03 de febrero de 2018
03.02.2018
Málaga, 1936

Tras la pista de Walter Reuter

El gran fotoperiodista alemán residía en Málaga cuando estalló la Guerra Civil

20.02.2018 | 16:54
El fotógrafo alemán con su hijo Jasmin, que nació en Málaga.

Acabaría exiliado en México, tras muchos avatares, y después de escapar en 1942 de un campo de prisioneros en Argelia

Que Paco Herrera quien me puso sobre la pista de Walter Reuter, una tarde de otoño, hace pocos meses, tras una conferencia sobre los sucesos de Málaga de 1923 que alguien aprovechó para escribir un artículo como si fuera suyo propio, sin citar la fuente. Paco Herrera forma con Antonio Fernández y Aida Ferreras el núcleo duro de una página de Facebook, Historia de Málaga, que congrega a varios miles de personas interesadas en el tema, y que sirve de inspiración nunca citada a media docena de periodistas y escritores de articulillos, plagiados sin decirlo de sus entradas siempre interesantes.

El caso es que Paco me habló de Walter Reuter y yo no sabía nada del tema. A finales de agosto de 2017 tuvo mucha repercusión nacional una noticia: la recuperación del archivo de la guerra civil del fotógrafo alemán, que había sido descubierto en una lata en casa de Guillermo Fernández Zúñiga. Las 4.000 fotos aparecidas, catalogadas por Aku Estebaranz -no dejen de visitar su blog, Arqueología de imágenes-, constituyen un preciado tesoro y un material precioso para la reconstrucción visual de la guerra civil, a través del objetivo experto del fotógrafo alemán. El mismo que llegó a Málaga huyendo del nazismo y que acabaría sus días en México, como un exiliado español más, después de haber aportado su inmenso talento al mundo fotográfico de aquel gran país hermano.

Walter Reuter en Málaga

Seguir el rastro de Walter Reuter es una tarea más que periodística, casi propia de un investigador concienzudo. Según cuenta él mismo en una larga entrevista concedida a John Mraz y Jaime Vélez, publicada en un libro escondido (El viento limpia el alma, editorial Lungwerg, 2009), «el 30 de enero de 1933 Hitler tomó el poder; el 27 de febrero quemaron el Reichstag como pretexto para detener a toda la gente de izquierda; el 13 de marzo salí de Alemania en traje de nazi, bueno, medio nazi, acompañado de mi compañera judía Sulamith Siliava y de otra muchacha alemana. Nos fuimos a España caminando y de autostop, pasando por Francia. Llegamos a Madrid el 1 de mayo de 1933».

Cansados de la política y de los riesgos que habían corrido en Alemania, los fugados se dedican a cantar en las calles, y de eso vivieron durante un año y medio. En palabras de Reuter, sus dos compañeras eran muy listas, y como hablaban inglés y francés se aclimataron mucho antes a la vida española. El trío se disolvió cuando Sulamith se quedó embarazada: los Reuter decidieron instalarse en Málaga, donde él ejerció como fotógrafo de la alta sociedad malagueña y de los acaudalados turistas británicos de la época, mientras que la otra chica (Margarethe Zimbal) se fue con un amigo a Mallorca.

Unas fotografías consultadas en el archivo de la Biblioteca Nacional incluyen una dirección malagueña al dorso: calle Cister, 5. Puede que instalase allí su estudio fotográfico Walter Reuter, cuyo primer hijo nació en Málaga a principios de 1934. Reuter y su mujer decidieron llamarlo Jasmin, sin duda influidos por la biznaga malagueña y su agradable olor, tan propio de nuestras cálidas noches veraniegas.

