07 de abril de 2018
07.04.2018
Una vida entre perros

El hombre que susurra a los perros

El malagueño Manuel Calvo encarna la simbiosis entre las dos especies y se ha convertido en un embajador canino

07.04.2018 | 22:13
La imagen muestra a Manuel Calvo junto a Alaska, uno de sus perros.

Manuel Calvo no se puede imaginar una existencia sin ellos. Su primer perro fue un Perro de Agua y ahí empezó a escribirse una larga historia entre ladridos y el éxito profesional

Por favor, establezca mentalmente una lista con cinco razas de perros por orden de preferencia También, recuerde algún momento de su vida en el que un amigo con cuatro patas le haya sacado una sonrisa cuando la situación, en realidad, pedía acabar en un auténtico mar de lágrimas. Si no puede hacer ni una cosa ni la otra, y, al final del todo, una vida sin animales le parece hasta gratificante, no se apresure porque todavía está a tiempo de cambiar de opinión y alcanzar la felicidad. «La humanidad no hubiese prosperado sin el perro». Palabras gruesas, sin duda, pero la frase no está dicha al libre albedrío. El fundamento lo aporta el autor de la misma, Manuel Calvo, un malagueño de 50 años que vive por y para el perro, y que sabe diseccionar, como pocos, la mirada de un animal que lleva acompañando al hombre desde que es hombre.

Para empezar, porque todo está ahí: el desarrollo de la civilización, la cultura, la inteligencia, la lucha contra la soledad. «Es una mirada de conexión, de entrega, de colaboración», asegura quien ha convertido su pasión en una forma de vida y una forma de vida en un desarrollo profesional. Hasta acumular una plana de méritos amplia en las principales empresas del sector canino, seducidas por las capacidades de quien se desenvuelve entre perros como ese Mowgly que se había criado entre lobos. Sólo que lo suyo es real y lo otro es Disney, principal catalizador de uno de los grandes males que Manuel se empeña en denunciar: la humanización del animal: «Un perro no es más feliz cuando está subido en el sofá, todo lo contrario». En su casa, en El Atabal, la mujer de Manuel y sus tres hijos conviven ahora mismo con diez. Jack Russel, Perros de Agua y hasta dos Alaska Malamute. A duras penas saben lo que es traspasar la puerta que marca el umbral entre el hogar de sus dueños, la casa, y el suyo, la amplitud de un jardín que conforma parte de su territorio natural. Una división de espacios que no impide en ellos una euforia irreprimible cuando Manuel se dirige a la apelación diaria.

Forma parte de uno de los aspectos que Manuel defiende con más ímpetu: la pedagogía alrededor del perro. Y la pedagogía también consiste en que a veces hay que decir las cosas claras. Guste o no guste porque ahí están las protectoras del país de punta a punta, a rebosar de animales que han acabado desechados por sus dueños: «Yo siempre digo que hay que hacer un ejercicio antes de hacerse con un perro. Vete a un refugio y miras lo que hay. Para saber donde y en que condiciones va a acabar si por algo no puedes seguir haciéndote cargo de él». Pero vayamos por orden en este viaje que combina la introspección personal y educación por igual.

No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. Lo dice García Márquez y el antídoto que acompaña a Manuel, hasta hoy, lo iba a detectar muy pronto el propietario de la tienda a la que su madre le mandaba a hacer los mandados con cuatro años. «Su hijo», dijo, «su hijo es feliz con un bocadillo de chopped y con un perro». Son los primeros recuerdos que se aguarda Manuel y uno es eso, el resultado de momentos que luego se van modulando a lo largo de la vida. La emoción del atardecer con alguien a quien quieres de verdad. Sentir la pasión por el mar como algo que te corre por las venas y le da un sentido definitivo a la vida. Ese perro de agua del padre que surca atardeceres y le enseña a Manuel desde muy joven el fabuloso imperio de la lealtad. Porque su patria, en realidad, no es otra que el mar. Algo que le viene de estirpe familiar: «Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre eran marineros. Yo siempre digo que tengo salitre en las venas». Con semejante libro familiar, el sendero estaba marcado para Manuel. Marmitón en un marino mercante a los 16. Los grandes barcos son escuelas de la vida, claro. Pero en la cocina se convierten pronto en una apología de mondar patatas. Madura la decisión de buscar nuevos horizontes. Sólo era una cuestión de tiempo para dar el salto al puente de mando. Manuel ingresó en la Escuela Náutica para ser patrón. De ahí, dio el salto a la Marina y se enroló en los buzos de combate. «Es otra de mis grandes pasiones. En realidad, no sé ni cuándo me sumergí por primera vez», precisa. Un periplo que le sirvió para saltar de dársena en dársena, estando estacionado primero en Cartagena y después en Cádiz.


El perro, siempre el perro

Su última etapa profesional dedicada al mar, la iba a pasar como remolcador. Pero la devoción por el perro nunca le abandonó y su fama como criador de perros de agua ya había trascendido las fronteras: «Perros criados por mí los hay en toda España y en Estados Unidos, pero nunca eran crías industriales, yo lo hacía por pasión». Su nombre se escribía en moldes grandes en los circuitos caninos y despertó el interés del sector. El vuelco a su vida profesional vino de mano de un laboratorio importante. Gracias a su buen hacer fue fichado luego por Purina. Una periplo de éxitos que le ha llevado ahora hasta Tiendanimal, empresa en la que ocupa el cargo de director de Eventos y Relaciones Institucionales. La cultura del perro la vertebra con la fundación que preside, MaratónDog, y se la transmite a su hijo, también Manuel, de 18 años. Una relación que emula a la del entrenador de boxeo con su joven púgil. Ambos están entrenando en estos momentos para participar en el campeonato de carrera de trineos. Muchos amaneceres eclipsados por ladridos y muchos por llegar.

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