Ascenso y caída de un mito

Treinta años con Mario

Conde nunca fue un exconvicto convencional: el poder le impulsó como ejemplo a seguir y le ayudó a renacer en los últimos años

17.04.2016 | 13:35
Treinta años con Mario

Incluso intentó por dos veces entrar en política, pero en ambas ocasiones el resultado fue un fracaso - La detención el pasado lunes del exbanquero Mario Conde, sus hijos y su yerno por la repatriación de 13 millones de euros del saqueo de Banesto trae a la actualidad la caída de un mito

­Mario Conde se declaró una víctima más del sistema, de la supuesta conspiración que denunciaba alrededor de la quiebra de Banesto. En los 30 años que van de su auge a su ocaso, Conde nunca asumió ninguna responsabilidad en el caso. La Audiencia Nacional ordenó el lunes su detención por la supuesta repatriación de parte del dinero que estaba desaparecido desde los años 90.

Probablemente él fuera el menos sorprendido con su detención. Porque el exbanquero cree en el destino. Bueno, él le llama «la asunción de lo inevitable». Suele decir que ese es su lema favorito y el truco que durante la estancia en la cárcel por la quiebra de Banesto le permitió disponer del tiempo «de manera que fuera aprovechable para otros y para mí mismo». «Si quería evidenciar, traducir en términos de hechos mi proceso de reencuentro, de reconciliación con el ser humano, allí, en Alcalá-Meco, en aquel módulo y en aquella prisión, privado como me encontraba de un horizonte concreto de libertad por consideraciones extrapenitenciarias, tenía frente a mí, al alcance de mi mano, un material humano al que podía ayudar, y no con palabras más o menos bonitas, ni con discursos sobre el futuro, sino con lo que realmente ellos valoran: la libertad», escribió el exbanquero en Memorias de un preso, en 2009, después de conseguir la condicional.

Además de la obsesión por el tiempo que arrastraba desde la muerte de su primera mujer, víctima del cáncer, durante su etapa en prisión, sus reflexiones exprimen el doble perfil en el que Conde se movía después del ocaso. El defensor insistente, sin atisbo de autocrítica, de que el agujero patrimonial de 2.700 millones de euros que desembocó en la primera gran intervención de un banco en España fue ciencia ficción guionizada por «voluntades políticas». Y la reinvención en un gurú, una especie de «coach» a medio camino entre el existencialismo y la gestión empresarial, que en estos últimos años le devolvió una diminuta parte del inmenso protagonismo perdido pese a que el suyo no era un discurso sencillo de digerir. «La visión cósmica del universo –comentaba en una entrevista al periódico Faro de Vigo en marzo de 2010– demuestra la gran pequeñez».

A estas alturas, ¿es posible contar algo nuevo sobre el ejecutivo al que todos los jóvenes querían parecerse en los años 80? Cuesta. El recordatorio de quién es y, sobre todo, quién fue, ayuda a comprender, sin embargo, por qué Conde nunca desapareció del todo y la explosión mediática que provocó su detención por los supuestos delitos de blanqueo y contra la hacienda pública en la repatriación de al menos 13 millones de euros que la Audiencia Nacional relaciona con el dinero que desapareció en Banesto.

Con permiso de la realeza, Mario Conde (Tui, 14 de septiembre de 1948) es, sin duda, uno de los hombres más biografiados del país. Probablemente porque él fue también un rey, de minúsculas en el tratamiento, pero con un poder mayúsculo que le codeó con la Corona y al que se aferró para perpetuar la leyenda que le acompaña en los últimos treinta años.

Es lo que tiene ser el número uno de no pocas cosas en una sociedad ávida de construir héroes de todo. De su promoción de Derecho en la Universidad de Deusto. De sus oposiciones a Abogado del Estado. El líder más joven del sistema financiero –con solo 39 años– cuando asumió la presidencia de Banesto en la noche del 30 de noviembre de 1987 tras desembarcar como principal accionista un mes antes gracias a la fortuna que le reportó la fusión del grupo farmacéutico creado junto a su amigo Juan Abelló con una multinacional italiana en la que entonces fue la operación más cuantiosa con capital privado en la historia de España. Así nació el banquero que cambió la caspa de los despachos de roble por la gomina. El primer «beautiful man» de aquella emperifollada clase social, la «beautiful people», modelada con brillantina, el moreno de yate y la cultura del pelotazo.

