenieros... Todos buscan la misma respuesta y comparten un sentimiento de patria. Durante un tiempo determinado al año se ponen el uniforme militar y prestan servicio dentro del Ejército. Son reservistas que colaboran con las Fuerzas Armadas. Buscan cumplir con el compromiso del deber y encuentran él un sentido en un mundo que se les antoja fascinante

Los protagonistas no se conocen pero todos comparten el mismo hilo conductor. Un hilo que sigue intacto y sin deshilachar. Si se acercan tiempos oscuros, que no sea porque ellos no han puesto su grano de arena. Patriotismo corre por sus venas y se extiende por todo el cuerpo como la adrenalina cuando estás a punto de ser atropellado. ¿Patriotismo? Sí, una de estas palabras de la que hoy muchos se avergüenzan, pero que a ellos no les produce sonrojo alguno reivindicar. Todo lo contrario. Donde algunos sitúan el origen de los actuales problemas mal resueltos, ellos ven una razón para morir de pie.

Forman parte de un club que identifica a sus miembros por una serie de valores que no se exhiben gratuitamente pero que se llevan anclados en el corazón. En la provincia de Málaga hay unos 300. No van de etiqueta y ven en el que viste de uniforme a alguien en quien confiar. El mismo uniforme que ellos se enfundan una vez al año, durante un tiempo limitado. El momento en el que cambian la bata blanca, la americana o la toga por una vestimenta de color caqui. Los protagonistas pertenecen al Ejército y su club se llama Fuerzas Armadas Españolas.

Aunque en su otra vida ejerzan de médicos, enfermeros, ingenieros, abogados o policías, todos se han enrolado como reservistas voluntarios. Una figura que permite aprovechar las aptitudes de los civiles en sintonía con las necesidades que presenta el Ejército en cada momento, y cuya presencia en sus filas ha cobrado especial relevancia desde que las Fuerzas Armadas se convirtieron en un ejército profesional bajo el amplio paraguas de la OTAN.

Si quieres la paz, prepara la guerra. Si vis pacem, para bellum dice la máxima en su versión original en latín. Las convicciones filosóficas se pueden revisar cuando lo permite el conocimiento a raíz de las experiencias. Es lo que distingue a la ciencia del pensamiento de la religión. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando se nace en una sociedad en la que la gran mayoría de las personas que la componen cree que la paz es una especie de estado inherente? Pues que se podría incurrir en el error de pensar que se trata de un estado inherente. Los libros de historia acumulan una infinidad de páginas bélicas. Su lectura enseña que la libertad sólo es posible si la seguridad lo impide y las Fuerzas Armadas reclaman para sí ser esa divisa.

Si es así, ¿qué esperamos entonces de un soldado? Tiene que defender a su patria, qué duda cabe. Debe mostrar valentía, también. Y nunca dejar atrás a un compañero que requiere tu ayuda, por supuesto. Para los malagueños que protagonizan estas páginas el ejército está muy lejos de aquella imagen distorsionada que va de una empresa gigante que vive del conflicto, a la vez que ingiere enormes cantidades de recursos públicos. Sus voluntades son la de cumplir con los valores que se acaban de citar. Para ellos el ejercito es una institución que no claudica a las alcantarillas de una sociedad que ha hecho del egoísmo su bandera y que no distingue entre el bien y el mal. Cada uno tiene su profesión, su familia y su trabajo, pero lo aparcan una vez al año para adentrarse en primera fila.

José Luis Gutiérrez es uno de ellos. Este ingeniero de caminos tiene 47 años y se integró por primera vez en la Reserva en 2009. Desde entonces, pertenece a la Subdelegación de Defensa de Málaga, pero sus misiones en el Ejercito de Tierra le han llevado a diferentes destinos en España. Las estancias varían según cada persona, pero van desde un mínimo de dos semanas y se pueden prolongar hasta los ocho meses. En su caso, José Luis confiesa una predilección por las islas. Ha estado en reiteradas ocasiones en Tenerife y su próximo destino será Palma de Mallorca.
Detalla con precisión didáctica a la figura del reservista y explica como se produce una vez al año el cambio de estado abrupto desde que entra en los cuarteles: «Cuando me incorporo, mi vida pasa a ser de civil a militar, lo que también implica que te juzgan los tribunales militares. Desde el primer momento estás sometido a la jerarquía militar. Yo entré de alférez». El rango con el que se estrenan los reservistas depende, en gran parte, de su titulación. Aunque en el caso de José Luis sea una licenciatura, no significa, en absoluto, que se requieran estudios superiores. «El ejército es como un mundo duplicado. Todo lo que tú te imaginas en la vida civil, existe en la vida militar», precisa. Eso significa que hacen falta albañiles, jardineros o fontaneros. El único requisito imprescindible es el de tener el sentimiento de patria en su punto exacto. Una relación en consonancia para José Luis con «los valores antiguos como el respeto y el orden», que en las Fuerzas Armadas, asegura, aún no han sucumbido. A nivel personal, la gratificación que siente trasciende a la del deber cumplido. «Me siento en paz conmigo mismo, pero en un sentido a nivel interno», dice.

