JOSÉ CRIADO
Así, como quien no quiere la cosa, ya se nos ha ido más de media temporada de Liga y el Málaga nos deja tan fríos como la temperatura del pasado lunes en Los Cármenes. Este equipo no transmite, no levanta expectación y no crea emociones satisfactorias a su afición. Está «acomodado» en mitad de la tabla, ofreciendo una de cal y otra de arena, según la semana. Y se empeña en llevar la contraria cada jornada, cada partido y con rivales cada vez con menor potencial.
Las miras, evidentemente, se tornan hacia el entrenador, que al igual que el equipo no está cumpliendo las expectativas creadas sobre su figura.
El chileno lleva en Málaga más de un año, está a punto de cumplir cincuenta partidos como técnico malaguista en Liga y tiene bajo su mando a una plantilla hecha a su gusto el pasado verano. Sin embargo, la respuesta sigue siendo poco esclarecedora. Vamos, que ni fu ni fa. En todo este tiempo, su equipo debería llevar ya un sello de identidad muy claro y definido para ponerlo en práctica en La Rosaleda, en el fino pasto del Bernabéu o sobre el barro de El Molinón, según se precien los acontecimientos.
Pellegrini no ha sabido inculcar su fútbol a un plantel cargado de estrellas pero por momentos ajeno a la realidad. El técnico incluso analiza los partidos muy alejados del prisma de la afición malaguista, que sufre y padece cada derrota o cada ocasión perdida.
Aun así, nadie discutía el libreto de Pellegrini cuando aterrizó y nadie debería de discutirlo ahora. Su apuesta por el fútbol siempre ha sido exquisita y elegante. Pero su intensidad en los banquillos es directamente proporcional con la mostrada por sus jugadores sobre el césped. Ahí es donde el chileno debe cambiar y hacer hincapié. Ahí es donde al «Ingeniero» se le está derrumbado su proyecto.