«Me acuerdo lo que hice el día de mi boda, el día que terminé la universidad, pero no sé lo que pasó la noche en que me nombraron presidente de Banesto. No tiene importancia para mí. Luego te empiezan a convertir en una especie de símbolo y sería estúpido decir que no sucumbes a un punto de vanidad», aseguraba en 2010.

El 28 de diciembre de 1993, día de los Santos Inocentes, empieza el final del todopoderoso hombre de negocios encumbrado por la Universidad Complutense como Doctor Honoris Causa ese mismo papa Juan Pablo II, que lo recibió en audiencia en 1992. El Banco de España intervino Banesto y destituyó a Conde y al resto del consejo de administración. Los informes de los inspectores del supervisor tasaron el desequilibrio por encima de los 450.000 millones de las antiguas pesetas, unos 2.700 millones de euros, y comenzó el calvario judicial. Los sucesivos casos que se abrieron contra él por parte de la Fiscalía de la Audiencia Nacional le obligaron a ingresar en prisión en 1994, 1998 y 2002, esta última ocasión para cumplir los 20 años a los que el Supremo elevó la condena inicial de 10 años por el caso Banesto.

«Algunos esperaban que me muriera, que me murieran –porque en la cárcel te pueden morir fácilmente–, que me volviera loco», narraba, convencido de que su paso por Alcalá-Meco fue al final «un privilegio» para sentirse «un hombre libre en sentido estricto». «Toca aportar esa experiencia a la sociedad para lo que la sociedad quiera. Y si no la quiere, no es mi problema», predicaba hace seis años desde el refugio en el que había convertido el pazo de Chaguazoso, en A Mezquita (Ourense). Entonces Mario Conde volvió a nacer. Lo hizo aquí, «gallego por los cuatro costados», con una cada vez mayor presencia pública, primero con la promoción de sus libros y luego por el tirón de esa faceta suya de entrenador emocional con la que empezó a llenar salas con miles de personas encantadas con su discurso.

No le faltó ayuda. A Conde se lo pudo ver en un homenaje a José Luis Baltar, expresidente de la Diputación de Ourense, en junio de 2012, al que le robó la foto. La de su saludo con el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, con el que ya se había visto unos días antes, durante un desayuno informativo del Fórum Europa, protagonizado también por los Baltar. Fue nombrado cofrade de honor del Bo Xantar de Tui. Participó en jornadas de la Universidad Menéndez Pelayo. En una charla de la Federación de Empresas de la comarca de Arousa. En una comida, con firma en el libro de oro, del Círculo de Empresarios de Galicia. E incluso inauguró el área de desarrollo directivo de la patronal del metal, Asime. Lejos del día a día de un exconvicto financiero, Conde avanzó así hasta su siguiente meta.

La de meterse en el Parlamento gallego en las elecciones de 2012 con la creación de Sociedad Civil y Democracia (SCyD) y la bandera de «antisistema». Pero únicamente cosechó 15.990 votos. El 1,1% del total. En 2000, con la justicia pisándole los talones, lo había intentado en las nacionales a través del Centro Democrático y Social (CDS). Le apoyó el 0,1% de los votantes.

La fallida carrera política le empujó de nuevo fuera de las portadas, asentado en su puesto habitual de tertuliano en Intereconomía. Todo lo dicho allí y en otras intervenciones públicas y entrevistas son hoy su peor enemigo. «Tengo las cuentas desgraciadamente claras» o «La especulación financiera se acaba con leyes», apuntaba.

Los encargados de poner nombre a las operaciones judiciales, irónicos habitualmente, no han tenido que esforzarse mucho. La Fénix amenaza la fe que podía quedarles a los seguidores de Mario Conde, creyentes de esa teoría de la conspiración que desde el sistema en general, y el PSOE en particular, se armó para derribarlo cuando miraba a Moncloa. Un nuevo golpe que reabre las heridas de un escándalo financiero precisamente en un momento en el que ya no se perdonan delitos económicos. Parece difícil que el gurú pueda renacer otra vez y escapar del personaje folclórico en el que terminó de convertirle la miniserie sobre su vida emitida por Telecinco, el reciente divorcio de su segunda esposa y su deuda oficial de 9,9 millones con el fisco.

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