Sigue el testimonio de Reuter: «en Málaga conseguí una cámara más grande para los retratos de familias, pero cuando comenzó la guerra, en 1936, mandé a mi mujer y a mi hijo en un barco inglés a Francia, porque allí vivía su mamá con otra hija, y yo entré en las Juventudes Socialistas Unificadas, Grupo 34. Con mi traje blanco, porque no tenía otro. Llevaba un brazalete y una pistola. Estaba luchando, pero eran luchas raras, de muchas caras: anarquistas, socialistas, comunistas, todos juntos; hombres, mujeres y un comandante. Tomamos varios pueblos, pero combate había muy poco, sólo cuando la Guardia Civil resistía, y si olían a pólvora los fusilaban, pero si no los dejaban sueltos. Hasta que pasó un incidente. Después de dos meses, tomamos un pueblo, luchando todo el día, mañana y tarde, con hombres y mujeres heridos, no recuerdo si también muertos. Los once guardias civiles que lucharon contra nosotros al final no pudieron más y los tomamos prisioneros y el comandante dio orden de fusilarlos. De pronto dijo: «¡Tú, rubio, entra en el grupo!» Y le dije: «Mire, comandante, yo vine a luchar, pero no a fusilar. Tú puedes echarme». Y me retiré. Pero como no tomé mi fusil, cuando me retiraba, con mi traje blanco (que fue blanco), vinieron todas las mujeres y los niños pidiéndome salvarles la vida a sus familiares al creer que yo era el médico. Y me desmayé».

Andrés Iduarte entra en acción

Walter Reuter despertaría en Málaga, a 60 u 80 kilómetros del pueblo de marras, no identificado. Lo hizo en casa de Andrés Iduarte, mexicano que también entonces residía en la ciudad, personaje crucial en su vida: allí, cuidado por la mujer de Iduarte, Graciela, tuvo su primer contacto con México y su cultura. Sería un momento realmente decisivo.
Iduarte había llegado a España con el encargo de recoger en La Coruña unas patrulleras encargadas por su gobierno a los astilleros españoles. Pero el inicio de la guerra civil impidió formalizar la misión y acabaría en Málaga, con el encargo de escribir un libro para la editorial Espasa-Calpe. Intelectual y ensayista muy respetado en México, en 1955, siendo director general del Instituto Nacional de Bellas Artes de su país, sería destituido por permitir que el féretro de Frida Kahlo, velado en la institución que dirigía, fuese cubierto por la bandera del partido comunista, lo que desató un gran escándalo nacional.

Andrés Iduarte acababa de llegar a Málaga cuando estalló la guerra civil. Escribió una lista abundante de crónicas sobre la guerra, publicadas en 1993 por el Gobierno del Estado de Tabasco (En el fuego de España). Una de ellas se refiere expresamente a Málaga, y fue enviada en agosto de 1936 para ser publicada en la revista Universidad Obrera. En ella habla con pasión cómplice de los desórdenes de Málaga y cuenta cómo su propia residencia se salvó del fuego. Escribe un largo párrafo inflamado: «¿Fue providencial la protección que le dieron al que escribe estas páginas? No: el pueblo tenía una puntería certera. ´No tocar la casa de estos compañeros?´ A ´estos compañeros´ -a mi esposa y a mí-, que junto a ´las turbas´ recorrimos todo Málaga, las juventudes nos dieron compañía toda la mañana. No era yo conocido en Málaga -acababa de llegar para dar una conferencia en la Sociedad Económica- y los jóvenes socialistas creyeron necesario que me acompañase quien pudiera identificarme. Del jardín de una casa que ardía, un obrero corrió a traer a mi mujer un ramo de flores: para cosa tan poco sangrienta usó su tremenda navaja. Otro me obsequió como recuerdo su estrella roja. Uno de los jefes, por recomendación mía, impidió la quema de una residencia. Y el grupo que me acompañaba, ya en mi casa, se negó a tomar un vaso de vino y conversó conmigo sobre textos revolucionarios. Ésos eran los energúmenos, las bestias, los ebrios que pinta la prensa reaccionaria de aquende y de allende el mar».

