Testimonio

Una interminable noche en Estambul

Mari Carmen Sánchez se desplazó el pasado jueves a Estambul para cubrir para La Opinión de Málaga el Congreso de la Unesco que debía designar el sitio de los Dólmenes Patrimonio de la Humanidad. Lo que nunca imaginó es que iba a vivir en primera persona una de las páginas de la historia de Turquía

19.07.2016 | 18:06
Mari Carmen Sánchez en Santa Sofía, Estambul.

­Han pasado ya tres noches desde el intento de golpe de Estado en Turquía, un hecho que nunca olvidaré. Lo viví con angustia en un hotel de Estambul, en la parte europea, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atatürk, el venerado padre de la Turquía moderna.

A excepción de una discusión entre un turco y dos militares a los pies de la Mezquita Azul, el único rastro del intento golpista que presenciamos antes de refugiarnos en el hotel era el sonido constante de los cazas que sobrevolaban la ciudad. Sus estruendos nos estremecían y nos desplazaban a todos los que estábamos en las habitaciones hacia las ventanas para ver qué pasaba.

La noche del viernes 15 de julio fue interminable, pero amaneció. A las cinco de la mañana caí agotada. Tres horas después ya estábamos en el comedor. Los pocos huéspedes que coincidíamos a esas horas estábamos enganchados a teléfonos y tablets intentado saber más sobre lo ocurrido.

Por suerte, mi compañero de viaje, Paco Peramos, tiene un amigo turco, Murat Kasmadan, quien por la mañana nos recogió en el hotel y nos animó a salir a la calle para comprobar que todo estaba en calma, como si el intento de golpe de Estado de la noche anterior hubiera sido sólo una pesadilla.

Las tiendas estaban abiertas, las cafeterías y restaurantes tenían sus mesas preparadas para atender a los clientes. La única diferencia era que miles de banderas turcas ondeaban por todo el barrio. En balcones, en coches, motos e incluso muchos turcos las llevaban anudadas al cuello.

Como me explicó Kasmadan, en Turquía sienten fanatismo por su bandera y mostrarla de esta forma era la manera que tenían de manifestar su apoyo a la democracia y al gobierno del presidente Erdogan.

Al ir acompañados de un ciudadano turco, nos animamos y volvimos a la zona de la Mezquita Azul: queríamos conocer Santa Sofía.

La presencia de turistas allí era casi inexistente. Sin embargo, en la cola para entrar al museo coincidimos con dos argentinas. Era la segunda vez que estaban en la ciudad, la primera fue cuando el atentado en Atatürk. A pesar de ello, no habían dudado y estaban en la calle como nosotros.

Estábamos tranquilos y disfrutando el lugar, pero a cada sonido más alto de lo normal nos sobresaltábamos buscando su origen.

Pasamos todo el día en la calle y, para celebrar mi cumpleaños, decidimos hacer un crucero-espectáculo por el Bósforo. Surcando sus aguas pudimos ver cómo los puentes que la noche anterior estaban cortados por los soldados, 24 horas después estaban a pleno funcionamiento. De ambos colgaban sendas banderas turcas que tendrían unos 15 metros de largo.

De vuelta a tierra firme, el espectáculo era otro. Decenas y decenas de conductores tocaban el claxon; las calles estaban llenas de motoristas, que luciendo la bandera turca se dirigían hasta la plaza Taksim. Detrás de ellos venían coches con hombres subidos al capó o sentados en las ventanillas que ondeando sus banderas celebraran el mantenimiento de la democracia. Hora de regresar el hotel.

A la mañana siguiente tenía previsto el vuelo de regreso a España pero la incertidumbre se mantenía en mi interior. Pasadas las ocho de la mañana salí del hotel y dejé a mis dos compañeros de viaje, que siguen en Estambul hasta el viernes, tal y como tenían planteado.

Pasar por la entrada del aeropuerto de Atatürk me emocionó. Dos noches antes allí había tanques, ahora multitud de personas con banderas turcas me daban la bienvenida.

Estaba en la terminal internacional haciendo una de las muchas colas cuando alcé la mirada y vi en el techo los agujeros de bala del atentado de junio. Sin embargo, ahí estaba yo, en un lugar que hacía 15 días había vivido un atentado y que dos noches antes había asistido a un intento de golpe de estado.

En el avión me reencontré con la comitiva española, que no veía desde que el viernes la Unesco designó los Dólmenes Patrimonio de la Humanidad. Tocaba volver a casa. Después de cuatro horas de vuelo mi familia me esperaba en la terminal. El abrazo con los míos fue interminable, como la huella que me ha dejado vivir el intento de golpe de Estado en Turquía.

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