Un engranaje que funciona

Si alguien cree que los reservistas pudieran constituir una especie de cuerpo extraño por su condición de civiles, la visión de los militares de carrera refutan esta idea desde dentro. Juan Antonio Díaz es un coronel de Infantería afincado en Málaga. Una de estas personas que encarnan los valores que a veces se echan tanto de menos. Alguien de quien te puedes fiar con sólo darle la mano. «En el ejército, a veces, nos encontramos con dificultades para ocupar ciertas posiciones con militares de carrera. Sobre todo, en el apartado de la sanidad», explica. Aunque admite que en situaciones muy puntuales puedan surgir reticencias entre los compañeros, «a los reservistas se les da la bienvenida con los brazos abiertos y, aunque se les someta a la disciplina militar se les ayuda mucho». «Uno de los principales beneficios es que se les transmite el espíritu de sacrificio, la honestidad y la honradez. Unos valores que luego trasladan a su entorno», subraya el coronel Díaz.

Aplicar sus conocimientos sanitarios como enfermera también ha sido durante muchos años el cometido de Adela Carrillo. En 2007 entró como reservista en la Legión para cumplir con un sueño que se había cultivado a través de decenas de desfiles por las calles malagueñas. «Veía a la Legión y me emocionaba con sus gestos, con esa fuerza que irradiaba, y siempre he querido saber lo que hay detrás de esa grandeza», explica Adela los motivos que le llevaron a presentarse las pruebas para reservistas que se convocan, todos los años, a través del Boletín Oficial del Estado (BOE).
El día que le comunicaron que ingresaría en la Legión, relata, lloró «como una magdalena». Siempre activada en Viator, recuerda las sensaciones que experimentó cuando se enfundó por primera vez en el uniforme militar: «El día que me vestí, ese día, me sentí como una novia con el compromiso de amor y lealtad hasta la muerte». Como en ninguna otra casa, asegura Adela, ha experimentado tantas sensaciones positivas. Hasta el punto, asegura, desde su estatus como legionaria de honor, que «siempre estaré en deuda con las Fuerzas Armadas por todo lo que me han aportado». «Yo he visto en la Legión todos los valores que puede buscar una persona idealista», apuntilla.

Ignacio Rivas, licenciado en Derecho, 53 años, también se alistó por primera vez en 2007. «Tras una formación de 14 días, comienza la andadura». Su trayectoria le he llevado hasta Gerona o a Morón de la Frontera. En la base sevillana es donde más tiempo ha pasado. Ignacio resalta «el sentimiento de patria, el compañerismo y el lazo que se crea por pertenecer a las Fuerzas Armadas». «Los reservistas aportamos nuestros conocimientos, pero no somos ninguna competencia», explica. Una prueba de ese compañerismo es, precisamente, la actual relación de amistad que mantiene con Antonio Flores, un sargente del Ejército del Aire. Antonio tiene 51 años y trabaja como Policía Local en Torremolinos. «Es compartir valores con personas de toda índole y de distintas edades, pero que piensan igual que tú», resalta, sobre todo, el compañerismo que se vive dentro del Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo (EADA) en Zaragoza. «Mi suerte ha sido la de entrar en una unidad de las más operativas en España», se congratula. Eso, en la práctica, significa que Antonio ha podido ver en primera persona lo que la gran mayoría sólo conoce de la pantalla de cine. Lo que sea que tengamos que ver, en eso coincidirían todos, que sea con las Fuerzas Armadas intactas. Si quieres la paz, prepara la guerra. Si vis pacem, para bellum. O eso, o objetor de conciencia.
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