El testimonio de Iduarte, su clara militancia, alcanza en su ira a los que provocaron la guerra civil, identificados con el prototipo del señorito andaluz: «recordad vuestra vida de parasitismo, de manzanilla, de prostituta gitana y esposa fanática, de trueno y trampa por dentro y mentira y falsa virtud por fuera». Su libro merece una edición española, por su contenido y por su autor, testigo privilegiado de aquellos meses infames.

La conexión malagueña

La pista de Walter Reuter, sinuosa y esquiva, nos ha llevado hasta el domicilio de Andrés Iduarte. El mexicano escribe, ya en 1976, un bello artículo titulado Encuentro en Málaga con Juan Rejano, al que conocería en julio de 1936, y al que nunca perdió la pista ni la amistad. Juan Rejano era entonces (lo han escrito Fernando Arcas y Luis Sanjuán) uno de los principales animadores culturales de la ciudad, y estaba al frente de la sección de literatura de la Sociedad Económica de Amigos del País, «el foro cultural por excelencia de la ciudad». Walter Reuter también era amigo de Rejano, de Emilio Prados y de Altolaguirre, y todos ellos lo eran a su vez de Bernabé Fernández-Canivell, otro personaje clave en esta historia, anfitrión de Andrés Iduarte en Málaga.

Cristina Escrivá, en un libro precioso (Los ojos de Walter Reuter, 2012) desvela que con toda seguridad Prados, Altolaguirre y Reuter se conocieron en torno a la imprenta SUR, ya que en varias de las fotos de ingenios azucareros de Motril hechas por el alemán en 1935 aparece en el dorso el nombre de la afamada imprenta, la de Litoral y los primeros versos de la Generación del 27. Entre todos ellos darían cobijo a Reuter durante los primeros meses de la guerra, con su mujer y su hijo ya en Francia y él alistado en las milicias, sin más armamento que un traje sucio, una pistola y el deseo prodigioso de luchar contra la injusticia y por la libertad.

La situación en Málaga se complica, y corre el riesgo de quedar aislada. No se sabe a ciencia cierta cuándo abandonó la ciudad Walter Reuter: hay quien afirma que permaneció en ella hasta febrero de 1937, y que salió también en desbandada hacia Almería. Hay quien sostiene que se fue ya en septiembre de 1936. También en esa fecha se trasladó a Valencia el mexicano Andrés Iduarte. Lo cierto es que se le pierde la pista, aunque todas las pruebas apuntan a que dejó la capital malagueña en el último cuatrimestre de 1936, para no volver ya.

Mi hipótesis personal es otra. Los recuerdos del propio Reuter son difusos, ya que en una entrevista concedida a Octavio Nava y publicada en 2011 en el magacine Retina (seis años después de su muerte) afirma que «cuando los franquistas tomaron Málaga tuve que salir hacia Madrid, escondiéndome con un grupo que hacía arte».

Probablemente se refiera entonces a la ayuda que le ofreció Altolaguirre para salir de Málaga a finales de octubre de 1936, con los estudiantes de la FUE que habían representado en el Teatro Cervantes la obra Nuestra Natacha, de Alejandro Casona (tomo las fechas del gran trabajo de Fernando Arcas y Luis Sanjuán sobre Juan Rejano -Periodismo, política y cultura en la II República- editado en 2016 por Renacimiento). Se trata de una hipótesis que concuerda bien con su reaparición en Madrid en los primeros días de 1937.

Foto Walter

Hay más confusión que certezas en la reconstrucción de los pasos de Walter Reuter en los últimos meses de 1936. Sostiene Cristina Escrivá que trabajó en Madrid con Gabriel García Maroto, mano derecha de Álvarez del Vayo en la Comisaría General de Propaganda. Son semanas frenéticas: en noviembre el Gobierno de la República huye -o se traslada, según se vea- a Valencia y entre ambas ciudades se mueven muchos de los protagonistas de la Historia, y también de esta pequeña historia.

