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Los momentos previos a la sublevación de Franco

Balmes, el muerto de la operación «Dragon Rapide»

El historiador Ángel Viñas indaga en sobre la supuesta muerte accidental del general Balmes de un tiro en el estómago

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Franco, en primera fila, con sus mandos en Tenerife en 1936.
Franco, en primera fila, con sus mandos en Tenerife en 1936. Adalberto Benítez

Javier Durán ­La apisonadora de la Guerra Civil hizo de la muerte (16 de julio de 1936) del general Balmes un asunto marginal, pese a lo escandalosa (por su trascendencia) que resultaba en el contexto de las intrigas del golpe de Estado de Franco: el africanista Amado Balmes Alonso, comandante militar de la plaza de Las Palmas, fallecía de un tiro en el estómago. Del rocambolesco caso siempre quedó para la historiografía, tanto de un bando como de otro, que su muerte permitió al comandante militar de Canarias, futuro dictador, trasladarse desde Tenerife a Gran Canaria con el objetivo aparente de presidir las exequias de su compañero. El «Dragon Rapide» lo esperaba en Gando para trasladarlo a Marruecos y ponerse al mando de las tropas alzadas. ¿Fue accidental la muerte de Balmes o fue un crimen para dejar expedito el paso a la sublevación?

Sobre esta pregunta gira una gran parte del libro que el historiador Ángel Viñas acaba de publicar en Crítica. La conspiración del General Franco bucea a través de hemerotecas y testimonios escritos, como el de Pinto de la Rosa, militar alzado y testigo de la agonía de Balmes, para encontrar la cojera argumental. El investigador persigue el itinerario del comandante militar en la aciaga mañana, y se asombra de su enigmático deseo de ir a comprobar en solitario, con la única compañía de su chófer, el funcionamiento de varias armas. Allí, en el campo de tiro, se encasquilla una de las pistolas. Al intentar corregir la anomalía la apoya en el estómago, y se le dispara. La acción resulta devastadora para los órganos del general Balmes. Su maniobra, absolutamente estúpida y sospechosa para un militar con su experiencia.

¿Qué había detrás de una muerte que los hagiógrafos de Franco vieron providencial para sus planes subversivos? Viñas recoge en su libro el testimonio de un descendiente del mando, que, según relata, acompañó a Balmes a una entrevista con Franco. Fue en el Muelle de La Luz y tuvo carácter secreto. El comandante militar de Las Palmas se hizo acompañar por un hombre de confianza, y en la misma, colige Viñas, es probable que se hablara de su apoyo al golpe de Estado. El descendiente del testigo afirma en el libro que Balmes salió visiblemente disgustado de su encuentro con el futuro Generalísimo. ¿Mostró su resistencia a la subversión? Un secreto para la Historia.

Ángel Viñas, en su excavación, tropieza contra la irregularidad judicial. El ordenamiento republicano establece que compete a la jurisdicción civil la instrucción sobre la extraña muerte. La exigencia o garantía legal es burlada con un apaño: los jurídicos militares acuerdan que sea compartida. Una auténtica escaramuza a la vista de que dos días después iba a estallar el alzamiento. Existió un expediente, pero desapareció. La autopsia no llegó al papel, o está ilocalizable, por decirlo de alguna manera. La única prueba documental (y jugosa) del estrambótico caso es la petición en 1937 de la viuda de Balmes para que se reconozca que su marido falleció en acto de servicio, cuestión importante a efecto de los estipendios de viudedad. La divulgada generosidad de Franco con los suyos es puesta a prueba: la formalidad concluye que el general murió por una imprudencia. ¿La venganza contra una viuda afanada en resucitar un pasado que ponía a Franco enfermo?

El desprecio a Julia Balmes-Alonso Villaverde, la viuda del general, no sólo erigía como tesis única la imprudencia del alto mando, sino que también exhibía la ansiedad franquista por enterrar un episodio muy espinoso para Franco. El caso Balmes no se podía equiparar a otras ejecuciones de militares republicanos, sino que había sido un accidente en los prolegómenos, que estaba de lleno en la conspiración. Y para más inri, se trataba de un asunto donde la víctima era un africanista, un compañero de la generación militar del Generalísimo, de Sanjurjo, de Mola, de Goded... curtida en la guerra de Marruecos. Una cuestión, por tanto, muy compleja de digerir. Balmes, por otra parte, era querido en Gran Canaria, y Franco lo sabía: acompañó a la viuda (madre de una niña de 7 años) y a su hermano (catedrático y secretario general de la Universidad de La Laguna) en la ceremonia. Pero en Gando lo esperaba el «Dragon Rapide» y había prisa por pasar a la acción.

Investigación detectivesca

«La conspiración del general Franco» es, sobre todo, una obra detectivesca, aunque prolija en datos procedentes de los archivos y de segundas lecturas de los «babeos», así los llama Viñas, de Pinto de la Rosa, Bolín o Ricardo de la Cierva. La apuesta por la fórmula policiaca choca, al final, con un obstáculo, que es si dar o no el nombre del supuesto asesino del general Balmes. El autor ofrece todas las pistas, introduce su historial personal, las misiones secretas que le encarga Franco por su entrega el día en que Balmes llega agónico a una camilla más o menos desvencijada de una casa de socorro... Pero no da el nombre. ¿Por qué? Es la singularidad de las conspiraciones, su esencia. Nadie va a encontrar el papel donde el futuro dictador ordena el asesinato del alto mando, pues entonces no sería ni una conspiración ni tampoco un crimen perfecto.

Junto al desenlace Balmes y su centralidad en la trama golpista destaca, cómo no, todo el trasunto del avión y sus pasajeros. El presunto espía comandante Pollard, eje en la operación del alquiler del avión, queda perfectamente documentado por Viñas. El autor se adentra en los claroscuros de la animadversión de Inglaterra contra la República, a través de papeles británicos de desclasificación reciente.
Así y todo, igual que en las matrioska o muñecas rusas, una vez cerrado un misterio se abre otro: ¿Por qué el cuaderno de bitácora golpista eligió Gando y no Los Rodeos? El avión, dice Viñas, podía aterrizar allí. ¿Hubo una relación de causalidad entre la muerte de Balmes y el «Dragon Rapide»?


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