Cuando la monarquía pierde el juicio

La infanta Cristina ha sido la última pero no es la única: otros miembros de la realeza se han sentado en el pasado en el banquillo

21.02.2016 | 17:53
La infanta Cristina y su esposo, Iñaki Urdangarin a la salida de la octava jornada del juicio por el caso Nóos.

La infanta Cristina de Borbón, en el banquillo; la realeza, en apuros judiciales. Pero, ¿es algo tan raro? Otros personajes de sangre azul, incluso reyes, se han visto sentados ante el juez. Hace unos siglos, era un síntoma de escasas perspectivas de vida, como ilustran los casos de Luis XVI de Francia, Luis Felipe de Orleans (primo lejano suyo) y el emperador Maximiliano de Habsburgo, todos ellos ejecutados tras el correspondiente juicio. Afortunadamente para las cabezas coronadas y sus familiares, las cosas han cambiado y ya no corren riesgo alguno de morir en el cadalso, salvo en las monarquías asiáticas. No obstante, ya no tienen el poder de antaño, lo que les obliga a diversificar sus actividades e incrementar los riesgos de terminar sentados en el banquillo. Últimamente ha habido algunos ejemplos de personajes de sangre azul investigados (Andrés de Inglaterra, por un turbio asunto sexual) o incluso detenidos, como Pablo de Rumanía, por fraude inmobiliario.

Los apuros judiciales de las testas coronadas se inician en el siglo XVI. Catalina de Aragón fue sometida a juicio en 1533 a instancias de su consorte, Enrique VIII de Inglaterra. El proceso disolvió el matrimonio para que el monarca pudiese casarse con Ana Bolena, ya embarazada de Isabel I, y, de paso, crear la Iglesia anglicana. La pobre Catalina se dejó morir poco después en el castillo de Kimbolton.

A Isabel I de Inglaterra se le debe otro sonado juicio, el que decidió en 1586 la ejecución de María Estuardo, reina de Escocia. María tenía legítimas aspiraciones al trono e Isabel I la veía –no sin razón– detrás de innumerables conspiraciones. Cuarenta nobles decidieron la suerte de la reina escocesa, decapitada el 7 de febrero de 1587. El verdugo necesitó varios golpes de hacha para desprenderle la cabeza.

Medio siglo después, también fue Inglaterra el escenario del siguiente rey en apuros, Carlos I, que inició una sangrienta guerra civil para doblegar al Parlamento y terminó condenado a muerte por esa misma Cámara. Arguyó que sólo podía juzgarle Dios, pero no surtió mucho efecto. Le decapitaron el 30 de enero de 1649. La idea de que sobran los motivos para matar al tirano, que madurase La Boétie en su «Discurso de la servidumbre voluntaria», se extendía peligrosamente.

La revolución inglesa puso las semillas de la americana, y ésta de la francesa, durante la que tuvo lugar el más famoso proceso a un rey, el seguido contra Luis Capeto, o Luis XVI. Inviolable según la Constitución de 1791, la Convención levantó esa inmunidad y fue juzgado por urdir la invasión de Francia con otros soberanos europeos. Sería guillotinado el 21 de enero de 1793. Tras él siguieron su mujer, María Antonieta, y otros miembros de la familia real, como Luis Felipe de Orleans, «Philippe Egalité», que había votado la muerte del rey.

Décadas después, sería Maximiliano, emperador de México, el sometido a juicio sumarísimo en Querétaro, pese a haberse entregado a los republicanos de Juárez con la promesa de que le dejarían salir del país. Pagó cara la aventura de dejar su retiro dorado en Miramar (cerca de Trieste) para reinar sobre un evanescente imperio en ultramar. Fue fusilado junto a los generales Miramón y Mejía el 19 de junio de 1867. «Estoy aquí porque no hice caso a mi mujer», se lamentó Miramón. «Y yo por hacérselo a la mía», repuso el Habsburgo.

La masacre de soberanos llegó a su cénit con la Revolución rusa de 1917. Aunque se planteó juzgar a Nicolás II, el temor a que fuese liberado por los blancos llevó a su vil asesinato, junto a su mujer y sus cinco hijos. Los comunistas sí orquestaron algún proceso al final de la Segunda Guerra Mundial, como el seguido contra Cirilo de Bulgaria –regente tras la muerte de Boris III–, fusilado en febrero de 1945.

En los últimos años, la realeza europea se ha visto cada vez más envuelta en asuntos turbios. Por ejemplo, Víctor Manuel de Saboya, hijo de Humberto II, último rey de Italia. En los años setenta fue investigado en Venecia y Trento por tráfico de armas. Pero lo que le llevaría al banquillo fue un homicidio ocurrido en la noche del 17 de agosto de 1978. Víctor Manuel había fondeado su yate en la isla Cavallo, al sur de Córcega (Francia). Otros yates atracaron junto al suyo, entre ellos el del millonario Nicky Pende. Uno de los invitados de éste decidió llevarse el bote del pretendiente italiano y éste, posiblemente bajo los efectos del alcohol, disparó dos veces con una carabina, matando a un joven estudiante alemán de 19 años, Dirk Hamer. Fue juzgado en 1989 y condenado en 1991 a seis meses de cárcel por tenencia ilícita de armas, pero no por homicidio.

Otro príncipe de sangre azul que se ha metido en líos es Ernesto Augusto de Hannover, esposo de la princesa Carolina de Mónaco. En 2004 fue condenado a pagar 445.000 euros por dar dos bofetadas al dueño de una discoteca cerca de su casa en la isla keniata de Lamu. Le recriminaba poner la música demasiado alta. En 2010, se la redujeron a 200.000 euros. También fue multado por golpear a un fotógrafo.

El príncipe Andrés de Inglaterra, segundo hijo de la reina Isabel II, ha sido investigado en los últimos años en Estados Unidos por su amistad con el financiero Jeffrey Epstein, un delincuente sexual registrado. Se llegó a decir que había mantenido relaciones sexuales con una menor en tres ocasiones, pero nunca ha sido acusado formalmente. Su exesposa, Sara Ferguson, duquesa de York, fue filmada en 2010 tratando de vender el acceso a Andrés a cambio de medio millón de libras. Reconoció su error y no fue llevada a juicio.

Además, el príncipe Paul de Rumanía –hijo ilegítimo de Carlos II, aunque reconocido como miembro de la casa real rumana– fue detenido el año pasado en Brasov por posesión fraudulenta de una finca de 47 hectáreas en Bucarest, adquirida con documentación falsa.

El rey emérito, Juan Carlos I, ha recibido varias demandas de paternidad que no han llegado a ningún lugar. Últimamente se ha unido a ese selecto club Carlos de Borbón-Parma.

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