Declaración de la Infanta Cristina

El juez José Castro reina en el barrio de los sospechosos

Manifestantes corearon el nombre del magistrado a la llegada y a la salida de la Infanta a los juzgados de Palma

09.02.2014 | 10:34

El mayor dispositivo policial desplegado en Mallorca desde la detención de la Paca funcionó a la perfección: en los once segundos que Cristina de Borbón anduvo por Palma no consta que la trama Nóos cometiese delito alguno. Fueron exactamente catorce pasos de sangre azul, un hito para la historia de monarquías centenarias y todo un mundo para los 397 periodistas de quince países que han dedicado la última semana a analizar si la hija del rey pisaba la rampa, la recorría en calesa o coche blindado, o la descendía haciendo la croqueta, como llegaron a especular tertulianos de plató y otros humoristas de la tele.

Al final la Infanta no pisó la cuesta que dos veces recorrió su marido y yerno real: el Ford Focus gris que trasladó a la duquesa desde el aeropuerto a los juzgados de la ciudad que le da título nobiliario pero le ha quitado su nombre a la Rambla la dejó justo al pie de la cuesta que sí tocaron los otros 300 imputados por corrupción que han entrado en las salas de lo Penal de Palma en el último lustro. Que la justicia es igual para todos los que llegan a pie al juzgado, recordaban ayer en esas redes sociales que convirtieron a la rampa y a la infanta que ni la tocó en tendencia cibernética mundial.

No eran los únicos que se abrazaban al agravio comparativo para interpretar el peor trago de la Infanta en la que fuera su isla de infancia, regatas, vacaciones y lucrativas conferencias de fundaciones sin ánimo de lucro: a una manzana de la puerta de los juzgados, cerca de quinientas personas aguardaban a pie de pancarta a la hija del Rey para afear su conducta y la de quienes, dicen, le dan un trato de favor a la imputada real.

Empezando por ese héroe popular caído en desgracia, el fiscal Horrach, que con sus recursos de defensa de la Infanta ha dejado solo al juez Castro en el palco dedicado a los campeones de la plebe. "Lo del fiscal es vergonzoso. Un fiscal protegiendo a alguien que podría habernos robado a todos. Solo nos salva el juez. ¿Esta es la democracia que tenemos, en la que a los vecinos nos tratan como a delincuentes peligrosos cada vez que entramos en el portal y a los que quizá nos están robando a todos los protegen con cientos de policías?", se preguntaba Cristina Martín, vecina del barrio de los sospechosos.

O así, sospechosos, se sentían los habitantes de las manzanas más cercanas a los juzgados, que se han pasado una semana abriendo la puerta de su casa para identificarse ante la policía. O pidiendo permiso para acceder a sus casas. O caminando hasta la puerta con un policía como sombra. O mostrando sus bolsas y mochilas a la curiosidad de los vigilantes de la Infanta. O perdiendo negocios y euros porque, en 300 metros a la redonda, nadie podía pasar ni para ir a las consultas de médicos, dentistas o fisiteorapeutas de la zona, que ayer se quejaban del quebranto privado a cuenta de la investigación del quebranto público protagonizado por la empresa de la hija del Rey y su marido.

"No sé si la Infanta será tan peligrosa, pero el caso es que desde anoche nos lo han cerrado todo. Y esta mañana hemos tenido que esperar un cuarto de hora a que un policía quisiese acompañarnos para poder abrir el bar. Luego cuando ha pasado el coche de la Infanta se han puesto cinco policías delante del bar, como si fuéramos a saltarle encima. Y con todo esto, ni un cliente", se quejaban en el bar La Otra Oficina, que pese a estar a 150 metros de los juzgados estuvo precintado hasta que cerró, por falta de clientes, a eso de las once.

Para entonces ya se estaba recogiendo el último de los pocos vecinos que asomaron al balcón para ver llegar a la Infanta. "Aquí [en Mallorca] somos muy así: hacemos como que no nos interesa", bromeaba el vecino desde su terraza en el segundo piso, antes de fruncir humor y ceño para quejarse del dispositivo "disparatado que pagamos todos". Y sus buenos 300.000 euros costó. "Se supone que la sospechosa es la Infanta, pero la tratan como presunta inocente y a los que vivimos aquí nos traen de acá para allá vigilados como presuntos culpables", decía. Luego negaba su nombre: "Solo me faltaba que vuelvan los policías otra vez a preguntarme qué hago en mi casa".

La desconfianza era lógica, a la luz de algunas de las escenas del día, como la de ese agente que le para los pies a un vecino ante la mirada de los periodistas:
–"Usted no pasa", espeta el agente más diplomático de la historia del cuerpo.
– ¡Voy al supermercado!

–Pues tiene cinco minutos para comprar y luego fuera de aquí.
Y allá fue el comprador a la carrera, con un gesto de mosqueo y hartazgo que contrastaba con la sonrisa de oreja a oreja que lució la Infanta en sus catorce pasos hacia el encierro de seis horas en los juzgados.
Llegaba "tranquila", según su abogado, que explicaba acto seguido las razones de la calma de su clienta real: "Está todo preparado". Pues eso, que la Infanta llegó para decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad que ensayó durante cinco días con su abogado. No era para menos: ya dijeron en su equipo que estaba ansiosa por explicarse, tan impaciente que ha logrado hacerlo en menos de tres años, en los que con las prisas no ha tenido tiempo ni de enterarse de que pagó cientos de facturas con dinero de Nóos.

