RAFAEL M. GUERRA
Hablé media docena de veces con José Carlos Pérez y me tomé dos cafés con él, uno en Barcelona y otro en Valencia, en los hoteles de concentración del Málaga CF. A los dos, por cierto, me invitó él. Ganaba en el cara a cara lo que perdía por teléfono.
Me pareció un hombre de club a la antigua usanza. Autoritario, rígido, todo carácter, ácido y muy sarcástico, pero sobre todo un malaguista hasta la médula, un enamorado del club, en las malas y en las buenas, que procesaba un amor incalculable e inquebrantable por «su» Málaga. Entre pitillo y pitillo salía con algún chiste. Reíamos, porque el tío tenía mucha gracia, y la conversación regresaba al equipo, al club, al último fichaje, al próximo partido.
Nadie como él entendió la necesidad de fundar La Academia, para que los niños de aquí se formen aquí, y no se vayan al Sevilla, al Madrid o al Barcelona. Por eso, como muestra de lo mucho que dio por este club, por el que se ha dejado la vida, literalmente, el jeque y Ghubn deberían bautizar el futuro centro neurálgico del fútbol malagueño como La Academia José Carlos Pérez. Para que los niños del futuro conozcan algo del pasado. Es de justicia.