Lo que es seguro es que en algún momento, sin duda en Valencia y a finales de 1936, tiene lugar un contacto con Santiago Carrillo, que cuenta con él para el lanzamiento de la nueva etapa del diario Ahora, de origen liberal, incautado por los republicanos y dirigido hasta noviembre por Manuel Chaves Nogales, palabras mayores. La intención de Carrillo es la de convertir esta cabecera en el órgano de prensa de su poderosa organización, las Juventudes Socialistas Unificadas, que contaba con más de 200.000 miembros y era vital para el mantenimiento de la moral alta en la España leal. El 1 de enero de 1937 comienza la nueva andadura de Ahora, con numeración reiniciada. La afiliación de Reuter al Grupo 34 de Málaga de las JSU le allanaba el camino para unirse al nuevo proyecto.
Un rastreo minucioso permite avalar esta idea: en 1936 los reportajes gráficos venían firmados por Marina, Benítez Casaux, Albero y Segovia, Cervera o Almazán. En el ejemplar del 4 de enero de 1937 aparece la primera estampa con el membrete Foto Walter, y su presencia ya es ininterrumpida. Por ejemplo, ilustra un reportaje el día 5 firmado por Darío. La portada del ejemplar del 6 de enero es suya. El día 9 las fotos son de la zona de Guadalajara, el 14 del frente de Madrid y el 17 de la retaguardia valenciana. Hay doce fotos con su membrete en Ahora entre los días 4 y 17 de enero de 1937. Walter Reuter es uno de los grandes fotógrafos extranjeros de la guerra civil, a la altura y prestigio de Robert Capa, Hans Namuth, Georg Reisner, Katy Horna o David Szymin (Chim). De todos ellos fue el que más tiempo estuvo en España. Y por supuesto hay que mencionar su amistad con Gerda Taro -Gerta Pohorylle-, cuya última foto herida de muerte en Brunete acaba de ver la luz, y que escaparía de la Alemania nazi en 1934, un año después que Reuter. Cuenta el propio Reuter en la entrevista con Octavio Nava que la mañana en la que murió, atropellada por un tanque republicano, ella se despidió de él en Madrid vistiendo medias y tacones. ¿Estás loca?, le dijo él. ¡Vas a la guerra! «Sí, ya lo sé, pero los hombres del frente necesitan ver algo bonito». Esa fue su respuesta.
Walter Reuter acabaría exiliado en México–tras muchos avatares y penurias, y después de escapar en 1942 de un campo de prisioneros en Argelia-, emparentado con los españoles allí acogidos, reunido por fin con su mujer y su hijo. Se convirtió en maestro de fotógrafos y su legado se venera en su país adoptivo. Exposiciones y catálogos con sus obras constituyen su herencia deslumbrante. Un Premio Internacional de Fotografía con su nombre reúne cada año a los mejores reporteros del mundo. En la entrevista que concedió a John Mraz y Jaime Vélez aclara, además, su filiación política: «en Alemania y España luché con el Partido Comunista porque eran los más agresivos y los más duros en la lucha, por eso me uní a ellos. Pero nunca pertenecí al Partido porque observé sus ´cochinadas´ en España y me alejé». Como Koestler, Orwell, Dos Passos y tantos otros.

Cuando falleció, en el año 2005, Pío Caro Baroja, otro malagueño a su vejez, escribió una bonita necrológica en El País que tituló «Walter Reuter, trasterrado español», reivindicando su figura, su trabajo y su bondad. También su españolidad. Fue un «personaje irrepetible» en palabras de Caro Baroja, «el fotógrafo del aire» según la hermosa y precisa definición de Cristina Escrivá. Las composiciones de Reuter en los institutos obreros de Valencia, sus fotos de jóvenes heroicos, sus retratos para la posteridad son hoy el testimonio de una etapa tan esperanzadora como dolorosa, tan luminosa como triste. Quizás por eso -y por su indiscutible valía- estaba preparado para captar en su más profunda e ignota transparencia el alma mexicana. Sus días en Málaga habían pasado desapercibidos. Ahora, su tesoro nos espera.

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