Castro, entre vítores

O eso le dijo al juez, que, lleva años acostumbrado a escuchar todas las variantes de la defensa judicial: desde Matas para acá, nadie recuerda nada hasta que pacta con Anticorrupción. Así que, según relatan los presentes, Castro ponía dentro cara de no creerse gran cosa, mientras fuera lo aclamaban a voz en grito. Aunque esta vez el juez huyó de los focos. Cuando Urdangarin bajó la rampa por primera vez, Castro entró entre vítores de la concurrencia, pero esta vez el azote de la corrupción madrugó más que el sol para evitar aglomeraciones y entrar discretamente en los juzgados a las 7.05.

A esa hora aún no estaban desplegados los piropos, pero empezaban a llegar sus fans, que eran tropel: entre pancartas que le atribuían la masculinidad testicular de un Miura y otras que le nombraban rey de la república de la justicia, el juez ya puede presumir de haber llevado el apellido Castro a estruendos de multitud solo alcanzados por el camarada Fidel en Cuba. "Castro, Castro, Castro", coreaban los manifestantes, que demostraron que ayer en Palma el rey Castro y su república de la Justicia eran más queridos que el rey Borbón. Pero en monarquía no se vota el nombre del jefe, así que el monarca en su palacio y el juez interrogando a la hija del Rey bajo la mirada de la foto de Su Majestad.

Fuera seguían las crónicas en todos los idiomas, de la BBC a la televisión china y el New York Times, que en su permanente esfuerzo por vender la imagen de España por todo el mundo, la Familia Real vivió ayer su mayor éxito de audiencia. "Esto está sonando más que el ´¿por qué no te callas?´ del Rey a Chávez", decía, gesto sonriente y tono serio, un periodista colombiano.

Dentro de la sala, el único que mandaba callar era el juez Castro, que exigió a la infanta que mostrase su DNI para acreditar su identidad. La fama no exime del cumplimiento de la ley, aunque tampoco impida su olvido. "Dicen que la infanta le ha dicho al juez que no se acuerda, que no sabía lo que firmaba. Menudo morro. Espero que le den su merecido.

Es una vergüenza. Así sí que es fácil librarse: dices que es culpa del marido y todas las presas a la calle", brama indignada Mercedes Rubí, ciudadana de pancarta republicana y enfado a flor de piel. A unas decenas de metros y pocos minutos, Conchi Sánchez, navarra de nacimiento y mallorquina de adopción, carga directamente contra el matrimonio imputado: "Lo de Urdangarin es una vergüenza, pero es peor lo de ella, que desde que nació lo ha tenido todo, y pese a todos los privilegios luego ha robado como ha robado". Asiente junto a ella su amiga Esperanza, manchega afincada en Mallorca, que resume la jugada: "Esto es todo una birria". Y se explica: "Con las necesidades que hay en esta isla y ver encima que esta gente con la vida solucionada hace lo que hace y se les protege". Se refiere a que "al final no les pasará nada", y al despliegue policial, claro, que más allá de blindar a un barrio de Palma de los delitos de tanto presunto es causa de controversia e indignación.

No en vano hay más agentes vigilando a la Infanta que blindando la cárcel de Palma. "Por algo será. Igual es tan mala que es la única forma de protegernos", abunda Víctor Abad, que se toma la imputación a chirigota: "Mira la que han liado y solo viene a declarar. Tratan a los vecinos como a terroristas. ¿Qué harían si la condenan? ¿Cerrar una cárcel para ella sola? ¡Si solo escoltándola hay más policía que en la cárcel de Alcatraz!"

Y a falta de confirmar lo de Alcatraz, en Palma unos cuantos agentes había. Según fuentes oficiales, sobre el terreno estaban desplegados 200 policías nacionales y un centenar de agentes locales, ademas de la Guardia Civil que escoltó a Cristina de Borbón y Grecia a su cita con la justicia. En total casi 300, como los de la Esparta del rey Leónidas, solo que no se acercaban las huestes del rey Jerjes, sino la hija del rey Juan Carlos I. "Es que es lamentable este operativo exagerado, como si los mallorquines fuéramos peligrosos. Encima lo tendremos que pagar entre todos", se quejaba Juan Pedro, bloqueado por la policía junto a la plaza de los Patines.

"Elena: fea, pero honesta"

A su lado arrancaba risas y chanzas uno de los personajes del día, el individuo que apareció disfrazado de rojo y gualda con un cartel que le identificaba como "Elena, fea pero honesta". Su imagen llevó la bandera de España por todo el mundo gracias a la Infanta y el relato de los corresponsales de la prensa internacional, que si algo entienden de castellano es la palabra "chorizo", repetida con saña por los manifestantes que gritaban a 300 metros de la imputada.

Más tranquila, Agnès Charzat y sus amigas comentan la jugada desde la calma de una terraza a los pies del cordón policial. Se confiesan afines al juez, que no al fiscal : "Vengo a defender la justicia del juez. Es intolerable la posición del fiscal, que no ejerce como tal. A la Infanta no me corresponde juzgarla, pero como trabajo en la zona he visto cómo le ha cambiado la cara al juez por las presiones que ha recibido. Y como le ha echado un par, he querido venir a apoyarle". Que en el barrio de los sospechosos, Castro es el rey. Quizá por eso 300 agentes vigilaron a la Infanta en su entrada y salida de los juzgados, mientras el juez llegó como se fue: libre y sin escolta.

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